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Me encuentro en la calle con mi querido amigo Antonio Coco Mayorga, con quien me unen décadas de vivencias, de músicas, de ires y venires por la vida, pero, sobre todo, de amistad y mutuo afecto. Es una de las cosas hermosas de la vida: saber que los amigos son amigos y que existen, en los regalos puros que son los reencuentros. Saber que los tenemos, que el pasar del tiempo es como un mosto que fermenta de experiencias compartidas llenas de recuerdos, de profundidad, de caminos nuevos.

De entre muchos acaecimientos compartidos,  recuerdo con especial cariño la inolvidable revista que Coco editaba, a principios de este siglo, titulada con el bello palíndromo de Atar a la Rata. Fue una de las mejores revistas literarias, o mejor puedo decir: artísticas, de Bolivia, porque iba mucho más allá de la literatura: su cuidadísima y hermosa edición, el gusto que Coco le ponía a cada página, la selección de cada texto, la composición de las páginas entre tipos de letras e imágenes, las fotografías y obras de arte que allí aparecían, en fin, el resultado final, hacía que Atar a la Rata casi no tuviera parangón en las publicaciones periódicas bolivianas. Máxime si, como tantas empresas culturales –y sigo aquí la primera acepción de la palabra empresa que nos regala el DLE: “Acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo”, o la cuarta: “intento o designio de hacer algo”— una revista cultural siempre se enfrenta al grave problema de su propia sobrevivencia, porque las revistas cuestan y pocas veces resisten al primer número, quizás los primeros. Pero Atar a la Rata lo logró, y entiendo que hay muchos otros amigos que las buscan como pequeños tesoros a atesorar en sus bibliotecas personales.

Por la alegría de encontrarme con Coco, y mucho más al saber que ahora continúa con su destino y talento de editor, esta vez ya con Atar a la Rata como editorial, y ante el tan anhelado deseo mío de publicar poesía y otras cosas literarias que espero lograr justamente en La rata editorial, les comparto aquí el breve ensayo poético que publiqué en La Rata (como la solíamos llamar con aprecio), allá para octubre o noviembre de 2004. Sin saber esa vez mi inconsciente deuda con Julio Cortázar (a quien siempre amamos), quien ya había escrito, a su manera, una historia a partir del palíndromo que desata (¿o ata?) imágenes surrealistas de una rata atada, entonces yo escribí para La rata y para Coco esta especie de manual de urbanidad (un tanto estrafalario) llamado “Estilos y maneras de atar a la rata”.

Con cariño para Coco, aprovechando que, ahora, otros entrañables amigos, Amparo Canedo y Carlos Tellería, de aquí, la Guardiana — y ahora que lo pienso, ¿tendrán algún vínculo palindrómico, inverso, espejado, una guardiana con una rata atada, o desatada?, ¿guardará la guardiana que la rata no se desate?— me brindan este espacio para expresarme que intitulé en 2019 como País de Magonia, les comparto el texto original, publicado en La ratita, allá en 2004, cuando me mal entretuve en idear estos “estilos y maneras”. Ahí se los dejo.

Estilos y maneras de atar a la rata (2004)

Hay mil formas de atar a la rata. Aquí tenemos las más usuales, aquéllas por las cuales siglos de tradición han posibilitado la creación de un corpus académico y un patrimonio imponente, aquellas lecciones aprendidas por ensayo y error después de que todos los practicantes han sido, invariablemente, mordidos por la rata.

La primera forma consiste en matar a la rata. Si bien esto implica conseguirse una buena escoba, tiene la ventaja de que, una vez muerta, la rata se deja atar con toda facilidad, sin oponer resistencia. Incluso podría decirse, la rata se deja, con un cierto rictus de complacencia.

Pero la idea es que la rata no esté muerta después de atada, porque si no, ¿para qué se la ata? Por eso es mejor doparla. Luego de hacerla venir con engaños y ofrecerle que huela un pañuelito untado en cloroformo, la rata tambalea, trastrabilla, y entonces es posible atarla una vez que se queda quieta. Se despierta con la sorpresa de estar atada a pesar de todas sus argucias para impedir ser amarrada. Se da cuenta de que ya no puede hacer nada, y a veces sólo atina a suspirar y se queda tiesa.

A veces, cuando estamos ante una rata fuerte, pendenciera, se necesita más de uno para atarla. Uno la coge de la cola, con las dos manos; otro, del centro del cuerpo, y un tercero, deberá sujetarla del hocico. Tarea nada fácil, por lo cual antes habrá que ponerle un bozal, para que no de la vuelta y te muerda. Con este forcejeo, un cuarto voluntario habrá de liar la cuerda alrededor de la rata, cuidando eso sí de no dejar atados los dedos, ni pedazos de las manos de aquellos que tan gentilmente se ofrecen a sujetar a la rata.

Otro sistema, de amplia tradición en el Nuevo Mundo, consiste en marear a la rata. Esto se consigue fácilmente llevándola a clases de docentes titulares, haciéndola partícipe de asambleas, cabildos y sesiones de consejos, llevándola al parlamento, haciéndole leer revistas literarias, pasquines, fanzines y demás ines, entrevistándola por televisión en programas de análisis político, ordenándole que elabore planes anuales, proyectos, cuadros lógicos, estadísticas, encuestas y muchas otras técnicas de mareo para decir cosas fáciles y casi siempre, inútiles. Es muy probable que después de esta terapia intensiva, la rata quiera y hasta implore atarse sola. Todo lo cual redunda en un hermoso espectáculo, al cual se puede invitar a los niños para solaz de sus almas.

Un método que nunca falla es el de hipnotizar a la rata, e incluso hipnotizar a la cuerda para que ate, solita, a su –a estas alturas— estimada rata.  Un buen músico hindú ayuda mucho para este cometido, un encantador de cobras, un encantador de cuerdas. En Bolivia se trata de un encantador de ratas, que no es lo mismo que el flautista de Hamelin, quien de hecho no las ataba, sino las desataba. Este papel lo cumplen holgadamente los dirigentes políticos en las marchas y manifestaciones, pero no saben qué hacer cuando hay que atar a los manifestantes, que no son, por cierto, ratas. Está claro que militares, policías y comunarios desempeñarían bien este rol, atando y torturando ratas por montón, una vez que los dirigentes y las seducciones del poder las hayan hipnotizado. Método complejo, de varias etapas, a veces de años de proceso hipnótico, pero de efectos garantizados por cuanto se ha probado en experimentos con seres humanos.

Un método que no debería fallar es el de hacer engordar a la rata con suculentas comidas cochabambinas. Claro, porque la rata difícilmente se niega a ser alimentada con tanto esmero (¿acaso nos negaríamos nosotros?) y comienza la campaña de engorde. Esto qué tiene que ver, se preguntarán. Muchísimo. Porque a la rata gorda y visceral, decadente y adiposa, en acto seguido, se le inoculan los valores neoliberales del cuerpo esbelto, lustrado y musculoso, lleno de fibra y de carne magra de las revistas y los programas de televisión. Al acomplejarse por su triste apariencia, por su alejamiento del tipo de cuerpo adecuado a la moral del éxito, la pobre rata gruesa se siente fracasada, y entonces es presa fácil de todo tipo de dietas y de inventos para enflaquecer y lograr una línea envidiable. Entonces usted la convence del método de la cuerda...la rata llama ya, se lleva el kit completo con promoción incluida (video gratis para atarse bien) y no hay más qué hacer, la rata se ata, incluso se faja, se aprieta, se anuda y se aplasta, hasta que sólo queda un revoltijo de rata con madera.

También puede aplicarse la técnica del insulto, la maledicencia y la panfletería. Se han visto casos de ratas atadas por mano propia en los caminos vecinales y los cerritos abandonados de las ciudades, en los oscuros rincones donde el hampa acecha y las ratas pululan, gracias a que ciertas ratas sintieron herido su honor y se pusieron la cuerda en el cuello. Las ratas actúan así, llevadas por su nobleza y su pundonor deportivo. No puede decirse lo mismo, claro, de dirigentes, abogados, funcionarios, gerentes, ministros, rectores y directores, hasta presidentes caraduras que no atan y más bien desatan las malas lenguas con sus actuaciones públicas y privadas. Privadas de moral. Las humildes ratas viven dignamente, se comen los desechos y los miles de toneladas de comida desperdiciada que estos señores fabrican; pero no aguantan que las vilipendien, así que solitas se atan y estiran la pata.

Por último, y para no cansar al amable lector que tiene un nudo en la garganta, se pueden atar ratas pidiéndoles que disfruten de nuestros juegos de palabras. Atar a la rata es un buen ejemplo, para empezar; no hay rata adecuada para perder el tiempo así, y van y en gran comisión deciden comprarse la cuerda, unas la jalan, otras la enredan; otra dirige la empresa, otra grita, otra coordina y todas juntas se enredan, para que al final quede un hermoso fardo de ratas bien atadas y bien unidas por un hermoso lazo,  bulto el cual puede ser depositado en las oficinas de cualquier publicación especializada en textos como éste que a las personas serias les den mucha rabia y a los niños pequeños les causen mucha risa.

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