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Es imposible no escribir hoy sin mencionar los 200 años de creación de la república de Bolivia, actualmente denominada Estado Plurinacional de Bolivia desde la reforma constitucional de 2009. No es un nuevo Estado, sino el mismo con otro nombre, pero con las mismas taras coloniales, prejuicios, clientelismo, prebendalismo, patriarcado y corrupción.

Las luchas internas por el poder económico y político han estado marcadas por las luchas por el poder social de una clase y el poder simbólico que esos tres poderes les otorgaron y otorgan ante la sociedad.

Cuando me refiero a reescribir la historia me refiero a algunas distorsiones y vacíos que existen. Por ejemplo, los hermanos Manuel Vittorio Lanza y Gregorio Lanza iniciaron la revolución el 16 de julio de 1809 junto a Pedro Domingo Murillo y otros protomártires de la Junta Tuitiva siguiendo los pasos del grito libertario en mayo en Sucre, frenado por los defensores de la corona española. Los inspiraba la libertad, igualdad y fraternidad, ideales de la revolución francesa. En las reuniones previas a la revuelta se acordó que Victorio marchara como enlace a Chuquisaca, lo que hizo el 15 de julio, el día anterior a la fecha fijada para la sublevación. Regresó a mediados de agosto sin el respaldo esperado de la Audiencia de Charcas al movimiento independentista. Entre septiembre, octubre y noviembre de 1809 siguió luchando contra las fuerzas militares realistas, pero fue asesinado y degollado por órdenes de José Manuel Goyeneche en noviembre.

Como se recordará, los demás líderes de la Junta Tuitiva fueron colgados el 30 de septiembre de 1809. Esta fecha marcó el fin de la primera junta autónoma de La Paz, que había sido formada el 21 de julio de ese mismo año y proclamó un gobierno independiente, convirtiéndose en un hito de las guerras de independencia en América Latina.

Adicionalmente, Miguel Lanza, hermano menor de Manuel Vittorio y Gregorio Lanza, también jugó un rol importante en la revolución independentista. Fue un militar altoperuano, caudillo de la republiqueta de Ayopaya y guerrillero del Ejército Auxiliar rioplatense. Había sido enviado por sus padres a estudiar a Córdova, pero volvió a La Paz en 1809 al conocer que Goyeneche mandó a colgar a sus hermanos junto a los revolucionarios que firmaron el Acta de la Junta Tuitiva. A fines de 1810 se unió al Ejército del Norte, al que acompañó en su campaña por el Alto Perú hasta la derrota en la batalla de Huaqui y desde entonces luchó por la independencia de Bolivia. Miguel Lanza fue ministro y gobernador de La Paz durante el gobierno de Sucre, que lo ascendió a general.

Miguel Lanza fue uno de los muy pocos caudillos que sobrevivieron a la guerra y también uno de los pocos en firmar el acta de independencia. Presidió la sala de la Asamblea General Deliberante del Alto Perú en la moción sobre la Independencia del Alto Perú en la 11º sesión del 4 de agosto de 1825.

El 18 de abril de 1828 estalló un motín en Chuquisaca promovido por las élites peruanas y bolivianas para expulsar a las tropas colombianas, desestabilizar el gobierno de Sucre y la unidad continental promovida por Simón Bolívar. Antonio José de Sucre fue herido con dos balazos. Miguel Lanza pretendió sofocarlo y defender a Sucre, pero fue asesinado en ese intento. Hoy, la historia poco dice de que Lanza murió en esas tristes circunstancias, fruto de las tácticas de los enemigos políticos de Sucre y Bolívar.

Ese motín llevó a la renuncia de Sucre como presidente de Bolivia y a la posterior invasión peruana del país por parte del general Agustín Gamarra, con el pretexto de proteger a Sucre. El conflicto concluyó con la firma del Tratado de Piquiza, que selló la salida de las tropas de la Gran Colombia del territorio boliviano que quedó a merced de esa clase política interesada en detentar el poder económico y político bajo intereses personales mezquinos que se beneficiaron de la sangre derramada de quienes murieron por defender la independencia de nuestro país.

Ese fue el caso de Casimiro Olañeta, sobrino y asistente del último gobernante realista del Alto Perú, el Mariscal Pedro Antonio Olañeta. A pesar de que no existe un acuerdo generalizado entre los historiadores bolivianos sobre el rol de los Olañeta, se suele afirmar que los Olañeta, al desconocer la autoridad del virrey liberal José de la Serna nombrado por el rey español Fernando VII, salieron de Potosí llevándose los fondos reales y las joyas de las iglesias. Con esos fondos crearon su propio ejército realista y generaron una división, debilitamiento militar que favorecería la lucha por la independencia del Alto Perú.

En enero de 1825, Casimiro Olañeta traicionó a su tío y se trasladó a Puno para unirse a Antonio José de Sucre, luego uno de sus oficiales asesinó a su tío cerca de Chuquisaca. Ese es el vacío histórico que deja entrever que Casimiro Olañeta persiguió fines personales porque acomodó su accionar a la búsqueda de réditos políticos y económicos propios. Como astuto político, Olañeta se ganó la confianza de Sucre, quien le pidió reunir una Asamblea Nacional en Chuquisaca, de la que fue elegido miembro y fue luego uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de Bolivia el 6 de agosto de 1825.

En otra “maniobra política”, en 1855 junto a Manuel María Urcullo redactó el texto “‘Apuntes para la historia de la Revolución del Alto Perú”, cuestionada narrativa histórica en cuya redacción Olañeta se puso a sí mismo como hombre importante en el nacimiento de Bolivia para dejar precedente escrito y quedar así en la historia. Tanto Urcullo como Olañeta, como miembros de la Audiencia de Charcas, habían declarado sobre los “infames revolucionarios y Urcullu estaba maldiciendo la causa patriota en todas partes…”, según Charles Arnade en “La dramática insurgencia de Bolivia” (1964); pero luego aparecieron en ese texto como quienes recuperaron la historia de la revolución y como “impulsores” del nacimiento de Bolivia.

Desafortunadamente, a 200 años de la creación de nuestro país, sigue sin reconocerse del todo a quienes sacrificaron su vida y sus familias para forjar nuestra Patria porque no gozan del reconocimiento histórico suficiente.

Otro ejemplo de esta afirmación es nuestra gran heroína, la Generala Juana Azurduy de Padilla, quien arriesgó su vida y perdió a Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes (cuatro de sus cinco hijos) y a su esposo Manuel Ascencio Padilla en la lucha por la independencia.

Ella luchó desde 1916 y aunque hizo una pausa en su lucha activa por la independencia de América en 1818 después de la muerte de su esposo, continuó luchando bajo el mando del general argentino Martín Miguel de Güemes, quien la designó comandante del Ejército del Norte. Luego de décadas en las trincheras de la guerra por la independencia, nuestra heroína murió olvidada por los nuevos gobernantes, muchos de los cuales no lucharon con ella y cuyo accionar la condenó al olvido y a morir en la miseria extrema de forma infame. Ella falleció en la pobreza el 25 de mayo de 1862, en Jujuy, Argentina.

Juana Azurduy es una admirable mujer boliviana que nos inspira a tener la convicción y principios para luchar por nuestro país, ya no por independizarnos del imperio español, sino del colonialismo interno que carcome a quienes detentan el poder político a turnos sin un verdadero compromiso con las mujeres y hombres bolivianos honestos que trabajan por sobrevivir cada día sin “jugosos” salarios, sin enriquecerse por ser ministro y vender empresas públicas a buen precio para beneficio propio, sin ser vicepresidente de un exdictador, sin “préstamos millonarios por ser familiares del presidente”, sin “puestos públicos heredados” por las maniobras políticas de dirigentes que ven sus beneficios personales antes que los intereses del resto de la población.

A 200 años, reescribamos nuestra historia, ahora con la convicción de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde debemos caminar. Las próximas elecciones este 17 de agosto de 2025 son un escenario complejo de “líderes” políticos que prometen frenar la crisis económica y hacer reformas, pero su pasado político y sus acompañantes candidatos a la vicepresidencia dejan muchas dudas sobre su “representatividad” del pueblo boliviano. En casi todos los casos queda la duda de ¿a quiénes representan realmente?, ¿a un expresidente empeñado en volver a gobernar a pesar de no ser legal o para seguir promoviendo el odio y la violencia entre bolivianos, a un sector político que heredó el gobierno, pero empeoró la crisis económica, a un sector que ya está negociando la venta del litio, otro recurso natural que podría terminar rematado enriqueciendo más a unos cuántos millonarios?

Repensar y reescribir nuestra historia depende de la educación que se enseña en nuestras escuelas y universidades, deberíamos empezar por ahí a cambiar cómo nos autodefinimos, qué es Patria, qué es civismo, cuáles son los valores y principios que defendemos. Sólo entonces podremos exigir a nuestras autoridades y ahora actuales candidatos que sean más honestos, transparentes y menos cínicos de posar ante las cámaras con los pobres y la gente haciendo fila desde la madruga por una ficha para atención médica durante sus campañas como si el resto de los bolivianos no conociéramos esas viejas tácticas propagandísticas y no tuviéramos la capacidad mental de reconocer sus ardides y fachadas artificiales de unos y otros.

Vivimos en una coyuntura difícil e incierta en el plano político previo a las elecciones, la responsabilidad está en cada ciudadano, protejamos a nuestro país de discursos falsos, de la desinformación, los discursos de odio y las narrativas engañosas que sólo pretenden confundirnos y dividirnos en redes sociales. ¡Viva la Bolivia de las y los bolivianos que trabajan de forma honesta y humilde!

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