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A finales del año pasado, el escritor español Arturo Pérez-Reverte publicó su libro “Línea de Fuego”, en el que narra algunos fragmentos de la terrible guerra civil que azoló España en los años 30 del siglo pasado, enfrentando a compatriotas, hermanos, vecinos e incluso parientes. En dos extractos del libro se puede resumir todo el trasfondo y el dolor que una conflagración de ese tipo puede causar: “Es lo malo de estas guerras civiles ¿verdad?...Oyes a un enemigo herido llamar a su madre en el mismo idioma que tú, y como que así, ¿no?... se te quitan las ganas”, se agrega en otra parte del texto: “Entender el idioma del enemigo, hablar la misma lengua de los que matan, de lo que tienes que matar, es un suplicio que deprime como si una montaña cayese en los hombros…Un hombre que dice como nosotros novia y amigo, árbol y camarada. Que se alegra con las mismas palabras y jura también con las palabras que juras tú. Que iría a tu lado, bajo tu bandera, cargando sobre gentes extrañas”.

Hace días, un diputado tarijeño del Movimiento al Socialismo manifestó con demasiada facilidad lo siguiente: “Aquí en Tarija de la misma forma, no solamente estamos preparados para dar nuestra vida por este proceso de cambio y por la democracia, sino también estamos dispuestos a enfrentar, si tenemos que matar, lo vamos a hacer”.

Desde niños/as se nos inculca que está muy bien defender los ideales, los principios y valores que a cada uno se nos trasmite o vamos construyendo en el transcurrir de la existencia; no obstante, llega un momento en la vida que nos damos cuenta de que esto es algo que solo se puede realizar dentro de marcos mucho más grandes, como los valores democráticos y los derechos humanos.

Estos elementos marcan el norte de nuestro accionar o, por lo menos, deberían hacerlo. Es por eso que en el mundo actual las luchas armadas, la violencia extrema y la violación de la dignidad de las personas en cualquier forma siempre tienen consecuencias negativas para sus autores, cómplices e instigadores.

Es doloroso para quienes creen en los valores democráticos escuchar frases como la mencionada por ese representante nacional, pues demostraría el fracaso de nuestra construcción democrática y que en Bolivia ha costado sangre y lágrimas de nuestros abuelos/as, padres y madres, luego de años de gobiernos dictatoriales y autoritarios de diverso grado, así como fue difícil digerir esa consigna de “¡ahora sí, guerra civil!”, lanzada de manera tan fácil en los conflictos recientes, sin medir las consecuencias funestas de un acontecimiento para algunos todavía probable, por la tozudez e irresponsabilidad de los actores políticos.

No obstante, la respuesta del otro frente no se dejó esperar, con declaraciones de la misma manera vergonzosas del líder cívico cruceño al referirse a un símbolo patrio reconocido en la Constitución Política del Estado, que si bien es cierto no representa a una porción de la población boliviana, eso no le quita su valor histórico, social y político. Tampoco significa para muchos algo un crucifijo, una estrella de David o la bandera de la Polinesia Francesa; sin embargo, significa mucho para alguien y en base a ello se debe respetar, no por el objeto, sino por la persona o personas para las que sí tiene un peso específico.

Es increíble cómo los extremos se van tocando, donde no hay buenos ni malos, siendo estos últimos quienes no ven más allá de sus consignas partidarias, ideológicas, dogmáticas e intereses, pero que nos colocan en situaciones poco expectables y con un futuro todavía con bruma.

No sé si solo será de algunos sectores de la población la preocupación de despertarse cada día con muchas preguntas en la cabeza como: ¿Qué pasará hoy? ¿La situación política y económica se agravará? ¿Los actores políticos acabarán su guerra y nos darán por fin la tan anhelada paz y reconciliación o seguirán alimentando la división, el resentimiento y el odio entre bolivianos y bolivianas? ¿Podremos encontrar las fórmulas que nos permitan esos fines de paz? ¿Se tendrá la voluntad real de armonizar el país y dedicarse a los problemas realmente serios y estructurales que vivimos, como la crisis económica, la salud, la educación perdida de los/as niños/as y adolescentes, la destrucción del medio ambiente, la desigualdad, la cuasi extinción de los pueblos indígenas, la vulneración a los grupos en situación de vulnerabilidad, entre tantas problemáticas que tenemos?

Hay varias encuestas que organizaciones de la sociedad civil y medios de comunicación vienen realizando y que nos muestran que la mayoría de la sociedad quiere pasar la página, desea trabajar, anhela recuperarse de la hecatombe mundial producida por la pandemia de Covid-19 que no nos deja. La población quiere la certeza de un futuro mejor, sin pensar en que los conflictos se agraven y todo su mundo y seguridad ya afectados por la pandemia se vaya al despeñadero.

Esa necia discusión entre fraude o golpe, ya no contribuye absolutamente en nada ¿hubo fraude? No, fue manipulación dolosa de varios aspectos de la justa electoral de 2019, o llámenle como quieran, revisar actas y hacer informes universitarios no cambiará una realidad; pero en qué suma en nuestro actual contexto, pues en nada, el negarlo solo contribuye a las angurrias de unos cuantos y el afirmarlo solo tiene un efecto rebote.

¿Fue golpe?, puede ser, pero no tenemos ninguna instancia seria, técnica, objetiva, confiable e independiente que lo afirme o lo niegue, desde una mirada técnica constitucional. Lo dicho hasta ahora son solo conjeturas y análisis antojadizos de las partes, con honrosas excepciones, pero sin peso real, que tampoco resolverán absolutamente nada, más que nuevamente alimentar los intereses de unos cuantos, vaya a saber con qué oscuras intenciones.

Lo único cierto y objetivo es que hubo muertes en 2019 producidas por actores estatales. También se produjeron graves violaciones de derechos humanos de las partes en conflicto, empero, sobre este tema neurálgico, ante la opinión publica solo se instrumentaliza el tema con otros fines, y al parecer su destino será el mismo que las muertes producidas durante los conflictos de 2003 en la ciudad de El Alto, es decir en nada, impunidad total y nada de verdad y justicia como tanto se pregona.

Muchos/as guardamos todavía la esperanza de que las amenazas de muerte, abusos y violaciones de derechos humanos de las partes en conflicto se queden en solo palabras vacías y que los deseos macabros de algunos/as de una salida por el desastre jamás se cristalice. La historia nos deja lecciones terribles que nunca deben olvidarse para no volverlas a cometer. Todavía estamos a tiempo de rectificar el camino.

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