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En su Ensayo sobre la lucidez (Alfaguara, 2004), el premio Nobel portugués, José Saramago, plantea, hipotéticamente, una situación electoral insólita: en unas elecciones municipales, el 70% de los votos emitidos resultan ser blancos. No se trata de apatía ni de indiferencia, sino de un acto consciente y deliberado de la ciudadanía, una protesta silenciosa que no se organiza alrededor de partidos políticos ni líderes visibles, pero que desestabiliza por completo al gobierno; éste, incapaz de interpretar la señal como un reclamo de renovación, responde con represión, persecución y un discurso que acusa a la población de irresponsabilidad e, incluso, traición.

Saramago construye una especie de parábola sobre el miedo de las élites políticas a la soberanía popular auténtica. El voto en blanco masivo es, en su novela, una demostración de lucidez colectiva: la ciudadanía participa, pero no quiere legitimar a ninguna de las opciones que considera parte de un sistema agotado. El mensaje es claro: “Queremos democracia, pero no esta democracia”.

La política boliviana lleva años atrapada en una dinámica de polarización constante: el Movimiento Al Socialismo (MAS) contra la “oposición de derecha”, con rostros que se repiten y proyectos que, en esencia, responden más a la lucha por el control del poder que a la transformación del país. La ciudadanía se ve forzada a elegir entre alternativas que, en algunos casos, ya no representan una renovación real del horizonte político.

En este contexto, el voto en blanco —o el nulo— podría convertirse en un gesto lúcido, muy parecido al que imaginó Saramago: una participación activa que niega la legitimidad de la oferta electoral. A diferencia de la abstención, que puede interpretarse como apatía o imposibilidad, el voto en blanco consciente afirmaría: “estamos aquí, pero no aceptamos las opciones electorales y varios candidatos que son lo mismo de siempre”.

En Bolivia, un voto en blanco masivo debería ser visto por las élites como un desafío directo. Si se acercara a porcentajes como los de la novela —improbables, pero no imposibles en un escenario de descrédito generalizado—, la reacción institucional podría incluir: a) campañas de miedo advirtiendo que “gana el autoritarismo” o “vuelve el pasado”, si no se elige entre las opciones vigentes; b) intentos de deslegitimar a quienes votan en blanco, acusándolos de favorecer a un candidato por omisión.

En el universo de Saramago, el gobierno, en vez de interpretar la protesta como una oportunidad de reforma, la lee como amenaza y la reprime. En Bolivia, algo similar podría ocurrir: el sistema democrático podría cerrarse aún más ante un rechazo masivo, en vez de abrir un proceso de regeneración política.

Otro de los temas de reflexión en Ensayo sobre la lucidez, sugiere que el sistema político tiene la capacidad de sobrevivir, incluso frente a crisis profundas, siempre que pueda dividir y aislar a la población inconforme. En Bolivia, el MAS y sus opositores han perfeccionado esta lógica: polarizar para sobrevivir.

Un voto en blanco lúcido y masivo sería, en teoría, un quiebre de la polarización, porque pondría en evidencia que la dicotomía entre oficialismo y oposición ya no convence a la mayoría. Sin embargo, como advierte Saramago en su imaginaria democracia crítica, el poder reaccionaría con violencia para evitar que esa grieta se convierta en un cambio real. Asimismo, el libro también plantea un dilema incómodo: ¿qué pasa si el rechazo masivo no viene acompañado de un “proyecto político, realmente alternativo”? En la novela, el voto en blanco es una sacudida, pero no construye una salida organizada, lo que deja espacio para que el poder se recomponga.

En Bolivia, el riesgo sería similar: que una gran cantidad de votos en blanco sirva como catarsis simbólica, pero no cambien las reglas del juego, porque no hay una fuerza nueva que canalice ese descontento dentro de una propuesta política viable. Lo que Saramago nos deja como lección, no es una invitación directa a votar en blanco, sino a pensar sobre la “lucidez como forma de resistencia política”. En Bolivia, esta lucidez podría traducirse en: a) rechazo consciente a las opciones que perpetúan la corrupción, el caudillismo y el clientelismo; b) exigencia de liderazgos nuevos, con programas claros y no construidos sobre el antagonismo; c) reconocimiento de que la democracia no se agota en el acto de votar, sino que necesita participación ciudadana permanente.

Si las elecciones presidenciales de 2025 se realizan bajo el mismo esquema de siempre, un voto en blanco significativo podría ser una señal histórica de fastidio estructural. Pero como advierte la ficción de Saramago, la señal, por sí sola, no garantiza el cambio: sin organización, la lucidez puede ser rápidamente sofocada por el poder y por más de lo mismo.

Saramago muestra que el mayor miedo del poder no es la abstención, sino la participación lúcida que rechaza el juego político establecido. En Bolivia, esa advertencia nos permite ver que el voto en blanco —como acto consciente— podría ser una herramienta de protesta contra la polarización estéril, aunque sin un proyecto alternativo que lo sostenga, puede convertirse en un gesto potente, pero efímero.

En el caso de Evo Morales, su actual defensa del voto nulo, no encaja en la lógica de lucidez política que plantea Saramago, porque no busca cuestionar el sistema en su conjunto para abrir un proceso de regeneración democrática, sino desestabilizar un escenario que le resulta adverso. En Ensayo sobre la lucidez, el voto en blanco masivo surge desde abajo, como un acto autónomo y sin conducción partidaria. En cambio, la campaña de Evo es instrumental y reactiva porque no nace de un proyecto ciudadano para transformar el sistema, sino de la frustración por haber quedado inhabilitado como candidato. Evo tampoco propone alternativas de renovación política ni institucional, sino que busca invalidar un proceso electoral que no puede controlar. Apela al resentimiento y al desgaste del gobierno de Luis Arce, sin ofrecer una agenda que supere la crisis estructural del país.

Lo que Evo impulsa representa más un boicot destructivo, antes que un ejercicio de lucidez colectiva. En Saramago, la diferencia clave radica en que el voto en blanco es un mensaje al poder, sin dueño ni caudillo. En el discurso de Evo, el voto nulo se convierte en una táctica de guerra interna dentro del MAS y en un recurso para mantener su centralidad política, incluso arruinando el juego electoral. Si el voto en blanco “lúcido” es un acto de emancipación ciudadana, el voto nulo promovido por Morales es un acto de autopreservación caudillista, totalmente inútil.

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