No hay una estadística nacional unificada sobre la deserción universitaria en Bolivia. Los datos son dispersos y provienen de estudios específicos por institución o región. Los jóvenes bolivianos reciben una educación escolar que con frecuencia les impide conocer sus habilidades y vocación. No todos tienen la certeza de escoger una carrera adecuada, por ello suelen abandonarla, repetir materias por años, cambiarse a otra o terminar una profesión sin disfrutarlo. En todos los casos, eso significará retraso en la titulación y dificultades para encontrar un espacio laboral que sea grato para desarrollarse profesionalmente. Si a ello se suman las dificultades económicas del país y la falta de empleo, pensar en el mañana se ensombrece más.
Si tuviéramos todas las respuestas y conociéramos el camino no estaríamos vivos y la humanidad no habría avanzado gracias a la ciencia, a nuestro medio ambiente y a la capacidad del ser humano.
Con frecuencia pensar en el mañana suele asumirse como un camino incierto en el que tememos fallar. La incertidumbre puede llevarnos a precipitarnos o a quedar congelados antes de tomar una decisión. El miedo suele ser un poderoso sentimiento que amedrenta nuestra autoestima y hace procrastinar nuestras decisiones.
Nuestro ego no acepta que puede equivocarse, con frecuencia le falta humildad para reconocer nuestra imperfección y suele no ser grato hacerlo; aunque sea parte de la madurez necesaria para tomar decisiones sensatas.
Tener la cabeza en su lugar para conocer nuestras habilidades y limitaciones suele ser el primer paso, pero para ello se debe cometer errores, hablar con personas que tengan esa profesión, conocer el terreno, las condiciones y dificultades de ese trabajo.
Quienes tienen la fortuna de disfrutar de su trabajo son personas más realizadas y felices. Son propositivas y creativas, ascienden, aportan, emprenden y crean con más frecuencia que otras personas atascadas en un trabajo y en una vida que no disfrutan. Por eso es importante estudiar y aprender sobre lo que nos interesa. Para lograr esa meta, los padres, madres, maestros y docentes universitarios tienen la misión de guiarles, no de imponerles sus ideas, sino dejarles soñar en otras posibilidades, las del hoy y las del mañana sobre las que nosotros sólo tenemos alguna idea. Motivemos, seamos comprensivos y tolerantes con ellas y ellos.
Parece un detalle menor, pero el rendimiento académico depende del factor motivacional. Los jóvenes hoy perciben la falta de empleo y los problemas sociales de nuestro país, eso los desanima y mucho. En la sociedad líquida en que vivimos, lo efímero e instantáneo se prioriza, de modo que, ¿para qué sacrificarse?, ¿para qué esperar los beneficios del esfuerzo?
El estudio de Párraga (2020, p. 33) titulado “Análisis de las causas de deserción universitaria en la carrera de Administración de Empresas de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA)" plantea que “el análisis correlacional ha detectado que si bien los universitarios no tienen problemas económicos que eviten que estudien, ni problemas familiares, la motivación personal para pasar clases y aprobar depende también de la motivación del docente que imparte las clases. Esto se ve reflejado en el rendimiento académico de las diferentes materias en los distintos semestres, que muestran que el primer y tercer año de carrera son los que tienen mayores índices de deserción”.
La investigación de Andrea Alemán y Camilo Kunstek titulada “Causas de deserción estudiantil universitaria en tiempos de pandemia en la Universidad Católica Boliviana” (2024) evidenció cinco causas para la deserción de estudiantes durante la pandemia el año 2020, ellas son: familiares, económicas, acceso a recursos tecnológicos y conectividad, clases en modalidad remota emergente, rendimiento académico y motivos personales. La frustración generada por la cuarentena afectó emocionalmente al alumnado, llevándolo a dejar sus estudios. Esa situación demanda, según Alemán y Kunstek, la necesidad de profundizar “una mirada cualitativa en la reflexión sobre deserción con investigaciones que reconstruyen las historias de vida de las y los estudiantes, reconociendo su voz en la construcción de políticas de reducción de deserción estudiantil universitaria”.
Sotomayor (2015) en “El abandono en aulas universitarias y sus causas en la carrera Ciencias de la Comunicación Social de la UMSA” identificó que entre las causas del abandono de estudios están: las condiciones socio-económicas desfavorables (22%), la errada elección de carrera y la falta de didáctica del docente. Otros estudiantes manifestaron que existe mucho volumen de estudios, lo que revela una falta de adaptación a la educación universitaria (p. 85).
Otro estudio de Poveda (2019) sobre los estudiantes de la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca en Sucre constató que los factores de deserción son: salud, economía, social, académico, familiar y motivacional. En lo académico los estudiantes no se sienten al nivel de sus compañeros o las asignaturas le resultan difíciles por haber tenido una inadecuada formación escolar; en lo económico con frecuencia deben estudiar y trabajar o trabajar por temporadas y dejar los estudios para dar apoyo a sus familias o autosostenerse. Por otro lado, los factores familiares suelen estar asociados a problemas familiares o ser padres o madres; lo motivacional se relaciona con los problemas asociados a la violencia (sentirse acosado por docentes o compañeros/as). Finalmente, las condiciones de salud suelen verse asociadas a problemas de alimentación y enfermedades suyas o de familiares cercanos; y lo social se asocia al acceso a la universidad (por ejemplo, en áreas rurales), la distancia y costo de transporte y la discriminación por género, origen étnico o de clase que el estudiante pueda sufrir.
Ante el diagnóstico de esos estudios, es importante mencionar que es necesaria una auditoría educativa regular a nivel universitario que haga seguimiento al rendimiento académico, a los niveles de titulación, el tipo de modalidades de titulación de los estudiantes, pero también a la producción académica y científica de cada carrera. No sólo deben actualizarse cada cinco años las mallas curriculares, sino que debe evaluarse el rendimiento académico, la calidad de enseñanza y preparación de los docentes y el perfil de ingreso de los estudiantes a la universidad.
El estudio de la Fundación Aru (2025) afirma que “la participación juvenil puede mejorar la legitimidad y la eficacia de las políticas, a la vez que aprovecha su potencial creativo para abordar desafíos sociales complejos”. En ese sentido, ante la falta de mecanismos que promuevan la participación significativa de los jóvenes en los debates políticos, la Fundación Aru sugiere invertir en programas que desarrollen el liderazgo juvenil y el pensamiento crítico; y fomentar la colaboración entre gobiernos, ONG y organizaciones juveniles.
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