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En 2005, bajo el corto mandato de Eduardo Rodriguez Veltzé, se aprobó una innovadora Ley del Voluntariado. A más de fijar una base conceptual, establece los derechos y deberes que tienen los voluntarios. Menciona también, por ejemplo, que las horas que uno destine al voluntariado podrán contar como horas laborales en empresas privadas o públicas y que tanto las municipalidades como los gobiernos departamentales deberán asignar recursos al voluntariado para atender emergencias, desastres y contingencias, entre otros.

La ley quedó en el olvido. Tan solo algunos que andamos continuamente en jornadas de voluntariado o recaudación de fondos la conocemos. Pasaron 14 años desde la promulgación de dicha Ley y nada parece haber cambiado, pero a la vez todo. Bolivia ha ido evolucionando; ha ido gestando una nueva generación de jóvenes más sensibles a los problemas sociales, con más ánimos de actuar, donar y resolver los problemas. Al mismo tiempo, los trámites y la burocracia nos hunden de nuevo; nos hacen perder tiempo valioso y eficiencia, y las ganas se van apagando a medida que las solicitudes de ayuda pasan de un escritorio a otro.

Hace unos días, quise enrolarme a un cuerpo de bomberos en La Paz, atento a los incendios en la Chiquitanía. En esa estación me dijeron que la convocatoria saldrá en febrero de 2020. ¡Espero que siga habiendo bosque seco para entonces! Pero estos frenos en políticas y procedimientos evitan que quienes quieren/queremos ayudar, vayamos pensando en hacer las cosas de forma diferente: tomar un vuelo cuanto antes y ayudar allá, en lo que se pueda.

Dependiendo de los estudios, algunos mencionan que para que algo se convierta en hábito debemos repetir la acción al menos 21 días. Otros, que deberían ser 60 veces. El hecho es que no basta con ser voluntario un día y ya, se debe crear un hábito del voluntariado a lo largo de nuestra vida para generar conciencia social y su importancia.

En mis épocas, la materia de Cívica nos enseñaba a repetir “como loros” los himnos de todos los departamentos para crear un nosotros, una especie de civismo por repetición; pero cuando terminábamos el colegio y afrontábamos la vida real, no teníamos idea de ética, moral, solidaridad, ayuda al prójimo, etc.

Ahora existen materias más relacionadas con el humanismo; con el descubrimiento del ser y creo que es un excelente momento para volver a abordar la posibilidad de incorporar al voluntariado como una materia que se aprenda desde el ciclo más básico hasta la universidad. Para que cuando la persona sea profesional, no se pierda en la burocracia de las decisiones y actúe lo antes posible. La sociedad plástica actual nos está imponiendo que hacer algo por otro o por el planeta es subir una selfie o posar en lugares de desastre.

No queda duda de que estamos frente a un cambio mundial de desastres más frecuentes y con mayor intensidad. Ante ello, debemos cambiar nuestra actitud. Por tanto, requiere que todos nos convirtamos en voluntarios para ayudar a quien lo necesite. Sherry Anderson decía que los voluntarios no reciben paga, no porque sean inservibles, sino porque son invaluables. Añado: es porque también son imprescindibles.

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