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Lamentablemente hoy en día, el pensar diferente puede terminar en confrontación o en un conflicto. El conflicto en sí no es negativo ni positivo, pero dependiendo cómo se lo maneje o aborde derivará en consecuencias negativas como la violencia.

Para algunos expertos, el conflicto es una “oportunidad” de cambio o transformación, es un “síntoma” de que algo requiere ser atendido o resuelto o es algo natural que se genera en la interacción humana, por lo que es parte de nuestra cotidianidad y de la dinámica social.

En esa perspectiva, habrá que entender que el conflicto siempre va a surgir y que lo importante no es evitarlo sino gestionarlo de manera adecuada para prevenir la violencia u otros efectos negativos que repercuten sobre todo en las relaciones de los involucrados, por ello la promoción de una cultura de paz no implica negar la existencia de los conflictos, sino por el contrario, reconocerlos, entenderlos y analizarlos para plantear opciones creativas, constructivas y no violentas para su transformación.

Analizar el conflicto nos ayuda a comprenderlo, es decir a entender el contexto en el que se ha producido, sus causas, sus efectos y además la historia de las relaciones que representa. El análisis de todos estos aspectos permite comprender mejor a los actores que intervienen en el mismo, sus intereses, necesidades, percepciones, sentimientos y emociones.

La transformación es una manera de abordar el conflicto entrando en sus raíces, las cuales son justamente el entramado de las relaciones deterioradas. La transformación busca reconstruir esas relaciones para cimentar una nueva historia, sin violencia.

En este marco, si nos ponemos a pensar en el conflicto suscitado en Santa Cruz a raíz de la realización del censo de población y vivienda, podemos indicar que el mismo no fue gestionado de la manera más adecuada, lamentablemente en su desarrollo se suscitaron episodios de confrontación violenta que han reabierto heridas viejas y han provocado otras nuevas.

Pese a los esfuerzos realizados con la instalación de las mesas técnicas en Trinidad y a la promulgación de la Ley de aplicación de los resultados del censo de población y vivienda en los ámbitos financieros y electoral, el conflicto en sí no se ha resuelto, queda pendiente trabajar en sus raíces, es decir en la reconstrucción de las relaciones de los actores y lo más importante, en su reconciliación, atendiendo y curando las heridas abiertas, viejas y nuevas. Así también, nos tocará promover la idea de que el pensar diferente no implica ser considerado como contrario o enemigo.

Hace unos días, cuando se levantaron las medidas de presión y al parecer el conflicto estaba en proceso de solucionarse, empezó a circular en las redes sociales un video que mostraba a varias personas (mujeres, hombres y niños) en la piscina de un condominio, en medio de ello, se ve a una mujer acercarse a un hombre echado tomando sol para exigirle que se retire del lugar gritando entre varias cosas, lo siguiente: “Como ellos nos hacen la vida imposible aquí, nosotros también lo haremos acá”, “no puede ser que ellos estén aquí porque cuando nosotros vamos no nos dejan ni mirar”, “se sale, se sale”, “ahorita, pero ya”, “nada de estar llamando policías, marica, pura mujeres estamos”. Se ve también en las imágenes, la cara de desconcierto de otras personas y sobre todo de los niños presentes que no entienden si se trata de algo serio o de una broma y no saben si retirarse o involucrarse en ese caos.

Este episodio sin duda nos muestra cuan deterioradas están nuestras relaciones, no interesa la razón o el motivo, no importa el lugar, ni quienes estén presentes, ni cuáles sean las circunstancias, el que no piensa o hace las cosas como yo, es mi enemigo, el conflicto ya no existe y se lo reduce a lo que dice y hace la persona.

Como ciudadanas y ciudadanos de gran convicción democrática y de paz, no podemos permitir que estas situaciones se repitan o se normalicen, todas y todos tenemos derecho a pensar diferente y a que se respete nuestra mirada y percepción.

Para avanzar como país, es primordial entender la gran necesidad de reconstruir nuestro tejido social, reconociendo y respetando las diferencias y superando la idea de tener la verdad absoluta.

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