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Alejandro tenía 20 años cuando ascendió al trono y al momento tomó el mando de las tropas que le dejó su padre Filipo. Enteradas las demás ciudades de que la comandancia de los ejércitos macedonios estaba a cargo de un imberbe, se sublevaron creyendo que el joven no tenía el temple del padre. Fue un error, pues Alejandro arrasó ciudades completas como Tebas y Atenas, porque, claro, desde la más tierna infancia, había sido sometido a riguroso entrenamiento militar a cargo de instructores espartanos y su niñez y adolescencia transcurrieron entre las patas de caballos y campamentos militares.  Al llegar a los 30 años, ya era dueño y señor del imperio persa y solo su temprana muerte le impidió sumar más y más territorios a sus conquistas militares.

Octaviano de los Julia, más tarde conocido como Augusto César, tampoco era mayor de 20 años cuando formó parte de un triunvirato tras el asesinato de su tío Julio César. Los otros dos experimentados integrantes de ese triunvirato, como eran el endurecido militar Marco Antonio y el veterano político Lépido, creyeron fácil neutralizar al doncel enfermizo. También estuvieron equivocados. Octaviano había crecido en un ambiente donde se respiraba poder y militarismo, pues su padre había sido comandante de una legión. En su adolescencia, el futuro emperador estuvo de visita en el campamento donde combatía su tío en las Galias y las tropas ya lo conocían. Al retorno de Julio César a Roma, el joven fue favorecido con el nombramiento de miembro del Colegio Pontificio, ganando prestigio. De ahí a convertirse en emperador ya fue cosa posible.

Mucho más difícil lo tenían los aprendices de oficios menesterosos sin esos nexos familiares como los dos anteriores. En la Edad Media, un aprendiz podía darse por afortunado si accedía al taller de un maestre e incluso quedarse toda la vida de operario. Un maestro de encuadernación de manuscritos, un albañil, un herrero o un barbero solo podía admitir un número muy limitado de aprendices, para no “saturar” el mercado laboral. Había tres niveles: el aprendiz, un adolescente que se iniciaba en el oficio entre los 12 y 14 años y que permanecía en esa condición entre cuatro y ocho años. Cuando probaba ser más hábil, ascendía a la categoría de oficial u operario y podía quedarse de por vida ahí. Pero, si era especialmente talentoso para el oficio, se sometía a una prueba práctica y presentaba su “obra maestra”, la cual era evaluada por un comité de la cofradía. Un manuscrito impecablemente encuadernado, un faldón cosido a la perfección, una extracción de muela sin casi derramar sangre, etc., y recién era admitido como un igual en la cofradía y podía ser miembro de pleno derecho, abrir su taller, admitir aprendices. Pero, para eso ya era un adulto hecho y derecho.

Hoy, a nadie se le ocurriría confiar una operación de cataratas a un estudiante de segundo año de medicina y más bien se preferiría a un experimentado cirujano oftalmólogo. Un pleito judicial tampoco se confiaría a un recién titulado de derecho, sino a un ducho experto penalista. En tanto, en la cosa pública, asistimos a una glorificación de la juventud en cargos de alta responsabilidad. Se argumenta que ser “joven” es un plus, un valor añadido. Si se objetan esos nombramientos, se es un partidario de la gerontocracia.

En diciembre del pasado año, se designó como viceministra de Deportes a una adolescente de 19 años, Cielo Veizaga Arteaga. En su currículum, se señala que es una talentosa futbolista y que fue campeona de los Juegos Estudiantiles Plurinacionales y de la Copa Estado Plurinacional Sub 18, además de ser parte de la selección boliviana de fútbol femenino. De hecho, ante las críticas por carecer de mayores y mejores pergaminos, ella atajó con un contundente: “Vengo de las canchas, ¿qué más experiencia que esa?”. Vamos, probablemente sea una suerte de Maradona en femenino, pero ni aún a Maradona le dieron la cartera de un viceministerio de Deportes. Ni a Beckham, quien ha tenido de contentarse en ser un modelo publicitario de moda masculina.

Veizaga desconoce todo lo relativo a la gestión de su cartera. Por ejemplo, en la UMSS, la carrera de Ciencias de la Actividad Física forma a los potenciales instructores de deportes y acaso viceministros o ministros del rubro, en saberes tales como Dirección de recursos humanos en organizaciones deportivas; Diseño y gestión de proyectos deportivos y recreativos; Legislación, organización y administración; Gestión y planificación estratégica, y otras muchas más materias en cinco años de estudio. La adolescente no ha cursado más allá de la educación escolar, para una responsabilidad para la cual evidentemente no tiene las debidas competencias. Creer que “lo hará bien”, “que hay que confiar en la juventud”, “que es el momento de los jóvenes”, así, en esas condiciones, es tener un pensamiento mágico.

Ahora, otra joya más que se añade a la corona. La flamante alcaldesa Eva Copa cuenta como presidenta del Concejo del Municipio de El Alto a Iris Flores, de 20 años, estudiante de Ciencias de la Educación, de la UPEA. Al ser cuestionada, la universitaria dijo que, al haberse desempeñado como representante del Centro de Estudiantes, ya  cuenta a la fecha con la experiencia suficiente para presidir el Concejo. Copa también valoró su trayectoria: “Si bien Iris Flores es una de las más jóvenes del Concejo y se le está dando este reto, también va a ser una oportunidad para ella y su universidad, para la UPEA. Ella ha sido consejera y delegada de su carrera y su área, entonces tiene la experiencia dirigencial y académica”.

Nada más decir de paso, que la UPEA ocupaba el puesto 28 en el ranking nacional de 56 universidades bolivianas el año 2019. El año 2021 descendió al puesto 42, un descenso estrepitoso que no dice nada bueno de la calidad académica de esa universidad, sin olvidar la tragedia de estudiantes fallecidos por acudir precisamente a la orden de dirigentes de centros de estudiantes que convocaron a una asamblea.

Las responsabilidades del Concejo son arduas. He leído, para esta nota, que sus atribuciones pasan por elaborar cartas orgánicas municipales; planificar el desarrollo humano en su jurisdicción; promover el empleo en el marco de políticas nacionales; preservar el medio ambiente; administrar terminales y aeropuertos; incentivar políticas de turismo local, etc., etc. ¿De verdad considera la joven Flores haber bebido esas capacidades en su centro de estudiantes?

Alejandro y Augusto César recibieron la formación para ser líderes algún día y agallas no les faltaron. Pasaron a la historia. Los aprendices medievales se formaban horas y más horas sin paga hasta elevarse a la categoría de maestres y dignificaban a su cofradía. Estas jóvenes —Veizaga y Flores y seguro que vendrán más— no carecen de osadía, eso a no dudarlo. Tienen arrojo, se atreven a tamaña temeridad y no les tiembla el pulso para aceptar semejantes responsabilidades y recibir dinero de todos los contribuyentes. No obstante, ¿será dinero bien invertido o es un derroche injustificable en un país como el nuestro? Tengo para mí, que es lo segundo.

Nuevas autoridades ¿viejas mañas?

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