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Las redes sociales son hoy un espacio de interacción, activismo, ágiles medios de comunicación, libreta de contactos, agenda de trabajo, compañía y fuente de entretenimiento día a día con memes y TikTok según el algoritmo generado a partir de las publicaciones que producimos y consumimos. Ese ecosistema digital que hoy construye nuestra dualidad virtual y presencial.

Son plataformas digitales que permiten a las personas conectarse, comunicarse y compartir contenido (texto, imágenes, videos) en un entorno en línea, facilitando la creación de comunidades y el establecimiento de relaciones personales y profesionales a escala global. Su objetivo principal es fomentar la interacción entre usuarios y la difusión de información a través de internet.

Ambas definiciones de las redes sociales son aceptadas, pero se debe reconocer que como toda tecnología también involucran riesgos y sesgos.

Desde los estudios en comunicación, ahora “eres” y defines tu identidad virtual en función de dónde “existes virtualmente”. Cada plataforma te brinda una oportunidad de “mostrarte” con una imagen: “producida”, “maquillada” o tal vez algo disfrazada o matizada de la realidad. Ahí radica tu derecho a mostrar la versión de ti que te plazca. Sin embargo, mentir o engañar son responsabilidad de cada individuo y no se puede eludir bajo el título de libertad de expresión si afecta la dignidad y honra de otras personas.

Tres ámbitos que se pueden mencionar, entre otros, en los que inciden las redes sociales son la violencia digital, la participación ciudadana y la intención de voto.

En el primer ámbito, están los casos en que se usa una fotografía de perfil falsa para engañar, disuadir y manipular a una o un niño o adolescente con fines de violencia y/o explotación sexual o tráfico de órganos. Ha ocurrido en casos de videojuegos, por ejemplo, o desde plataformas aparentemente inofensivas por lo divertidas y accesibles. En estos casos, es urgente la capacitación en derechos desde la malla curricular educativa escolar y universitaria a través de la alfabetización mediática e informacional de padres, madres, docentes, niños, niñas, adolescentes y jóvenes.

En el segundo entorno de la participación ciudadana, toda institución pública o privada que se precie tiene redes sociales desde las que difunde información y publicidad o propaganda sobre lo que hace. Desafortunadamente, en el caso de las entidades estatales que deben rendir cuentas a la población y ser transparentes con su gestión, la información pública no se garantiza. Existe interés en difundir información, pero no importa escuchar lo que la ciudadanía necesita realmente; menos aún promover su participación porque podría ser riesgoso que opine demasiado y cuestione el poder real o simbólico que se tiene. Por eso no se aprueba una Ley de Participación, Transparencia e Información Pública. Aunque en el municipio de La Paz se promulgó una ley municipal específica, nunca se aprobó su reglamento. Una ley sin reglamento no se aplica y, por tanto, es como si no existiera.

El tercer ámbito es el político. Mucho se puede decir, pero me remitiré a plantear la necesidad de evaluar el alcance de la propaganda política a través de las redes sociales. A lo largo de estos meses he intentado hacer seguimiento a las redes sociales desde el ángulo ciudadano en búsqueda de propuestas políticas en lugar de slogans o poses de cercanía al pueblo. Pero he visto a un candidato que lamentaba no poder usar una tarjeta de crédito de un banco boliviano en un parqueo en el extranjero y poses de “justiciero” que busca satisfacer el ideal del héroe en el imaginario colectivo que rescata a la sociedad de una crisis.  En ambos casos percibo falta de humildad y de sentido común, su discurso mediático en redes se centra en ellos, no en dar las respuestas que esperan los y las bolivianas.

En ese último escenario, la falta de un discurso coherente y propositivo desde la política ha generado ambigüedad y confusión. Lo que se percibe es aún más incertidumbre en la intención de voto para la segunda vuelta para elegir a un representante del Estado boliviano.

Las redes sociales son ahora los canales para producir y difundir guerra sucia, desinformación y discursos de odio. Los más nobles valores democráticos pasaron a un segundo plano. A usted, le sugiero estar atento o atenta, no deje que los algoritmos en redes sociales le engañen. El mundo es más complejo y diverso que sólo la polarización del “blanco o negro” de ese mundo virtual. Bolivia merece mucho más que promesas vacías y virales, merece respeto y verdadero compromiso.

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La opinión de cada columnista de Guardiana no representa la línea editorial del medio de información. Es de exclusiva responsabilidad de quien firma la columna de opinión. 

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