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Por Rafael Sagárnaga López //

La temperatura, agravada por los incendios a cada paso más cercanos, superaba los 35 grados centígrados. Aquel 23 de septiembre de 2024, las cenizas, que caían como si fueran una nevada, empezaban a opacarse con humaredas negras y lluvias de hollín. Lideradas por las melodías de una tamborita, unas 300 personas marchaban por un camino de tierra anaranjada, rodeado de densa vegetación. Huérfanos de ayuda, los campesinos del Territorio Comunitario de Origen (TCO) Monte Verde habían decidido “ir a apagar los fuegos; aunque sea con nuestras propias manos”.

Fue una de esas imágenes que no se borrarán de mi memoria. Tres periodistas, algunos miembros de una ONG y voluntarios de organizaciones como AUR, Árbol y Alas Chiquitanas fuimos testigos de aquella marcha allí en lo profundo del monte. Era la protesta final, con tonos virtualmente suicidas. Desde hacía tres días, tres líneas de fuego, de más de 10 kilómetros de largo y decenas de metros de alto, habían rodeado la zona.

“Estamos (amenazados por) dos incendios explicaba días antes el subgobernador de la provincia Ñuflo Chávez, Carlos Yabeta. Uno viene de Ascensión de Guarayos y otro viene de San Ignacio de Velasco. Sumamos el incendio de Concepción que tiene la posibilidad de unirse en la TCO Monte Verde, es un incendio exageradamente grande. El Gobierno tiene que apoyar a toda la Chiquitanía porque el departamento arde”.

Los extremos de cada súper llamarada confluían cada vez con más intensidad y ya formaban un arco.  Amenazaban con cerrarse y quemar todo, y ya habían empezado a devorar sembradíos de cacao, copaibo y café. Desde que se advirtió la amenaza, los comunarios habían ido a la ciudad de Concepción a pedir ayuda. La travesía hasta la capital chiquitana tardaba más de cuatro horas en camionetas alquiladas, pero ni así se podía salir del hongo asfixiante. El fuego era tan intenso que Concepción estaba totalmente cubierta por humo blanco y las “nevadas” de cenizas.

Sin embargo, pese a la alarma generada, las autoridades apenas ofrecían algo de albergue y avisaban que habían pedido ayuda a sus superiores en Santa Cruz. A Concepción habían llegado algunas decenas de policías y conscriptos que, en general, carecían de equipos. Pasaban el tiempo más concentrados en los albergues que en las zonas de los incendios. Dos días antes de la marcha también arribaron 30 bomberos voluntarios españoles y fueron a ver el arco de fuego que amenazaba a Monte Verde. Resultaron prácticamente la única ayuda efectiva, pero volvieron agotados y marcados por el pesimismo.

Megaincendios

“Si no llega ayuda de alto nivel ya, esto se puede convertir en un incendio de quinta o sexta generación", explicó uno de ellos. "Hacen falta uno o dos aviones tanqueros, cientos de bomberos bien equipados y mucho apoyo con cadenas de aprovisionamiento. Si se vuelve de quinta o sexta generación el incendio sólo quedan dos salidas: o cae una tormenta durante varios días seguidos o se quema todo lo que pueda quemarse para que se acabe el fuego por inanición”.

El pesimismo era mayor porque este grupo de bomberos llegó a Bolivia trayendo tres lotes de equipos de última tecnología: uno para su propio uso, otro para los grupos de militares movilizados y otro para entregarlo a los pobladores de la zona elegida para intervenir. En Aduana les dijeron que sólo podían pasar los equipos de uso individual. Las autoridades les garantizaron que se encargarían de distribuir los otros lotes a los militares y los comunarios. Pero aquellos equipos también se hicieron humo, hasta hoy.

Dos días antes de la marcha, en Monte Verde el fuego avanzaba, en Concepción y Santa Cruz los dirigentes de los comunarios buscaban desesperadamente ayuda. No había respuestas ni de la Gobernación cruceña ni del Gobierno Nacional. Ninguna dirigencia cívica o empresarial, de esas que gritan su “amor a mi tierra”, de esas que desatan grandes cabildos o paros, ninguna aparecía. Y entonces se llamó a una gran reunión de dirigentes de Monte Verde y otras organizaciones afines para decidir qué hacer.

El 21 de septiembre, contradictorio “Día de la Primavera”, una voz recibió apoyo unánime: “Vayamos a apagar, aunque sea con nuestras propias manos, el fuego. Si nadie nos ayuda, luchemos nosotros hasta donde den nuestras fuerzas”. Otra voz sugirió: “Hagamos antes una marcha de los comunarios desde Puerto San Pedro hasta Monteverde (ubicado a 7 kilómetros), que conste nuestra protesta. Que se sepa hasta en la plaza Murillo de nuestro abandono”.

Luego, durante más de una hora, se reflexionó sobre la desigualdad en la que viven los campesinos. La presión y los abusos de los bancos a la hora de cobrarles los créditos, sin que importe si los incendios los dejaron sin recursos. Las dificultades para conseguir transporte o combustibles para trasladar sus productos, a diferencia de las gangas que tienen los agroindustriales. Los insufribles problemas judiciales a la hora de zanjar la propiedad de unas cuantas hectáreas frente a las mañas y violencia de poderosos latifundistas…

Todo aquello impulsó más la marcha hacia los fuegos y un escueto pronunciamiento/ convocatoria que fue publicado en redes y comunicado a los periodistas:


“Ante la indolencia, incapacidad e inacción de diferentes instancias de gobierno, nos autoconvocamos a una Marcha Indígena Territorial, cansados y cansadas de respirar el humo que unos cuantos han provocado quemando nuestro territorio, cansados y cansadas de ver morir animales, árboles y todo el bosque, hasta hoy son más de 300.000 hectáreas quemadas y EXIGIMOS QUE SE DECLARA DESASTRE NACIONAL PARA RECIBIR AYUDA INTERNACIONAL. Nos declaramos en movilización porque los incendios no han parado, siguen apareciendo nuevos focos de incendios, por esa razón marcharemos hasta que paren los incendios y convocamos a la unidad de las comunidades para detener el desastre”.


Decisión suicida


Aquella tarde se anunció oficialmente la decisión a las autoridades y medios. “Comunarios advierten con enfrentar el fuego con sus propias manos en la Chiquitanía”, anunció RTP. “En Monte Verde, indígenas quieren enfrentar solos el fuego que les rodea”, replicó Fides. Titulares semejantes empezaron a lanzarse en diversos medios. Y el 23 de septiembre, a las 04.00, un camión destartalado partió hacia Puerto San Pedro llevando a voluntarios, dirigentes y periodistas.

En Puerto San Pedro, los campesinos pidieron a los voluntarios, periodistas e incluso al personal de la ONG que los dejen reunirse a solas durante unos minutos. Simultáneamente llegaban los comunarios convocados con pancartas y banderas. Los voluntarios (cerca de 10, entre ellos, dos argentinos y dos chilenos) ensayaban estribillos y se los enseñaban a los niños y jóvenes. Los miembros de la ONG aportaban repartiendo generosamente bolsas de agua para paliar los efectos del calor y un aire impregnado de humo y hollín. Y cerca de las 10.00, los hombres, mujeres, ancianos y niños de Monte Verde (varios de ellos descalzos) iniciaron su marcha de protesta hacia las llamaradas.      

Entre tamborita y silencios se gritaron algunos estribillos. “Ni soya, ni coca, el bosque no se toca…”. “Soyeros criminales sólo salen en carnavales…”. “A ver, a ver, movete Catacora, se queman nuestros bosques y tú te rascas las bolas…".

Ninguna de las grandes cadenas de medios pudo llegar a tiempo. Los intentos para tener contactos “en vivo” fracasaron por una señal de internet que cayó también afectada por los efectos de los fuegos. A 400 kilómetros de Santa Cruz, a 8 horas de viaje, en medio del monte aquellos marchistas, casi solitarios, reclamaban algo elementalmente humano: que dejen de incendiarles sus tierras y que les ayuden a salvar los medios de su sustento. La respuesta era el crepitar de los troncos ardientes y, de cuando en cuando, algún movimiento de tierra o piedras que se deslizaban.

Al mediodía, la llegada al municipio de Monte Verde (que da nombre a la TCO) implicaba la llegada de la hora de una nueva reunión. En la cancha del pueblo, se supo que hacia el norte el fuego estaba más cerca. Cuatro comunarios, de esos que pasaban peleando contra el fuego hasta tres días sin dormir para luego ser relevados, vigilaban aquel sector. Entre la tensión y la organización de un frugal almuerzo comunitario, empezó la reunión donde diversas voces entremezclaban propuestas y quejas.    

Llega el “avión hidrante”

De pronto, aparecieron camionetas con algunos bomberos de la Gobernación cruceña y alguien con aires de autoridad que no quiso dar su nombre. Uno de los bomberos recién llegados informó que vendría más ayuda. Cuando se le preguntó por qué eran sólo unos pocos respondió: “Hemos venido a marcar primero las coordenadas para que el avión hidrante se guíe”. Media hora más tarde se escuchó el sobrevuelo de un avión que pasó dos o tres veces muy cerca de la zona.

Alrededor de las 14.00, los mismos bomberos alertaron de que el fuego estaba mucho más cerca. Pidieron que las personas que no eran bomberas o comunarias aptas tomen sus precauciones y retornen a zonas más seguras. La marcha hacia los fuegos parecía haber tenido éxito. La ayuda parecía haber llegado.

El hidrante no volvió. Tampoco llegaron más bomberos. La lucha contra los fuegos fue encarada, como siempre, básicamente por comunarios y voluntarios. Y si alguien cooperó y evitó un desastre mayúsculo esa fue la naturaleza cuyos vientos y algunas lluvias desviaron el efecto más temido de las líneas de incendio. Sin embargo, dos días más tarde, los fuegos quemaron varias casas y la mayoría de las plantaciones y dejaron con graves problemas a los pobladores de Monte Verde.

El desastre

Según datos del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (Cejis), Monte Verde fue uno de los territorios indígenas más afectados por los incendios de 2024. Un total de 807.243 hectáreas resultaron quemadas, esto representa el 85 por ciento de su extensión total. Más del 97 por ciento de esa área corresponde a cobertura boscosa.

Un reportaje de la Agencia de Noticias Fides (ANF), publicado en diciembre de 2024, titulado “Cicatrices de fuego: seis comunidades de la TCO Monte Verde enfrentan pérdidas y migración”, describe detalladamente la actual tragedia. En la investigación, realizada por Karem Mendoza y Eliana Uchani, se cita cómo familias enteras abandonaron la zona. En otros casos, los varones, incluso los más jóvenes, dejaron los chacos y se fueron a trabajar a Concepción, a Santa Cruz e incluso a Chile. Mientras mujeres niños y ancianos realizaban agricultura de subsistencia y reconstruían a tientas lo que el fuego destruyó.  

Historias iguales o peores sucedieron en Ñembi Guazu, Urubichá, Tucabaca y cientos de comunidades del oriente durante el mayor ecocidio de la historia boliviana: la quema intencional de más de 12 millones de hectáreas coordinada entre autoridades del gobierno de entonces, movimientos sociales y el empresariado agroindustrial. Quema respaldada incluso por grotescas leyes y una no menos grotesca bancada que unía a representantes de todos los sectores políticos en la Asamblea Plurinacional.  

Aquel desastre inspiró ciertos discursos antiincendiarios, ecologistas y medianamente “verdes” por parte de los candidatos a la presidencia y hoy autoridades en ejercicio. Sin embargo, para mayúscula sorpresa, tras, primero, un público pacto con la agroindustria, el presidente Rodrigo Paz nombró como ministros a dos de los varias veces mayores representantes del agroempresariado: Oscar Justiniano y Fernando Romero.

Peor aún, les dio precisamente autoridad sobre las materias medioambiental y productiva. Para colmo, a uno de ellos, el Ministro Oscar Justiniano, se le ha acusado de tener sólidos vínculos con Marcelo Arce Mosqueira, el polémico hijo del expresidente Luis Arce Catacora. Eso sólo como botón porque personajes ligados a la banca, la agroindustria y el anterior gobierno del Movimiento Al Socialismo, en suma, el eje incendiario y ecocida empezaron a aparecer cerca de los nuevos gobernantes.  

¿Se repetirá el drama de Monte Verde en el futuro? ¿Volveremos los bolivianos a ser empujados a límites de suicidio colectivo ante el abandono y las traiciones? ¿Qué características tendrá el cumplimiento de las promesas “verdes” del ministro Justiniano y el presidente Paz? ¿Habrá la peregrina posibilidad de que comprendan que ni transgénicos ni ganadería traen prosperidad y salud a los pueblos, sino todo lo contrario?

Que les pregunten entonces a los otrora agricultores, luego bomberos y hoy emigrantes de Monte Verde y otras regiones afectadas por este “modelo de desarrollo”.

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