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Pin Pon y el amigo Valentín me esperaban en la tele a las 5 y media, los martes y viernes. En su cajita-casa, como corresponde a un muñeco, vivía Pin Pon, un niño travieso que, si no fuera por el amigo Valentín, habría hecho muchas diabluras, claro, como casi todos los niños. Solía hacernos preguntas a los niños, mirando hacia la cámara, y entonces los niños respondíamos “sí” o “no”, con el sencillo recurso del movimiento de la cámara de arriba abajo, de izquierda a derecha… y todo, además, en blanco y negro. Pero con eso bastaba para ser felices con Pin Pon.

De Pin Pon recuerdo sus bellas canciones, además de su famosa canción característica (cuya letra, los que nunca gozaron la magia de Pin Pon en vivo y en directo, fue tontamente cambiada: “Pin Pon es un muñeco /con cuerpo de algodón”, y nunca fue ni guapo, ni de trapo, ni de cartón). La que más me gustaba era Método: explicar a los niños que para hacer las cosas bien, lo primero que hay que tener es eso justamente: método. El sol que persigue a la luna, y cuando las estrellitas comienzan a salir… Y era muy metafórico todo, porque “dicen que secretamente el sol se enamoró”, porque el día y la noche no son más que juegos, persecuciones, entre el sol y la luna. Creo que sí, que es así.

A las 6, TVN pasaba Música libre. ¡Era tan lindo de verse! Los niños no podíamos sino admirar a esos lolos y lolas que, hermosamente pituqueados a la moda (minifaldas, pantalones de pata de elefante, blusas estampadas, botas altas, vinchas en el pelo, y ropa de colores que sólo adivinábamos detrás del blanco y negro), bailaban divertidas y a estas alturas muy ingenuas coreografías de las canciones del momento. Quién nos habría de decir después que la fonomímica, que resultaba tan pasada de moda en los 80, que aquellos lolos y lolas representaban a falta de videoclips de los grandes cantantes que ellos remedaban, volvería a tener éxito en la tercera década del siglo XXI. Sí, los lolos y lolas de Música Libre fueron los antecesores del Tic Toc. Quizás, eso sí, con mucha más dulzura. ¿Será que dentro de 50 años Tic Toc sea un recuerdo valorado?

Como nada es perfecto, a las mismas 6 de la tarde el canal 13 pasaba Plaza Sésamo. Mi admiración por esta extraordinaria producción televisiva no cesará jamás. Los muñecos eran entrañablemente amigos verdaderos: Beto y Enrique, René, Lucas, Archibaldo. Me sorprendía como niño de siete años el ver tanta inteligencia desplegada en un programa para niños… las animaciones, las canciones, las aventuras de los muñecos, una visión del mundo cargada de poesía. Mi recordada amiga colombiana Consuelo Acevedo me dijo una vez, evocando que también en Colombia los niños veían Plaza Sésamo, que nosotros “somos de la generación de Plaza Sésamo”.  Claro, como tantos otros eventos de la cultura popular de comienzos de los 70, esto no aplica para mis compañeros de generación bolivianos, que no disfrutaban la misma programación televisiva que en otros países de América Latina. La televisión aquí llegó tarde, y muy lentamente. Por eso hay pocos con los que puedo compartir estos recuerdos mágicos… creados gracias a una elegante y sutil televisión para niños.

El mundo era hermoso, pero también trágico. Se interrumpía la transmisión de Plaza Sésamo, para dar paso a una cadena nacional, del presidente Salvador Allende hablando al pueblo de Chile. Eso me disgustaba, por cierto, porque eran tiempos donde el poco sutil mundo de los adultos no me importaba como el imaginativo y soñador mundo de mi ser niño. Así y todo, TVN tenía la mejor característica de apertura que nunca vi, en la que aparecía el perrito Tevito bailando la inolvidable canción de Víctor Jara, Charagua.  Era trágico porque en ese mundo de niño llegó un día triste: desde la ventana trasera de mi casa, vi aviones de guerra bombardear, como si de una danza aérea se tratara, el palacio de La Moneda.

No todo era, claro, la televisión. Por las calles me maravillaba de ver las vitrinas en Ahumada, o ir a las jugueterías o las tiendas de discos, o ir al cine para niños que era el Toesca, o me gustaba pisar las hojas secas derramadas por los árboles del parque Forestal. Y en esas calles caminaban los jóvenes, con sus melenas, sus patillas, sus bigotes poblados, sus patas de elefante, sus cinturones de grandes hebillas, sus camisas desabrochadas, o las jóvenes con minis, montgomeries, impermeables de colores, botas de altos y gruesos tacos, flequillos, grandes gafas de vidrios de colores, apariencias vibrantes entre gustos hippies y modernos.

En esos tiempos sonaban en el aire tantas canciones…que estaban labrando mi alma o sembrando semillas de lo que, al pasar las décadas, llegaría a ser. El Gato Alquinta cantaba “mira, niñita, te voy a llevar a ver la luna brillando en el mar. Mira hacia el cielo y olvida ese lánguido temor, que fue permanente emoción”. La permanente emoción. Eso quedará y renacerá aún cuando el tiempo pase y no deje de pasar. De alguna manera, lo que importa nunca se va… vuelve a llegar, o quizás llega encarnado en una nueva verdad. 

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