Como parte de las campañas electorales para las próximas elecciones nacionales del 17 de agosto, ha subido el tono de las publicaciones en redes sociales. Empezó con la guerra sucia hacia algunos candidatos y la tensión fue subiendo hasta convertirse en discursos de odio, en especial durante la inhabilitación del expresidente Evo Morales, los bloqueos que instruyó y el desborde con violencia en Llallagua (Potosí).
La Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (2016) del Consejo de Europa ha definido el discurso de odio como la promoción o instigación hacia el odio, la humillación o el menosprecio de una persona o grupo de personas, así como el acoso, descrédito, difusión de estereotipos negativos o estigmatización o amenaza con respecto a dicha persona o grupo de personas y la justificación de esas manifestaciones.
El discurso del odio en contextos políticos se expresa a través de palabras agresivas y de desprecio que terminan polarizando a los votantes o seguidores y debilita el sistema democrático.
Pero más allá de esas definiciones, la gravedad de los discursos de odio se mide en sus consecuencias. En Bolivia, la difusión viral de discursos de odio y desinformación en los últimos procesos electorales en 2019 y 2020 socavaron la confianza de la población en las instituciones democráticas y generaron polarización político-ideológica. En ese contexto, se produjo la fragmentación del tejido social a través de enfrentamientos físicos y verbales violentos que pusieron en riesgo los procesos electorales y la estabilidad democrática boliviana.
Un estudio de Ojeda, Peredo y Uribe (2021) analizó discursos de odio político en redes sociales y constató que en 2019 los dos bandos políticos en disputa intentaron culpar y demonizar a su contrincante, mientras intentaban “purificarse”. Los discursos de odio identificados aludieron a bloques sociales homogéneos (“masistas” y “pititas”), que subieron el tono de su hostilidad, “esencialización” hasta llegar a justificar la violencia física.
Los discursos de odio que se difunden a modo de sátira y humor negro a través de redes sociales forman parte de formas de hacer política, antes la llamada “guerra sucia” revela o exageraba información y datos sobre los desaciertos o contubernios de ciertos candidatos, en especial aquellos que invierten mucho dinero en sus campañas de propaganda. Desafortunadamente, antes como ahora, para “ensuciar la imagen” del otro candidato no se duda en recibir “inversiones” de futuras autoridades para pagar esos gastos; tampoco se cuida la ética al exagerar, mentir o explotar alguna situación no del todo esclarecida del pasado de los candidatos.
Hoy, a esa antigua lógica de propaganda tradicional, se ha sumado la propaganda digital a través de redes sociales. Esas plataformas digitales lucran con la inversión económica para que ciertas publicaciones tengan más alcance (para que lleguen a más personas), según el segmento poblacional al que se dirijan. Todo está calculado en la emisión de esos discursos políticos, muchas veces sin filtro o control de calidad en el marco del derecho a la libertad de expresión sin límites.
Sin embargo, lo delicado está en la recepción y las consecuencias que genera la difusión de discursos de odio cargados de discriminación, racismo, clasismo, misoginia e incluso incitación a la sedición y el llamamiento a la violencia sin escrúpulo alguno y menos noción de respeto a las normas legales que rigen en nuestro país. Un estado de derecho garantiza nuestra democracia, pero si un grupo social determinado se cree propietario de la “única verdad”, se pierde la posibilidad de diálogo, de reconocer en el “otro” a una o un boliviano con iguales derechos.
Los discursos de odio deshumanizan al burlarse de otros candidatos como si fueran animales; destruyen al promover la división y el enfrentamiento; por tanto, vulneran los principios básicos de los derechos humanos como son la dignidad y el honor de cada persona.
La burda sátira puede ser considerada graciosa y ser viral, pero, desafortunadamente destruye la posibilidad de reconocer en las diferencias la posibilidad de construir país con respeto y justicia social para todos.
La teoría del poder de Michel Foucault propone que el poder no es algo que se posee o se ejerce desde arriba, sino una red de relaciones que permea la sociedad y moldea las identidades. El poder, según Foucault, no es sólo represivo, sino también productivo, porque crea discursos, normas y subjetividades.
El poder ha demostrado ser la motivación de los políticos desde el origen de la humanidad. En el caso de nuestros políticos ocurre lo mismo, porque quien gobierna administra los pocos recursos de un país tan pequeño como Bolivia, donde lo más importante es su individualidad y su entorno inmediato de colaboradores; incluso su partido. Los demás bolivianos y bolivianas son sólo el trampolín para alcanzar esos espacios de privilegio y excesos. Desde esos lugares se elaboraron leyes y normas a su medida.
El artículo 238 de la Constitución Política del Estado (CPE) exceptúa de la obligación de la renuncia sólo al presidente y vicepresidente. No obstante, la Sentencia Constitucional 032/2019 amplía esta no renuncia obligatoria anticipada para todas las otras autoridades electas como alcaldes, gobernadores, diputados, senadores.
Esas normas permiten que los candidatos sigan ejerciendo como funcionarios públicos sin renunciar a sus cargos, gozando de todas las prerrogativas que les da su cargo y salario. En el proceso electoral actual, ese es el caso del senador Rodrigo Paz; el presidente de la Cámara de Senadores, Andrónico Rodríguez; la alcaldesa por la ciudad de El Alto, Eva Copa; el alcalde de Cochabamba, Manfred Reyes Villa, y el burgomaestre de la ciudad de Santa Cruz, Jhonny Fernández.
El gran desafío que tiene la sociedad Bolivia, en especial quienes piensan más allá de las consignas y la búsqueda descarnada del poder a toda costa, consiste en desarrollar conocimientos, habilidades y actitudes de pensamiento crítico y la capacidad de diálogo intercultural que contribuya a reconocer y rechazar la desinformación, la propaganda y los discursos de odio deshumanizantes que buscan la confrontación.
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