Las encuestas de tendencias de voto no son ni serán confiables; sin embargo, existe otro tipo de estudios como el Latinobarómetro y las investigaciones de Variedades de la Democracia, cuyos análisis sobre la calidad de la democracia confirman el debilitamiento político del Movimiento Al Socialismo (MAS): este partido ha ido perdiendo su hegemonía electoral los últimos cinco años. Entre el colapso económico que empezó en el año 2022, la corrupción estructural y el enfrentamiento fratricida que estimuló Evo Morales, junto con la división interna promovida desde el gobierno por Luis Arce, lo que alguna vez fue un proyecto de mayoría social, hoy aparece como una fuerza desintegrada y sin alternativas reales de recuperar el poder.
Pero que el MAS haya caído en desgracia no significa que haya desaparecido el pueblo que creyó en él y forjó una identidad política al lado del indio Evo. Millones de bolivianas y bolivianos —particularmente de las “clases bajas”— se sienten hoy huérfanos y sin representación, ni esperanza. Ese es el verdadero vacío que deja el “Estado Plurinacional”: un espacio simbólico y político que aún nadie se anima a ocupar con un nuevo proyecto político e, inclusive, hegemónico.
¿Pueden las fuerzas de oposición, que giran alrededor de Samuel Doria Medina o Jorge Quiroga, conectar con aquel electorado que ya no cree en Evo, pero tampoco en la política tradicional? ¿Ideológicamente, la oposición tiene algo que decir a quienes fueron utilizados como base electoral, pero nunca empoderados como ciudadanos, ni rescatados de la pobreza estructural?
No basta con decir “Evo se hundió”
El debilitamiento histórico del MAS abre una oportunidad histórica, pero también agiganta un desafío monumental. No basta con repetir que Evo Morales no deba volver al poder. Hay que ofrecer una alternativa creíble, viable, humana y políticamente transformadora. Samuel y Tuto tienen experiencia, pero lo que está en juego hoy, no es solamente la próxima gestión de gobierno: es el alma del país.
En el libro The Commanding Heights, el célebre análisis sobre las batallas ideológicas y económicas del siglo XX, se relata cómo los grandes giros transformadores que marcaron una época —como los de Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Tony Blair o incluso las reformas en América Latina bajo los liderazgos de Fernando Henrique Cardoso y Lula Da Silva en Brasil— fueron posibles cuando emergieron líderes fuertes que combinaron una convicción liberadora con sensibilidad social. No eran tecnócratas fríos, sino figuras con capacidad para comunicar la esperanza en medio de la crisis.
Jorge Quiroga representa un caso interesante. Mencionado en The Commanding Heights, como parte de la ola reformista latinoamericana, tuvo la lucidez (aunque discutida) de entender que los cambios estructurales eran inevitables y dolorosos. Hoy, sin embargo, ya no se trata únicamente de abrir mercados. Se trata de cerrar heridas, reconstruir confianza y dar dignidad al pueblo, después del desastre traído por el MAS entre 2006 y 2025.
El nuevo reformismo no puede ser elitista
Doria Medina, por su parte, tiene a su favor una trayectoria empresarial sólida, pero necesita desmarcarse del estigma de “candidato de los ricos”. El momento actual exige algo más que eficiencia: exige empatía. ¿Puede hablarle al joven de El Alto que busca su primer empleo? ¿Puede proponer soluciones reales al comerciante informal, al migrante del área rural, a la madre que sobrevive entre bonos y carencias? El nuevo liderazgo debe ofrecer reformas, sí, pero también redes de protección social y alternativas para escapar de la pobreza. Se necesita libertad con justicia social y la generación de empleos con calidad. Desarrollo con inclusión y lucha contra las desigualdades. No más populismo, pero tampoco una tecnocracia indolente.
Cuidado con el contraataque destructivo
Mientras tanto, Evo Morales no se resignará al ocaso. Su estrategia es clara: sabotear el país para volver como salvador e instigar la violencia. Promueve bloqueos, conflictos regionales y hasta la destrucción de ánforas y papeletas, convencido de que el caos lo favorece. Aquí, Samuel y Tuto deben ser firmes: denunciar sin miedo, defender la democracia y no caer en provocaciones. Liderar no es solamente proponer, también es resistir a los sabotajes que quieren impedir la realización de las elecciones presidenciales.
Lo que está en juego el 17 de agosto, no es una elección más, sino el reordenamiento profundo de la política boliviana y el Estado. Si Samuel y Tuto se animan a hablarle al pueblo profundo con la verdad, si promueven un frente amplio, si apuestan por liderazgos nuevos y representativos, aún pueden cumplir un papel histórico de unidad y cambio desde las bases mismas de la democracia.
Pero si se limitan a competir entre ellos por un puñado de votos urbanos, si no comprenden el duelo social que deja el colapso del MAS, también serán parte del pasado. El pueblo y la democracia bolivianos buscan líderes que no los usen, sino que los liberen. Y esa liberación —como nos recuerda el libro The Commanding Heights—, no empieza con promesas, sino con carácter pleno para avanzar hacia las transformaciones desde las calles, la justicia substantiva, los cambios institucionales, las reformas estatales y la apertura a nuevas maneras de hacer política desde la igualdad.
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