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La escuela realista en las relaciones internacionales presenta al sistema internacional como una “estructura anárquica”, sobre todo por la ausencia de un gobierno universal que pueda tomar decisiones vinculantes y homogéneas. Si bien estas consideraciones sobre el orbe mundial son debatibles, es fundamental repensar por qué en tiempos de globalización una serie de conflictos duran demasiado tiempo y son tan costosos desde el punto de vista del sufrimiento humano, como aquellos que tienen lugar en el Medio Oriente.

Los atroces ataques israelíes en la Franja de Gaza desde octubre de 2023, no sólo despiertan la condena humanitaria, sino que desnudan una continuidad apocalíptica. Israel es la punta de lanza del dominio violento de Occidente posindustrial, que, junto al apoyo incondicional de los Estados Unidos, trata de mostrar una superioridad sobre el mundo árabe, caracterizada por la lógica del más fuerte. Al igual que el sangriento verano de 2006, los ataques de 2019 prosiguieron con una serie de abusos para usurpar territorio palestino y se orientaron en 2024 hacia una dominación israelí que persigue una limpieza étnica, junto con graves constataciones de genocidio.

De esta manera, pocas circunstancias mueven las opiniones políticas con tanta vehemencia como el conflicto entre Israel y Palestina. No solamente la percepción de los actores políticos involucrados, sino al mismo tiempo la naturaleza del conflicto, hace que la comunidad internacional se vea profundamente vulnerable frente a la ausencia de soluciones inmediatas. Las discusiones rebasaron y superan constantemente cualquier enfoque diplomático para profundizar las negociaciones conducentes a una estrategia de pacificación.

Los intereses mezclan, en forma constante, aspectos culturales, religiosos, geoestratégicos, político-diplomáticos, territoriales y económicos. Sin embargo, también hace mucho tiempo que dejaron de influir las variables humanitarias y el intento de considerar factores simples como el sufrimiento cotidiano en los campamentos de refugiados palestinos y el miedo a ser víctima de implacables ataques terroristas en Israel. Todos, por igual, están obsesionados por actitudes extremistas, tanto para enfrentar militarmente los conflictos como para entregarse a fuerzas ciegas, entre éstas la violencia latente y declarada.

La racionalidad parece no existir si se la entiende como aquella conducta donde prevalece la razón en la solución de cualquier problema, junto al logro de objetivos con los menores costos posibles, tanto económicos como humanos. Al mismo tiempo, es posible pensar que la racionalidad se impuso de manera descarnada en el conflicto porque las élites políticas y militares de ambos bandos –palestinas e israelíes– utilizan de modo instrumental medios violentos para conseguir fines de carácter político que faciliten el manejo del poder en sus esferas de influencia, antes que el hecho de imaginar un conjunto de soluciones duraderas donde emerja la posibilidad de ceder y perdonar, en beneficio de procesos de paz para la mayoría de las poblaciones civiles involucradas.

El conflicto Israel-Palestina debe entenderse como la prolongación de la deshumanización en el terreno de los equilibrios de poder en las relaciones internacionales. Su larga duración representa el triunfo de la racionalidad instrumental que deshumaniza las negociaciones y fomenta las orientaciones afincadas en previsiones de poder, como posibilidades de adelantarse en los cálculos políticos para derrotar a quienes se considera enemigos.

Es muy probable que los intereses conflictivos entre Israel y Palestina puedan ser susceptibles de exploración hasta las épocas bíblicas. Las historias contempladas en los libros considerados sagrados son reivindicadas por varios líderes israelíes que defienden la idea de un territorio “prometido por Dios” para que el pueblo judío pueda establecerse de manera definitiva en lo que después se interpreta como un Estado independiente. Por otra parte, Palestina exige su derecho a que la consideren un Estado soberano con autodeterminación territorial desde 1967, aunque posee explicaciones de carácter histórico que también se enmarcan dentro de reivindicaciones religiosas, junto a un destino de fe para identificarse con el mundo árabe-musulmán.

El trayecto histórico

Las posiciones políticas de los actores en conflicto han llevado a Israel y a Palestina hacia el combate, la demanda y negociación dentro del contexto internacional para conquistar absoluta soberanía territorial como estados autónomos desde 1947, cuando el 20 de noviembre de aquel año la Organización de las Naciones Unidas (ONU) determinó la “partición de Palestina” en dos estados, uno árabe y otro judío, finalizando la colonización británica de aquel entonces.

El conflicto, en el fondo, tiene connotaciones bélicas desde la guerra árabe-israelí en 1948, introduciéndose además aspectos de neorrealismo en las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y los países árabes. En la época de la Guerra Fría, el duelo entre la democracia de las sociedades libres y el comunismo se expandió también al Medio Oriente, aunque dentro de parámetros vinculados a los procesos de modernización nacionalistas y la revolución comunista. Las relaciones entre Palestina e Israel durante la Guerra Fría ingresaron en un proceso de “dejar las cosas tal como están”, mientras adquirían mayor complejidad la guerra del Vietnam y las nuevas formas de equilibrar las relaciones políticas con China, los movimientos revolucionarios en Cuba y las guerrillas liberacionistas en África.

Luego de la caída del muro de Berlín y casi al finalizar la guerra fría, a principios de la década de los años noventa, los intereses políticos en el Medio Oriente se convirtieron en un aspecto de consolidación geopolítica para la hegemonía estadounidense, que incorporó la protección israelí debido a la necesidad de poseer un país custodio (gatekeeper) dentro del mercado árabe del petróleo.

Por lo tanto, el recorrido histórico del conflicto Israel-Palestina podría resumirse identificando algunos hitos importantes a partir de la intervención de los organismos internacionales. Precisamente, desde la óptica de los regímenes internacionales, la ONU ha intentado mediar y sugerir propuestas de solución en el conflicto político-territorial, aprobando algunas resoluciones. El centro de los intereses en conflicto gira alrededor del concepto de “autonomía, soberanía y seguridad territorial” para dos clases de Estado en el Medio Oriente. Tanto Palestina como Israel se encuentran sumidos en un conflicto armado de carácter étnico-territorial, el cual se expresa a diario en choques armados y demostraciones de violencia que reflejan prácticas de protección territorial mediante una drástica separación y segregación.

El ataque israelí a una flotilla humanitaria en aguas internacionales, el 31 de mayo de 2010, lamentablemente mostró que el conflicto con Palestina es irresoluble desde el punto de vista de la negociación diplomática y el establecimiento de previsiones en el ámbito de los regímenes internacionales. Ambos actores carecen de incentivos para generar confianza y superar cualquier bloqueo a los acercamientos de paz porque están atrapados en estrategias de suma cero, lo cual prolonga la esencia militar del conflicto y reduce las zonas de posibles acuerdos. Palestina exige la autonomía y soberanía territorial en la Franja de Gaza y Cisjordania, el control sobre Jerusalén, derechos de ciudadanía dentro de un Estado soberano, reconocido ante la comunidad mundial, y acceso a fuentes de financiamiento para el desarrollo, incorporando en sus estructuras políticas a fuerzas militares insurgentes consideradas altamente peligrosas por Israel; dichas fuerzas poseen representación parlamentaria, generando un enfoque al mismo tiempo autoritario y democrático en el sistema político de la Autoridad Nacional Palestina, nacida en 1994.

En la perspectiva de Israel predomina una orientación sumamente beligerante que enfatiza los intereses de seguridad militar y territorial para el Estado judío, rechazando las resoluciones de la ONU y fortaleciendo una política de expansión territorial en las áreas palestinas. Estas acciones van acompañadas de un espíritu de segregación que ha ido aumentando las inclinaciones hacia “políticas anti-étnicas” para limitar las demandas palestinas que se rebelan con atentados terroristas.

Entretanto, las Naciones Unidas se ven imposibilitadas de implementar políticas de asistencia humanitaria para proteger a los refugiados palestinos o a las víctimas del terrorismo en territorio israelí. El efecto inmediato son un conjunto de acciones y reacciones cargadas de condicionalidades, que dan lugar a soluciones parciales mediante el uso de la violencia y las amenazas de daños muy destructivos, tanto para intimidarse mutuamente como para afectar las capacidades de “imposición de hecho”, que es lo específico en las relaciones políticas entre Israel y Palestina.

Desde luego, los protagonistas son Israel y Palestina. Sin embargo, otras naciones árabes se declararon en contra de los intereses y las políticas israelíes en la región, como Egipto, Túnez, Marruecos, Mauritania, Libia, Líbano, Somalia, Siria, Irán, Iraq, Omán, Yemen, y en menor medida, los Emiratos Árabes Unidos, el Reino de Jordania, Arabia Saudita, Kuwait y Bahréin.

Al mismo tiempo, en cada país árabe, especialmente en aquellos de fuerte raigambre musulmana, no hay homogeneidad sino enfoques diferentes sobre el conflicto y cómo escalarlo en medio de pugnas entre facciones étnico-religiosas que buscan involucrar a más naciones, en particular como consecuencia de la guerra global contra el terrorismo que tuvo lugar luego del ataque a las torres del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001.

Varios grupos terroristas están involucrados en distintas campañas militares –desde Somalia, pasando por Iraq hasta llegar a Afganistán–, lo cual ha complicado la situación política y diplomática porque Israel se convierte en un país estratégicamente aliado de Estados Unidos para enfrentar la expansión de redes de comunicación terrorista, venta de armas y amenazas de tráfico de materiales nucleares. Diversos grupos político-religiosos reivindican la necesidad de una solución para el conflicto Israel-Palestina, reproduciendo lógicas fuertemente instrumentales, ambiguas y destructivas.

Israel y Palestina poseen una visión geopolítica de integridad territorial diametralmente opuesta, en razón de la cual toda tensión tiende a definirse como política del poder; es decir, en cuanto a imposición de decisiones, ya sea gracias a la superioridad militar, estrategias de contención para el combate de núcleos terroristas, o debido a la utilización de aliados internacionales que, en gran medida, apoyan también dicha política internacional de poder. En el caso de Israel, Estados Unidos es su aliado más importante, mientras que Palestina ha estado siempre cerca de Irán y agrupaciones consideradas “actores no estatales” o identificadas como parte del terrorismo fundamentalista. La polarización constante representa el epítome de este juego de suma cero.

El aspecto más espinoso que bloquea cualquier negociación es aquella angustiante tensión entre la dinámica interna del sistema político en la Autoridad Nacional Palestina y las estrategias para encarar las relaciones con Israel. Este sistema se desarrolla con la participación de organizaciones como los grupos armados denominados Hamás, Yihad Islámica Palestina, Frente Democrático para la Liberación de Palestina, Frente para la Liberación de Palestina, Frente Popular para la Liberación de Palestina y Septiembre Negro, además de mantener relaciones con organizaciones militares como Hezbolá, consideradas terroristas por Estados Unidos y la Unión Europea. Con todo, dentro del mundo árabe se definen como organizaciones nacionalistas, revolucionarias e islámicas, con un fuerte activismo en el Líbano e Irán.

La dinámica democrática palestina de un sistema parlamentario hizo que los grupos armados utilizaran en forma instrumental los mecanismos electorales para legitimar acciones de fuerza, reforzando la idea de destruir cualquier ocupación israelí como la única solución para el conflicto étnico-territorial. A su vez, debido al apoyo electoral se arrastró e involucró a una parte de la población civil en las campañas paramilitares palestinas, opacando toda alternativa viable tendiente a un acuerdo negociado.

El Estado israelí, por contrapartida, ha demostrado un comportamiento bélico parecido, difundiendo visiones extremistas que colindan con la limpieza étnica en contra de la población palestina, promovidas sobre todo por el exministro de Defensa y antiguo primer ministro, Ariel Sharon, seguido también por el primer ministro, Benjamín Netanyahu, quienes rechazaron seguir negociando pacíficamente con las autoridades palestinas en diciembre de 2008. Así mismo, prevalecen las ideologías sionistas, bastante resistentes a viabilizar opciones negociadas por medio de propuestas no militares.

Los principales partidos políticos en Israel tienen una dinámica que tampoco fomenta los acercamientos más flexibles, matizados o con menos confrontación. En general, el multipartidismo estimula la conformación de coaliciones gubernamentales, donde el conflicto con Palestina siempre plantea la continuidad en las políticas de asentamiento, o la negativa respecto a alguna posibilidad de ceder una parte de Jerusalén.

Toda nueva coalición se ve transportada hacia un continuo que recorre entre la seguridad territorial, el rechazo a las negociaciones con Hamás y el control de los espacios aéreos, marítimos y terrestres en la Franja de Gaza y Cisjordania. Cualquier gobierno tendrá que incorporar tales temas en la agenda doméstica, junto a la necesidad de compartir el poder con las tendencias de derecha, bastante preponderantes en Israel, como los partidos Kadima, de Ariel Sharon; Likud, de Benjamín Netanyahu, y Shas (Asociación Internacional de los Sefardíes), que obtuvo una importante votación en febrero de 2009. Las demás organizaciones, como el Partido Laborista, Israel Beytenu, Unión Nacional, Partido Nacional Religioso, Yahadut Ah-Tora, los socialdemócratas Meretz, la izquierda de Jadash, y los partidos árabe-israelíes Lista Árabe Unida y Marad, tienen posiciones aparentemente menos radicales, aunque nadie se arriesgará a cambiar de manera radical las prioridades de integridad territorial y superioridad militar, que son la tendencia desde 1967.

Un callejón sin salida

El desenvolvimiento interno de los sistemas políticos palestinos e israelíes cuenta con una estructura que se sostiene sobre cinco ejes problemáticos:

  1. Redes sociales que reproducen información, nacional e internacionalmente, destinada a los enfrentamientos.
  2. Utilización del poder como infraestructuras y recursos materiales a partir de maquinarias militares y la generación sistemática de amenazas.
  3. Brazos armados como la primera opción táctica para imponer posiciones.
  4. Un sector político que participa activamente en las dinámicas democráticas en sus respectivos territorios para movilizar a la opinión pública, polarizándola.
  5. Existencia de una dimensión dicotómica donde las ideologías religiosas y de agresión mutua predominan hasta el exceso, fomentando una lamentable actitud de limpieza étnica y segregación territorial.

El modelo de negociación que se ha impuesto como estrategia en el conflicto Israel-Palestina es aquel basado en las visiones de Carl von Clausewitz y su “Tratado sobre la guerra”. Prevalece el desarme del enemigo, que es el propósito de las acciones militares. Esta negociación ha sido sumamente riesgosa, ya que conduce a una escalada de posiciones cada vez más polarizadas y de máxima conflictividad. La guerra se convierte en la continuación de la dinámica y el realismo políticos, sin el más leve interés por aislar o proteger a la población civil inocente. Las tácticas siempre intentarán doblegar al enemigo para forzar una negociación inclinada hacia la capitulación.

El papel de las mediaciones internacionales resulta clave en estos procesos, sobre todo para proteger de los intereses humanitarios, en la medida en que la comunidad internacional espera reducir los altos costos en vidas humanas, especialmente para los refugiados palestinos en la Franja de Gaza y Cisjordania. Sin embargo, es casi imposible restablecer el diálogo en torno a la autodeterminación territorial y la soberanía del Estado palestino.

La mediación a favor de los refugiados podría llevar adelante una negociación integrativa de carácter humanizador, con el objetivo de bajar la tensión entre ambas partes y redefinir el problema por medio de un intercambio de intereses para ampliar los resultados positivos, sobre la base de los siguientes elementos:

  1. Tener presente que no se puede seguir negociando en términos amigo-enemigo, en particular para mejorar las condiciones de ciudadanía, con derechos mínimos para los refugiados y desplazados a causa de los enfrentamientos militares.
  2. Considerar que el propósito de la mediación integrativa es tomar en cuenta los intereses humanistas para resolver un problema común: evitar el sufrimiento de los refugiados y de las víctimas de atentados terroristas.
  3. Asumir que la integración de valores humanitarios para enfrentar el problema de los refugiados no significa vencer al otro a cualquier precio, sino simplemente cumplir en forma íntegra los términos de la Convención de Viena y las provisiones humanitarias previstas por la ONU.
  4. Pensar a largo plazo para integrar los valores humanistas de respeto a los derechos mínimos de los refugiados, tanto desde el punto de vista de los sistemas democráticos de Israel y Palestina, como desde la óptica del involucramiento de las futuras generaciones, que deberán tratar de integrar aspectos de reconciliación, progresivamente.
  5. Impulsar campañas internacionales para hacer propuestas humanistas, teniendo presentes los principios democráticos para proteger los derechos a la supervivencia digna de los refugiados y el derecho a la paz libre de atentados.
  6. Determinar cuáles son los puntos incompatibles con la integración de aspectos humanistas en el tratamiento práctico de soluciones para mejorar las condiciones de vida de los refugiados en la Franja de Gaza y Cisjordania.
  7. Ampliar la participación de organizaciones juveniles humanistas israelíes en el tratamiento de la reconciliación, procurando enriquecer el resultado de campañas democráticas, utilizando criterios objetivos para facilitar la implementación de planes urbanos y suministros a cargo de las Naciones Unidas, e identificando los principales bloqueos durante las negociaciones.
  8. Valorar las opciones que se disponen por fuera de la negociación, fijando prioridades y determinando el valor ético-humanitario en las diversas formas existentes para optimizar materialmente la situación de los refugiados, así como mejorar la protección de civiles en riesgo dentro del territorio israelí.
  9. Establecer las diferencias de valores ético-humanitarios entre Israel y Palestina que puedan existir para superar los obstáculos prácticos en la protección de los refugiados.

Se trata de una orientación en la cual la mediación integrativa de carácter humanitario manifieste deseos de ganancias mutuas y cooperación de alcance medio. Esta orientación hacia el respeto de las aspiraciones del ser humano tiene también el propósito de dar importancia a la calidad de la relación entre las partes, conduciendo finalmente a una modificación de los objetivos particulares y de las respectivas prioridades, para viabilizar el respeto a la vida de ciudadanos inocentes que buscan su integración más democrática en un sistema de derechos fundamentales.

Las razones para un enfoque integrativo de valores humanistas podrían, eventualmente, rescatar una negociación menos polarizada, en la que se apoyen relaciones de reciprocidad y credibilidad mutua, siempre y cuando haya mejoras efectivas para los refugiados y civiles inocentes. Al disminuir los riesgos de la población civil en Israel y Palestina, habría una mayor estabilidad para restablecer las negociaciones políticas hacia el futuro.

Finalmente, el sociólogo y filósofo alemán Theodor W. Adorno se preguntó alguna vez si el mundo, sobre todo occidental, era capaz de seguir viviendo después de Auschwitz. Sus respuestas fueron una mezcla de incertidumbre, escepticismo y sutil lamento, tanto por medio de su producción teórica en la Escuela de Frankfurt, como a través de sus memorias personales. El apocalipsis autoimpuesto por la naturaleza humana siempre acechará como un sueño agotador que disuelve los sentidos y las voluntades más firmes, puesto que las amenazas del totalitarismo nunca desaparecen por completo, ni en la política, ni en el pensamiento o en las formas de generar conocimiento.

El conflicto entre Israel y Palestina es un vivo ejemplo de la imposibilidad de vivir juntos después de Auschwitz, aunque lo curioso es que las víctimas judías del Holocausto quedarían impávidas al observar los fuertes paralelismos entre el odio étnico del nazismo y los desastrosos resultados a lo largo de múltiples conflictos árabe-israelíes contemporáneos. La política del poder en las arenas internacionales del realismo político, reactualiza constantemente los temores de Adorno. Si se puede vivir después de Auschwitz, es porque todos los esfuerzos se enmarcan sólo en una vida ya deteriorada, o al menos así parece sugerirlo el apocalipsis que se han impuesto Israel y Palestina. De cualquier manera, aún a pesar de todo su poderío militar, quien se queda solo mirando el pánico internacional ante el genocidio, es Israel.

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