0

¿Por qué se bloquea tanto en Bolivia? ¿No será más bien que Bolivia es ya, un país bloqueado, pero no de ahora, sino desde hace décadas o siglos? Apuntaré aquí algunas hipótesis.

Bloquear los caminos es una acción colectiva que puede ser vista de dos maneras. La manera positiva de entender los bloqueos es considerar que son un recurso de lucha, la manera en que los campesinos, pero también otros grupos humanos, tienen para hacerse oír por los gobiernos de turno, y de lograr reivindicaciones sociales.

La manera negativa de verlos es considerar que son un exceso de violencia, que perjudican a la economía, que son un acto de salvajismo, etcétera. Como tantas cosas sobre los seres humanos, la respuesta no es ninguna de las dos: los bloqueos de caminos son un poco de todo eso, pero algo más.

El punto es que a los bolivianos siempre nos moviliza lo coyuntural, y si bien eso es entendible porque es lo urgente, las explicaciones profundas a lo que ocurre no abundan.

Es la tarea de los sociólogos y de los historiadores explicar por qué persisten los bloqueos, pero muchas veces esas respuestas o toman partido por bloqueadores o bloqueados, o simplemente no se conocen porque descansan en los anaqueles de libros.

Mucho hay de premoderno en la propensión a bloquear calles y caminos. Si recordamos la conversación publicada por los medios de noviembre de 2019 entre Evo Morales y Faustino Yucra, Morales hablaba de cercar las ciudades con un “cerco de verdad”, y sostenía que había que hacerlo “hasta ganar”, como táctica de ataque contra los pobladores urbanos, para lograr imponerse por la fuerza sobre ellos: un pensamiento de guerra, una predisposición a la toma violenta, tal como era costumbre en tiempos de la temprana Modernidad.

La idea del asedio, sitio o cerco de las ciudades es tan antigua como la existencia misma de ciudades, y por eso en la Antigüedad las ciudades se dotaban de inmensas murallas y fortificaciones para resistir las amenazas de ataque desde afuera de sus recintos.

El grado de ensañamiento y crueldad de los sitios era, en todo caso, legendario: recordemos los casos de Jericó, o el inmortal relato de Troya, y su reguero de muertes, venganzas y dolor humano humanamente infringido.

En la Europa de la Edad Media, pero aún más a comienzos de la Modernidad o la temprana Modernidad, las fortificaciones de las ciudades se hicieron aún más sofisticadas, ante el advenimiento del uso de armas de pólvora y especialmente de los cañones de guerra. 

Por si fuera poco, las primeras ciudades tomadas o construidas por los españoles en las nuevas Indias, también fueron víctimas de permanentes asedios por parte de indígenas, y luego de todo tipo de mestizos o criollos en combates entre facciones.  

Es muy célebre el cerco de La Paz de 1781, cuando la ciudad fue sitiada por 11 meses por indígenas liderados por Túpac Catari. En los sucesivos gobiernos del MAS, dicho sitio fue visto como un momento glorioso de las luchas indígenas, pero se olvidó completamente la crueldad a la que fueron sometidos los habitantes de la ciudad.

Los sitios y bloqueos continuaron tras la fundación de Bolivia, y ni siquiera el siglo XX implicó que desaparecieran como la antigualla que son: se confundieron con las formas de protesta popular adquiridas del mundo sindical, como la huelga general o la huelga de hambre. En Bolivia conviven prácticas de sublevación social que pertenecen a distintos registros y épocas, aunque los más modernos, como marchas y huelgas, suelen ser menos violentos.

Los bloqueos de caminos no siempre han sido violentos, y de hecho, muchas veces han gozado de la simpatía de los habitantes de las ciudades, como fue el caso de septiembre de 1999 o de octubre de 2003.

Sin embargo, en agosto de 2020 parecería que los bloqueos de caminos llevan a la práctica la frase de “cerco de verdad”, y la idea militarista del “combate, combate, combate”. Algo pasó en el ínterin: los pututus de guerra vuelven a sonar, pero no contra la administración colonial, sino contra los que el dirigente campesino Felipe El Mallku Quispe llama “los extranjeros”: los bolivianos que, por complejos procesos históricos y culturales, no tienen rasgos físicos indígenas. En algún punto, el odio contra el boliviano no indígena se ha incubado en la emocionalidad de muchas personas.

Está claro que el desprecio al indígena tampoco se acabó en Bolivia: pero estos desprecios, estos prejuicios, no se terminan con una posición aún más extrema de odio y desprecio a los “blancos”, a los que muchos indígenas llaman q’aras, pelados, sin gracia.

Se retorna entonces a un tiempo donde la guerra, el odio al otro, la búsqueda de la aniquilación total del diferente, del que se considera el enemigo, vuelve a salir a la superficie. La democracia así, no fue, no es, más que una máscara, una pantalla en una sociedad que, en realidad, no se caracteriza por la asunción serena de las reglas.

Debajo de una apariencia de democracia y ciudadanía modernas, entonces, se esconden arraigados imaginarios milenaristas, guerreristas, masculinistas, donde la aniquilación total del otro es la clave de una sociedad utópica “donde reinasen para siempre los indios” que nunca existirá o de existir, no será un mundo feliz.

Los bloqueos de agosto de 2020 muestran lo que está debajo: estructuras de afectividad que, en mucho, recuerdan a las personalidades de siglos pasados, afectividades desbordadas, imaginarios del bien y el mal, redencionismos, salvacionismos, escatologías, teleologías, creencia en el “Mito del Reino Feliz” del que habla certeramente Graciela Acevedo. Debajo está la realidad: no hay paz, no hay democracia real.

Bloquear, entonces, es querer aniquilar, aunque esto no pase de ser un imaginario muy encendido. Pero, tristemente, a veces los imaginarios terminan convirtiéndose en actos reales de violencia y crueldad.

No puedo decir sin más si debemos o no execrar los bloqueos a la boliviana, porque como todos los bolivianos, a veces apoyo unos, a veces rechazo otros. Estamos todos, de alguna manera, concernidos, como estamos concernidos por ejemplo, en las victorias de fútbol, aunque no asistamos al estadio o no nos guste el fútbol: nos concierne.

Los bloqueos también nos conciernen, porque es otro rasgo de cómo estamos sujetos los unos a los otros en Bolivia.  Bloquear siempre será un recurso disponible…a menos, claro, de que cambiemos definitivamente nuestros patrones de interrelaciones sociales, y con ello, cambiarán nuestros valores, nuestras emociones y nuestras decisiones.

Pero queda entonces flotando una pregunta: ¿existirá algún día una Bolivia donde no se bloquee más? Ese día sabremos que Bolivia y los bolivianos cambiaron, de verdad.

En el pellejo del transportista en los bloqueos

Noticia Anterior

Comentarios

Deja un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *