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Por Álvaro Valdivia Pareja para Ojo Público

Jueves 10 de junio de 2021.- Un suicidio es como una bomba atómica que explota y arrasa con todo lo que encuentra en su camino. Aunque normalmente al escuchar esta palabra pensamos sobre todo en la persona que se quitó la vida, el impacto emocional que suele tener en su entorno es sumamente profundo. Algunas investigaciones sugieren que por cada suicidio hay alrededor de 135 sobrevivientes que sufrirán esa pérdida. La cifra no sólo incluye a miembros de la familia y amigos cercanos, sino también a compañeros de clase, colegas del trabajo o simples conocidos. La noticia de un suicidio suele ser tan fuerte y traumática que irradia una onda expansiva impactando a muchas personas que no imaginamos.

Álvaro Valdivia Pareja es magíster en Salud Pública en la especialidad de Promoción de la Salud Mental y Prevención del Suicidio por el Karolinska Institutet de Estocolmo, Suecia. Es licenciado en Psicología por la Universidad de Lima, psicoterapeuta racional emotivo conductual y cognitivo por Psicotrec y psicoterapeuta avanzado por el Albert Ellis Institute de Nueva York. Se ha desempeñado como psicoterapeuta en la clínica Ricardo Palma. Es docente en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), donde obtuvo el premio Talento de Oro por su labor como docente en la facultad de Psicología y Talento Plata en la facultad de Comunicaciones.

Con esto en mente, tenemos que reconocer que el trabajo terapéutico alrededor del suicidio difícilmente termina con la muerte. Las personas que quedan en duelo por este suceso atraviesan una de las experiencias más complejas y devastadoras que existen. Se les llama sobrevivientes a pérdida por suicidio y necesitan una red de apoyo que los escuche y una contención emocional especializada. El problema es que la mayoría de las veces esconden su dolor porque sienten vergüenza o culpa por la manera en que perdieron a su ser querido. El estigma alrededor del suicidio los aísla en un momento en que necesitan con urgencia la compañía empática de los demás.

El suicidio es un fenómemo social muy dificil de comprender. Aunque las cifras demuestran que sucede más a menudo y más cerca de nosotros de lo que pensamos, sigue siendo una realidad a la que no sabemos cómo acercarnos. Incluso yo, cuando decidí ingresar al mundo de la Suicidología y Prevención del Suicidio, lo hice sin asimilar por completo en qué consistiría mi trabajo ni las razones detrás de mi elección.

Aunque ya había tenido experiencias con suicidio por parte de personas cercanas a mi, cuando decidí viajar a Suecia para estudiar un programa en Salud Pública, con especialidad en Prevención del Suicidio, lo hice desde un punto de vista muy racional y académico. No lograba conectar con mis experiencias personales ni mis emociones al respecto. Sé que puede sonar muy elemental, pero en ese momento me costaba asociar el suicidio con la muerte. Creo que durante mucho tiempo me escondí en este mecanismo que suelo explicar a mis pacientes: la evitación experiencial, esa manera que tenemos los seres humanos de bloquear los recuerdos que nos duelen demasiado para no sufrirlos otra vez. El suicidio me había marcado tanto que al ingresar a su mundo solo soportaba verlo como un objeto de estudio y no como lo que realmente es: la posibilidad de que alguien termine con su vida. No tiene lógica, pero el temor y el trauma suelen comportarse así.

Después de unos años trabajando en este campo finalmente tuve mi punto de quiebre. Una persona a quien quiero muchísimo me llamó en estado de desesperación: un familiar muy cercano había fallecido horas antes y el cuerpo aún se encontraba dentro de la casa. Ella necesitaba ayuda y pensó en mí para orientarla. Yo no recuerdo con exactitud lo que le dije pero sí lo que sentí: me congelé porque su experiencia me conectó inevitablemente con lo que yo mismo había vivido en el pasado. En ese momento me di cuenta de que no podía seguir trabajando en Suicidología si no miraba dentro de mí. Tenía que observar mis propias penas de frente, atreverme a experimentarlas, para poder ayudar a otros. Ahora sé que justamente esas experiencias son las que me impulsaron a traer la especialidad de Suicidología al Perú. Meterme de lleno al mundo de la prevención del suicidio fue la única manera de empezar a sanar mis propias pérdidas.

Cuando tenía diecisiete años, una persona a quien yo quiero muchísimo intentó quitarse la vida. Era el verano del 2000 y yo me encontraba en una reunión casual con unos amigos que desconocían el vínculo que tenía con esa persona. Ellos empezaron a comentar el intento de suicidio y a especular alrededor del mismo, pues no se sabía con seguridad si la persona había fallecido o no. Recuerdo claramente que me paralicé ante lo que escuchaba. No pude hablar. No pude preguntar. No pude expresar absolutamente nada. Tuve que regresar a casa en silencio, perdido en mis sentimientos y padeciendo una serie de síntomas físicos avasalladores.

Cinco días después supe que la persona no había fallecido. Si bien eso fue un alivio, mi malestar no desapareció pues el impacto de la noticia en mi vida ya estaba hecho. Yo no vi lo que sucedió el día que esta persona intentó terminar con su vida, pero cuando me enteré de que lo había hecho, lo imaginé. Hasta ahora esa imagen creada por mí se asoma en mi cabeza. Ese es el inicio del trauma: cuando te dan la noticia de que alguien que amas terminó con su vida o, peor aún, cuando encuentras el cuerpo.

Muchos sobrevivientes a pérdida por suicidio desarrollan un estado de shock automático ante la primera información que reciben. Por eso es realmente muy importante que el hecho se comunique de manera realista pero prudente. No existe manera de evitar que una noticia así impresione a quien la reciba, pero informarla con empatía y cautela puede amortiguar el golpe.

Una participante del grupo de apoyo en el duelo por suicidio que dirijo hace cuatro años, nos contó que cuando su papá murió y ella llegó al lugar (rodeado de medios de comunicación y personas curiosas, igual que cualquier película que podamos haber visto), el policía encargado le dijo que él había dejado una nota de despedida. Le ofreció dejar leer dicha nota, pero antes le pidió que coloque sus manos atrás de su espalda, que no llore ni deje caer saliva, pues la nota era evidencia que debía guardarse para las investigaciones. El policía colocó el papel sobre el capot del carro y no le permitió tocarla. Nunca se la devolvió. Todo esto ocurrió en ese primer momento, cuando el cuerpo de su papá, quien había decidido acabar con su vida, estaba aún dentro de la casa.

Comparto esta experiencia no para juzgar el trabajo de otros, sino para evidenciar la necesidad de aprender a verbalizar un hecho tan arrollador como un suicidio. En realidad, como mencioné al inicio de esta columna, sobre este tema aún hay mucho por aprender. Por ejemplo, puede ser útil saber que siempre que hay un fallecimiento por suicidio se tiene que realizar una investigación. Hay algunos homicidios que se reportan como suicidios y, por eso, la policía impide que se toque el cuerpo hasta que llegue un fiscal, ordene el levantamiento y, tras esto, suele seguir un proceso de autopsia.

¿Se imaginan no poder correr a sostener el cuerpo de alguien a quien amas? ¿Tener que cumplir con tantos procedimientos legales cuando te estás hundiendo en la espiral de tus emociones? Este primer momento suele ser brutalmente extremo y sobrepasa a cualquier persona. Muchas veces es tan lacerante que se graba en imágenes, olores o sonidos. Que eso suceda es absolutamente normal y existe terapia psicológica para ello.

“Aislarse nunca va a ser la mejor opción. Evitar la verdad, tampoco. Todo duelo trata precisamente de eso: de enfrentar la verdad con los ojos muy abiertos, de contemplarla cara a cara y relatarla sin miedo, sin complejos, en voz alta, porque las heridas de las que no podemos hablar se pudren por dentro hasta matarnos. Porque los secretos familiares, cuando son tan dolorosos, necesitan revelarse”.

Escritora Ana Izquierdo

El duelo por suicidio es un proceso complejo que tendrá su propia intensidad y su propio tiempo. Por eso, aunque dure años y produzca síntomas muy agudos, no debería catalogarse como un “duelo patológico”. Lamentablemente, la gran mayoría de teorías psicológicas y manuales de psiquiatría señalan que solo es natural sufrir la muerte de alguien por un tiempo determinado, en muchos casos establecen seis meses. Después de ese período a tu tristeza la pueden considerar una patología que necesita tratamiento. No me parece ético, ni justo, ni profesional que se pretenda forzar una teoría o un diagnóstico a una persona que ha perdido a alguien, sea por la razón que sea. El duelo es un proceso muy personal, que amerita respeto, cuidado especializado y apoyo. Lo que menos necesita alguien que sufre una ausencia es que le coloquen una etiqueta o patologicen su dolor.

Los sobrevivientes a pérdida por suicidio necesitan mucho apoyo desde un inicio. Más allá de aturdirlos con palabras, podríamos hacernos disponibles para cuestiones prácticas como ayudarlos con los trámites de la morgue, el velatorio, el entierro o cremación. Además es sumamente importante que no nos apresuremos ni los presionemos para compartir lo que ha sucedido. Muchas personas cuyos seres queridos se quitan la vida deciden dar otra versión sobre la causa de muerte, ya que piensan que no podrán lidiar con lo que ha pasado y sienten que tendrán que dar explicaciones.

El hecho de respetar los sentimientos ajenos no significa que sea saludable ocultar un suicidio. Tenemos que conversar sobre este tema, pero desde la compasión y el entendimiento. Un gran motivo por el que los familiares tienden a esconder la verdad del suceso es porque todavía vivimos sumidos en una sociedad que estigmatiza el suicidio y, sin pretenderlo, generamos un sentimiento de culpa y vergüenza en quienes atraviesan esta tragedia. Crear un espacio seguro para que ellos compartan su dolor puede sentar las bases para su recuperación emocional. Es lo que intentamos hacer en el grupo de apoyo en el duelo por suicidio, a donde suelen acudir personas que no se sienten validadas ni acompañadas en otros espacios. Por eso hay una frase que siempre se repite en esas sesiones: “Solo aquí me siento comprendido”.

Y tener un grupo que te sepa escuchar no es poca cosa. Poder nombrar en voz alta la más profunda de nuestras penas puede salvarnos la vida. Se calcula que casi el 50% de personas que pierden a un ser querido por suicidio experimenta el mismo deseo durante su duelo. En su libro El hijo que perdí, la escritora Ana Izquierdo cuenta lo que sucedió luego de que Renzo, a los 27 años, acabara con su vida. En un inicio, la familia acordó decir que tuvo un infarto pero al escribir el libro, la autora decide contar lo que realmente sucedió.

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