Bueno, ya pasó la primera vuelta electoral, con resultados bastante sorpresivos, aunque muchos y muchas “videntes políticos” digan que lo habían pronosticado, lo venían venir, lo evidenciaron en sus bolas de cristal, en el tarot o en la coca, es por demás claro que parecería que ni Paz o Lara tenían en sus planes venir a La Paz a celebrar una primera victoria que les otorgó una buena parte de la ciudadanía, nada menos que el 32,09%. Más de un millón y medio de votantes les otorgaron su confianza. Antes de Morales, sólo Goni obtuvo algo parecido en las elecciones de 1993.
Seguramente estos días hasta la segunda vuelta serán horas de tortura en cuanto a información, desinformación, mentiras, falacias, medias verdades,” trapitos al sol” y una infinidad de argucias —esperemos no de las más bajas— para afectar a los candidatos en contienda. Sin embargo, queda claro que si Paz o Tuto comienzan a polarizar su campaña con miras al balotaje, ambos pondrían en peligro una futura gobernabilidad que tanta falta hará para lograr dos tercios de apoyo en la Asamblea Legislativa a reformas urgentes y otras quizá (si se animan) hasta estructurales aprovechando el cambio de los vientos.
Es ahí donde comienza nuestra preocupación, puesto que el campo donde se llevarán a cabo esas medidas es la Asamblea Legislativa Plurinacional. Una vez conocidos los resultados el domingo, muchos comenzamos a escarbar en las candidaturas a senadores y diputados que con casi seguridad serán parte de este vital espacio y la verdad, creo que deberíamos estar por lo menos preocupados, sino completamente asustados.
Durante las dos décadas masistas, la Asamblea Legislativa Plurinacional fue, por decir lo menos, vergonzosa, en cuanto a cualidades democráticas, técnicas y humanas. Quizá su mejor época se presentó antes de la reforma de la Constitución de 2009. Sin embargo, luego se convirtió en un apéndice del Órgano Ejecutivo, sin ideas propias, sin debate, sin ejercicio democrático, sin libertad de pensamiento e ideas. Los parlamentarios estaban ahí sólo para hacer lo que el “jefazo” les instruía. Los proyectos de ley más fuertes venían de los ministerios, se discutían lo menos, las minorías poco o nada podían argumentar o incluso decir, sin ser atropelladas por el rodillo masista.
Quedarán registradas en la historia del ente legislativo, las criticables selecciones de candidatos y candidatas a magistrados y magistradas del Órgano Judicial y Tribunal Constitucional Plurinacional de 2011, 2017 y las incompletas del 2024; la selección de otros funcionarios del Estado, la falta de acción para elegir titulares de la Contraloría General del Estado, Gestora de Seguridad Social, Banco Central de Bolivia, entre algunas de las más importantes labores que debían cumplir y no lo hicieron.
Seguramente siempre estarán presentes esas bochornosas sesiones donde la violencia entre las facciones azules desbordó cualquier debate democrático y racional, y ahí viene la parte humana: si bien no puedes exigirles a los asambleístas necesariamente criterios técnicos ni conocimientos avanzados de derecho, política, economía, por lo menos les podíamos pedir honestidad, coherencia, consecuencia, valores y principios democráticos, pero no, en la mayoría de las oportunidades el hemiciclo se convirtió en un circo de “dos pistas”.
Por otra parte, está la corrupción, que parecería muy difícil que pueda ocurrir en la Asamblea Legislativa, donde se entiende, no se manejan fondos abundantes, pero hubo denuncias contra asambleístas que hicieron uso y abuso de su posición para beneficios personales; legisladores que se aparecían sólo en algunas sesiones porque estaban ocupados en sus negocios, otros y otras que nunca presentaron un Proyecto de Ley serio, circunscribiéndose a hacer declarar el día de la marraqueta, del tojori y el api, de las pucacapas y del auki–auki, etc.; senadores y diputados que se habrían aprovechado de su personal contratado, quedándose con un porcentaje de sus salarios; acosadores sexuales, acosadores laborales... Había de todo un poco, pero más de lo malo que de lo rescatable.
Es por ello que una vez dilucidada la conformación de la Asamblea Legislativa Plurinacional para el periodo 2025–2030, nos asalta la pregunta: ¿Estarán a la altura del desafío de sacar al país de la crisis económica, social y política en la que nos encontramos?, ¿aportarán al debate democrático?, ¿reconstruirán la institucionalidad estatal?, ¿serán el crisol del pluralismo político, donde se escuchen a las minorías?, ¿se entregarán a trabajar denodadamente por sus circunscripciones y regiones 8 horas al día, 7 días a la semana? Pero volvemos a ver las listas y nos vienen escalofríos horribles de que probablemente la Asamblea Legislativa Plurinacional no será lo que esperamos. Espero equivocarme.
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