Hoy 6 de agosto celebramos 200 años de vida independiente. Para algunas personas, será motivo de alegría, orgullo, satisfacción, patriotismo; pero para otras, los sentimientos podrían ser de preocupación, insatisfacción, lamentación, pena, incluso asco. Y quizá no falten quienes no se sientan parte de esta tierra.
Día a día podemos ver a grandes porciones de la población no necesariamente felices de vivir en Bolivia. Una cantidad nada despreciable se refiere a ella en las conversaciones habituales como “este país” y no como “mi país” o “nuestro país”; otro tanto, lamentablemente, tiene la mirada afuera, supuestamente en lugares mejores.
Lo paradójico es que cuando alguien con cierta connotación pública se refiere al país, como sucedió hace unos días con la Presidenta peruana, nos asalta un patrioterismo chauvinista sin parangón, tan hipócrita al final: ¿Somos un Estado fallido?, ¿somos una sociedad desestructurada?, ¿somos racistas y discriminadores?, ¿tenemos todo el tiempo un sentimiento derrotista y perdedor?, ¿somos malos/as ciudadanos/as?, ¿somos corruptos/as?, ¿somos pésimos ciudadanos/as?, ¿somos violentos/as?, ¿vivimos en una sociedad machista y patriarcal?... Y así, podríamos continuar haciéndonos preguntas y quizá en nuestro interior sabemos si las respuestas son positivas o no tan negativas, pero a las cuales respondemos con caretas y parches. Es que no nos animamos a debatir en serio sobre nuestras grandes taras y problemas nacionales.
Uno de esos debates en estos dos centenares de años en que nos declaramos un país, es qué tanto hemos avanzando en el cumplimiento y garantía de los derechos humanos, punto de partida también para observar y plantearse los desafíos que se presentan para el futuro.
Si bien formalmente desde la primera Constitución se manejó el principio de la igualdad ante la ley, éste hasta hoy no se ha llegado a plasmar completamente. Los indígenas, grandes sectores populares, muchos de los grupos en situación de vulnerabilidad tales como migrantes, LGBTIQ+ y personas con discapacidad siguen siendo y sintiéndose como ciudadanos y ciudadanas de segunda categoría. No tienen ni siquiera los mismos derechos civiles y políticos, mucho menos los económicos, sociales y culturales.
Pensamos que la Constitución de 2009 lograría mucho más para quienes quieren ser, participar y pertenecer, pero no fue así. Lamentablemente, todo fue una burbuja de jabón y un instrumento discursivo. Y pensar que a pesar de estas grandes verdades hay quienes piensan que cambiando la norma fundamental se solucionará algo, ¿imagínense si con una norma tan garantista y protectora no se llegó a avanzar lo esperado? ¿Qué pasará si retrocedemos?
En cuanto a derechos civiles y políticos todavía estamos lejos. Se desaprovechó una gran oportunidad de salir adelante. Todavía se vulnera la libertad de pensamiento, expresión, prensa, acceso a la información, asociación, reunión, entre los más importantes, y lo peor es que en lugar de mejorar, cada vez se retrocede más. Los derechos políticos no están completamente garantizados. Existe violencia política contra la mujer. La igualdad y paridad en el ejercicio ciudadano se encuentran en pañales. Nuestros procesos electorales nos tienen en una inseguridad y zozobra constante, como lo estamos evidenciando en carne propia ahora. El servicio público ha sido mancillado de cualquier atisbo de institucionalidad, con muy pocas excepciones. El espacio cívico está mermando y sin vistos de mejorar.
Entrar a hablar de la justicia, de por sí, a uno le puede costar una dolorosa migraña. Siempre se decía: “Dios nos libre de la justicia boliviana”, y es que en 200 años, ésta sigue siendo un calvario, donde la corrupción, la incapacidad del sistema y sus operadores, la falta de presupuesto, infraestructura, personal, etc. colocan a la sociedad en una situación espeluznante. Otra paradoja es que los bolivianos y bolivianas somos pleitistas a pesar de que el sistema no funciona. Seguimos llevando nuestros conflictos por esa vía, hasta las últimas consecuencias; nos alegramos de ver a nuestra parte contraria tras las rejas; aunque nos haya robado una gallina o sacado la lengua, porque hay que admitir que nos encanta la “pira pública”, otro de nuestros males nacionales.
Hablar de los derechos económicos, sociales y culturales nos quitará otra sonrisa. Un sistema de salud que se ha quedado en el siglo XIX, desde la obtención de una ficha en horas de la madrugada (aunque estés doblado de dolor), hasta la cita que se programa en meses, ya es un tema que se ha hecho costumbre o mejor dicho mala costumbre, lo anterior, adicionado a la falta de medicamentos, tratamientos específicos para personas con VIH, cáncer y otras enfermedades crónicas o degenerativas, personal deficiente, infraestructura del siglo pasado y demás. No se llega a entender por qué tiene que ser así, si el Estado dice que invierte en salud más del 10% del presupuesto, entonces ¿Qué pasa?, ¿mala gestión?, ¿corrupción?
Entremos a hablar de educación. Si bien ha mejorado en cuanto a cantidad, aunque de manera relativa puesto que existen denuncias de abandonos masivos de estudiantes por la apremiante situación económica que vivimos hoy, el problema es la calidad. Así es cuando lees que en pleno siglo XXI, 7 de cada 10 niños de tercer grado y 8 de cada 10 en sexto grado de primaria no logran ser capaces de comprender el sentido de lo que leen, no pueden localizar o relacionar información explícita en los textos, reflexionar y emitir juicios sobre los recursos y las características del contenido y estructura del texto ni relacionar los mismos, a partir de sus propósitos comunicativos. En matemáticas, la situación es menos alentadora, pues 8 de cada 10 estudiantes de tercer grado y 2 de cada 3 en sexto grado se ubican en los niveles de desempeño más bajos, según los datos oficiales. Entonces te das cuenta de que realmente la educación no es mala, es pésima y que estás frente a generaciones menos preparadas para el futuro y con expectativas de vida muy reducidas.
Pasemos a los derechos laborales, sobre los que los empresarios/as dicen que son demasiados, que eso trae informalidad, pero ves que hasta los formales en muchos casos son tratados como ciudadanos de segunda categoría, como trabajadores eventuales y consultores de línea que contrata el Estado. Incluso puedes ver cómo los privados se han inventado contratos de este tipo para evitar pagar lo que se debe; entonces también te das cuenta de que ablandar las normas labores probablemente sea mucho más perjudicial. Doscientos años y 85% de informalidad y precariedad laboral, así podría titularse otra columna de opinión. Es la triste realidad, que nadie logró revertir. De paso, todos los candidatos dicen que despedirán a miles de servidores públicos, lo repiten casi como un mantra, sin analizar que algo más del 70% del personal es de las Fuerzas Armadas, Policía, salud, educación, gobernaciones y municipios, entonces no crea usted que ésta es una gran solución.
200 años contra la madre tierra, eso hemos hecho y desecho. La explotación de la tierra, la destrucción de los bosques, la contaminación de ríos y otras fuentes de agua ha sido la regla durante todos estos años. Lo mejor, la creación de áreas protegidas, pero que hoy están en riesgo inminente, como ya se destruyeron y exprimieron los recursos de grandes porciones del país, pues mineros, forestales, colonizadores y agroindustriales (bajo el modelo cruceño) como hienas esperan hincar el diente a lo que queda. Sin embargo, éste es un tema donde las y los bolivianos mostramos “nuestro gran amor por la patria” siendo contaminadores, destructores, depredadores, inconscientes de nuestro medio ambiente, con realmente pocas excepciones.
Nos hemos enfocado en los temas más grandes de los derechos humanos y de nuestra realidad. Habrá que ver si algún columnista en la celebración de los 400 años no se estará quejando exactamente de lo mismo. Sería el colmo.
Pero a pesar de todo, habemos muchos y muchas que queremos esta tierra y a su gente, sus problemas, contradicciones, paradojas, virtudes y fortalezas, y que seguiremos aportando y soñando en su grandeza. ¡Felices 200 años mi amada Bolivia!
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