Es evidente que nuestra región es muy especial. La gente de los diferentes países que la componen tiene características diferentes; pero somos en general alegres, resilientes a más no poder, siempre vemos con esperanza la vida, aunque tengamos muchos problemas principalmente económicos, sociales y políticos que marcan nuestro destino desde siempre. A muchos habitantes de otros continentes les despertamos la envidia por nuestra forma de vida, nuestra cosmovisión que con ciertas diferencias es muy parecida desde México hasta la Argentina; el valor que le damos a la comunidad; los fuertes lazos familiares; nuestro amor por los hijos e hijas; la pasión y el cariño que le ponemos a todo.
Los otros nos miran y al saber que somos latinoamericanos dan por hecho que sabemos sonreír, bailar, disfrutar de las pequeñas cosas que la vida nos otorga, que tenemos un aguante sin medida.
Pero ahí viene la otra cara de la moneda, ya que nuestra historia es un sinfín de sufrimiento, y mucho, guerras civiles, procesos revolucionarios, levantamientos populares, golpes de Estado, dictaduras, gobiernos autoritarios, poco espacio democrático, que parecía que íbamos dejando atrás, pero no.
A pesar de todo lo bueno que puede tener la región, Latinoamérica es violenta, in extremis. Los niveles de homicidios van subiendo cada vez más. Sólo en 2024 se registraron al menos 121.695 homicidios, lo que representa una tasa media de aproximadamente 20,2 homicidios por cada 100.000 habitantes. Este dato refleja la persistencia de altos niveles de violencia en la región; aunque con variaciones significativas entre países. Los principales países por tasa de homicidios en 2024 incluyen a Haití, Ecuador, Venezuela, Colombia y Honduras.
Quizá muchos quieran negar esta realidad, pero veamos algunas cifras: Estados Unidos, a pesar de las balaceras constantes que sufre regularmente, tiene una tasa de homicidios de 5 muertes violentas por cada 100 mil habitantes; Europa, 3; Asia, 2,3; Oceanía, 2,8 y sólo África se nos acerca un poco con 12,8. La situación de la región contrasta con la tasa mundial de alrededor de 6, que se ha mantenido constante a través del tiempo. En ese sentido, la tasa regional de homicidios latinoamericana es más de tres veces el promedio global. A pesar de que tiene el 8% de la población mundial, presenta el 33,2% de los homicidios del mundo según datos de las Naciones Unidas.
La violencia en la región es variada, abarca fenómenos como los conflictos armados que han azotado a países como Colombia, El Salvador, Guatemala y Perú durante las últimas décadas del siglo pasado; la delincuencia común; la violencia sexual; la violencia intrafamiliar; el pandillismo; las desapariciones; la justicia por mano propia; la represión de líderes de derechos humanos y los conflictos ambientales tienen datos alarmantes.
Pero ahora se ha profundizado y está llegando a niveles realmente preocupantes. Las guerras entre carteles de las drogas ilícitas y sus manifestaciones de crimen organizado y violencia organizada que se expanden por toda la región rápidamente. Y al parecer estas entidades ya tienen presencia en todo lado, y los gobiernos no se escapan de esto, pues al final acaban por una parte negociando con ellos, dejándose asimilar convirtiéndose en cómplices de sus actividades y, por último, siendo parte directa de sus acciones.
Estamos presenciando cada día hechos de violencia de parte de estos grupos antisociales. La última semana en Argentina la tortura y asesinato de dos jóvenes y una adolescente por parte de una pandilla narco, presuntamente porque una de ellas se habría apropiado de un paquete de cocaína y requería ser castigada. El tema llegó a ser trasmitido por redes sociales a un grupo de personas para que quede constancia. Esto se ve regularmente en México, desde donde se expanden los carteles. De las 10 ciudades con mayor tasa de homicidios en Latinoamérica, 8 están en ese país, donde se reportan un promedio de tres mil homicidios por año en cada una.
México se ha convertido en el centro exportador de violencia narcotraficante a casi toda Latinoamérica, desplazando a Colombia, no por nada una de las regiones de ilícitos en Bolivia se le denomina “México chico” y no es porque haya charros y tacos, sino porque en esa zona hay narcotráfico, venta de autos indocumentados, que generalmente son el pago por la mercadería y contrabando, sin que nadie haga algo.
Recién nomas se conoció que detrás del contrabando de mercurio para la minería legal e ilegal, se encuentran carteles mexicanos como el de Jalisco, siendo un negocio redondo para ellos, con su correspondiente beneficio para autoridades y funcionarios bolivianos y peruanos, que contribuyen a que este tema continúe. Es tan evidente esta complicidad que los planes de prohibición de parte del gobierno plantean su reducción hasta el 2030, no su eliminación total, claro ¿cómo afectar tan lindo negocio delictivo?
Con seguridad la presencia de los carteles mexicanos debe estar de cierta forma en competencia con los otros poderosos grupos delictivos organizados como son los brasileros; con más de 50 grupos operando en ese país. Entre ellos, el Comando Vermelho (CV), que es la organización criminal más poderosa, controlando partes de Río de Janeiro y teniendo alrededor de 50 mil combatientes activos. Otros grupos criminales significativos incluyen el Primer Comando de la Capital (PCC), que ha surgido en las cárceles de São Paulo en los años 90, y el Terceiro Comando Puro (TCP), que se originó de la lucha de poder entre los líderes del CV durante la década de 1980. Estos grupos, como se ha evidenciado, tienen presencia fuerte en Bolivia, donde sus operadores fácilmente encuentran protección gubernamental, obtienen nacionalidad boliviana e incluso forman sus lazos familiares en el país, quién sabe, como tapadera de su verdadera actividad. En resumen, Bolivia es su santuario seguro, donde viven contentos y en excelentes condiciones.
Algo muy claro es que estas actividades delictivas inmediatamente se conectan con otras como vimos con el contrabando de mercurio, tal el caso del tráfico de armas. ¿Acaso no ha notado estimado/a lector/a que hay más muertos por proyectiles de armas de fuego en nuestro país? Al parecer cada vez es más fácil conseguir estos instrumentos de muerte. Según reportes de prensa, en los últimos meses se han confiscado 211 armas de fuego de alto poder y más de 50 mil municiones para las mismas, al parecer destinadas a las bandas y grupos narcotraficantes o de contrabandistas, quienes en no pocas oportunidades se enfrentan incluso en superiores condiciones de fuego a la unidad encargada de las Fuerzas Armadas, de la lucha contra ese otro flagelo, que ya ha cobrado 18 muertos y más de 170 heridos entre sus efectivos militares.
Junto con esa actividad también está la trata de personas, con sus funestas consecuencias sobre la dignidad y libertad de los seres humanos víctimas de este flagelo, en especial mujeres que representan el 82% del total y del cual 52% son niñas y adolescentes. La forma predominante de explotación es la sexual, representando el 62% de los casos entre las mujeres, mientras que el trabajo forzoso y otros fines como la criminalidad forzada y la mendicidad abarcan el 22% y 16%, respectivamente.
Como se observa, la violencia afecta los derechos humanos de diversas formas, pero no se la puede combatir de la misma forma. No son necesarios más “bukeles” como mucha gente quisiera, o un análogo de la “doctrina de seguridad nacional” del siglo pasado, sino más institucionalidad en temas de seguridad, mayores presupuestos a las fuerzas policiales, políticas públicas en justicia, bajar los niveles de corrupción y realmente una voluntad política (no complicidad) de querer cambiar las cosas. Caso contrario, el llamado “México chico” se convertirá en grande y no sólo en Bolivia, sino en toda la región.
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