Por Steffen Heinzelmann* //
Existe un dilema para numerosas organizaciones de la sociedad civil: ¿Deben estar activas en las redes sociales comerciales más utilizadas y, de ser así, de qué manera? ¿Deberían utilizar plataformas como Instagram, TikTok o YouTube para informar sobre sus temas y luchas, alcanzando así al mayor número posible de personas? O, al hacerlo, ¿están apoyando al mismo tiempo los sistemas que contradicen la privacidad y la seguridad digital?
El potencial de las redes sociales
Las redes sociales pueden ofrecer un acceso fácil a la participación política, permitiendo que las organizaciones lleguen a las audiencias donde pasan gran parte de su tiempo diario: en las redes sociales. Estas plataformas ofrecen una visibilidad que antes solo era posible a través de los filtros de los medios tradicionales. Permiten compartir contenidos, incluso en tiempo real, facilitando la difusión de mensajes importantes. Movimientos sociales previamente marginados han ganado visibilidad gracias a estas plataformas. Colectivos feministas, activistas medioambientales y pueblos indígenas lograron abrir nuevos espacios y llegar a más personas de esta manera.
Por lo tanto, las redes sociales también permiten una mayor diversidad de representación y perspectivas, de artes y formas de acción. Pueden trascencer las fronteras locales, apoyar un sentido de solidaridad y generar participación y movilización. Sin embargo, ese potencial viene acompañado de desafíos significativos.
La ilusión del alcance
La realidad de la visibilidad en redes sociales a menudo es distinta de las expectativas. Una "ilusión del alcance" se manifiesta en la limitada eficacia de los algoritmos que controlan qué contenido se muestra a los usuarios. Para ver una publicación en una plataforma, los usuarios deben tener acceso a un celular o computadora, una aplicación y, a menudo, una cuenta personal. Además, la visibilidad de un mensaje depende de los algoritmos, que favorecen contenidos con alto potencial de interacción.
Las redes sociales no son neutrales: optimizan sus contenidos para mantener a los usuarios en la plataforma el mayor tiempo posible, para lograr el scroll y las interacciones como los likes. Esta dinámica tiende a beneficiar contenidos polarizantes y cargados emocionalmente, mientras que argumentos más matizados suelen quedar en segundo plano. Para las organizaciones y colectivos de la sociedad civil, esto implica que el alcance es incierto y su distribución frecuentemente injusta. Por eso, varias organizaciones se ven forzadas a compartir sus mensajes en entornos que cuestionan sus valores fundamentales.
Un punto de inflexión
La adquisición de Twitter por Elon Musk con su posterior renombramiento a X marcó un punto de inflexión para diversos actores de la sociedad civil. La relajación en la moderación de contenido ha permitido que el discurso del odio y la desinformación adquieran más protagonismo, convirtiendo el entorno digital en un espacio inseguro para activistas y activismos. Además, publicaciones políticas y cuentas de activistas han sido bloqueadas o eliminadas por Facebook y YouTube, intensificando las críticas hacia las plataformas comerciales.
Los peligros en estos entornos son múltiples: la desinformación y el discurso de odio son solo dos de los desafíos que enfrentan no solo los activistas, sino también la sociedad en general. La privacidad también está en juego, ya que los usuarios proporcionan datos a las empresas detrás de las redes sociales. Quienes participan en estas plataformas aceptan modelos de negocio basados en la vigilancia y el seguimiento, lo cual complica aún más la situación para los actores políticos.
Vías de comunicación alternativas
Ante estos desafíos, organizaciones de la sociedad civil y usuarios de redes sociales se enfrentan a preguntas fundamentales: ¿Cómo defender temas como los derechos humanos o la autonomía, mientras se llega a un público amplio y se participa en debates sociales?
Existen varias alternativas viables para la estrategia de activismo digital. Primero, plataformas descentralizadas y respetuosas de la privacidad, como Mastodon en el Fediverse, ofrecen espacios independientes del control de grandes empresas, aunque con un número de usuarios menor. Segundo, servicios de mensajería como Signal – como alternativa a redes sociales y también al messenger WhatsApp –, permiten una comunicación segura y directa. Tercero, las webs y boletines informativos ofrecen canales estables e independientes para contenido que no está sujeto a algoritmos.
El constante equilibrio entre el alcance y la integridad se convierte en un reto creciente para organizaciones y colectivos de la socied civil. El desafío radica en mantener la visibilidad sin perderse en un sistema que contradice sus principios. Es crucial aprovechar las ventajas de las redes sociales —llegar a un público amplio, realizar educación política y visibilizar temas urgentes— sin depender completamente de las estructuras comerciales. La búsqueda de un equilibrio entre la visibilidad y la ética es esencial para avanzar en la defensa de los derechos digitales y la justicia social.
*Cooperante de la Fundación InternetBolivia.org
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