0
  1. El 2021 es un año de retoma del poder del MAS, pero a diferencia de los años 2006-2019, esta retoma del poder hace aguas por todas partes. La más que evidente división entre sectores es un evento que puede entusiasmar a los opositores al “instrumento político”; pero en realidad, es un indicio de lo que el MAS es: un conglomerado de intereses económicos, en primer lugar, y sociales en segundo (en el sentido preciso de los capitales económico y social de Bourdieu), que no significa automáticamente su autodestrucción, sino sus nuevos reacomodos, como si los seguidores del MAS fueran los únicos dueños del Estado boliviano, y nadie más que ellos. Por tanto actúan como si fueran sólo ellos los que deberían pugnar por el control absoluto del poder político. La división, es, entonces, un síntoma del descontrolado apetito por el poder total. Pero también es síntoma de su crisis interna, de su decadencia.
  2. El “dedazo” es la gran impugnación masista. Nada nuevo bajo el sol: es una de las palabras más frecuentes en el vocabulario cotidiano de este país, dado que los bolivianos –especialmente de los sectores “populares” y de las elites— son personas hiperpolitizadas, o para decirlo mejor: dedicados con ahínco a una de las más improductivas actividades posibles: la intriga de facciones en la eterna lucha por la repartija de poder y cargos, que en el siglo XIX se conocía como “empleomanía”, y que hoy suele llamarse “cuotas de poder”, o el supuesto derecho a los cargos públicos. Nada más colonial que la pelea por cargos públicos, que aún hoy, como en el siglo XVI, tienen precio, tanto en dinero como en servilismos a un señor poderoso. Si una cúpula de partido decide a quiénes otorgar los cargos (prerrogativa que en el antiguo régimen le correspondía al Rey o sus representantes), esto es posible cuando esa cúpula, o ese caudillo supremo, tiene todo el poder en sus manos: nadie podría cuestionar sus decisiones, porque justamente le ha entregado todo ese poder, a cambio de recibir, tarde o temprano, un favor del jefe supremo. Pero cuando esa cúpula o ese jefe absoluto ya no lo son, entonces es lógico que sus decisiones sean consideradas arbitrarias, simples elecciones “a dedo”, y por tanto, desobedecidas.
  3. Y más que el “sillazo” –el golpe al parecer no intencional con una silla en la cabeza del líder del MAS— el “dedazo” es lo que conmociona a los militantes de dicho partido: al sentir que sus facciones no accederán al poder –cosa que además consideran un hecho, porque el Estado, según ellos, les pertenece— entonces deciden impugnar, dar plazos perentorios, bloquear, alzarse, e incluso, abandonar el partido, como es el caso ya famoso de la salida de Eva Copa y su candidatura política aparte del MAS. Es decir: los dedazos y sus impugnaciones a veces violentas son síntoma de otra cosa: la repartición más o menos “equitativa” del poder, el gran botín de cualquier partido político boliviano, pero en el caso del MAS un botín aún más codiciado, ya no está garantizada. Pero ¿quién tiene el derecho a quedarse con el botín de cargos? ¿no será que algo huele mal en esa lógica tan boliviana de agarrarse a golpes por cargos y prebendas, sin que importe en absoluto la capacidad profesional?
  4. Está claro que la figura del omnipotente líder histórico, enviado de Dios,  Cristo resucitado, el “electo por Dios” y un largo etcétera de epítetos (como corresponde a los grandes autócratas en todos los tiempos y lugares), ya no es lo que un día fue. ¿Consciencia repentina de sus seguidores? En absoluto. Ya se le cuestiona, ya se le ponen plazos y se le amenaza, porque ya no sirve a sus seguidores. ¿Por qué? Porque ya no es garante de equilibrios de las tensiones entre grupos o facciones, ya no es garante de esos equilibrios como en su tiempo lo era el Rey absoluto, para seguir la noción de Norbert Elias. Estos equilibrios, antes, estaban garantizados por un funcionamiento más bien ortodoxo del aparato corporativo y de clientelas en cascada del MAS; después de la renuncia de Morales a su pretendida presidencia eterna, estos equilibrios se derrumbaron, y era bastante previsible que en el seno de las diversas corporaciones que integran este gran partido, resurgiera lo que siempre estuvo ahí, pero amortiguado gracias a la figura necesaria del “señor central”: la permanente pugna de los grupos populares por detentar el máximo de poder, es decir, de conseguir el máximo de beneficios y ventajas en relación a los demás.
  5. Es, entonces, y como dice Elias, la misma situación que el clinch entre los boxeadores: “Como boxeadores en clinch, ninguno de los diversos grupos privilegiados, se atreve a cambiar en lo más mínimo su posición básica, pues cada parte teme perder ventajas y que las gane otra. De modo distinto a lo que sucede en un combate de boxeo, aquí no hay ningún árbitro que intervenga y deshaga el nudo en que han quedado paralizados los contrincantes”. En este pasaje se refiere Elias, como grupos privilegiados, a distintos sectores de la nobleza o de la burguesía francesas del antiguo régimen. Sin embargo, la cita se puede aplicar con provecho a los “nuevos grupos privilegiados” bolivianos, habida cuenta del constante incremento de su caudal de poder desde 2006, gracias a los favores, privilegios, fueros (y también algunos derechos, hay que decirlo), otorgados por Morales y sus gobiernos, en favor de los llamados “movimientos sociales” o simplemente, sectores populares de Bolivia (un agregado de corporaciones de claro tinte premoderno en cuanto a su organización, y de claro tinte capitalista o de valores materialistas, en cuanto a sus intereses). Ahí, claro está, no había espacio ni para los indígenas y sus formas autónomas, verdaderamente autónomas de organización, ni para las clases medias y sus formas “modernas”, postmaterialistas e individualistas de organización. Pero todo andaba relativamente equilibrado hasta el 20 de octubre de 2019, cuando estalló el conflicto postelectoral, que en el fondo es revelación de otra cosa: los equilibrios de poder garantizados por el MAS (muchas veces por la simple imposición, otras por el consenso), estallaron para siempre.
  6. ¿Y qué pasó entonces con la oposición al MAS, que de haber cobrado gran fuerza en las revueltas callejeras de octubre-noviembre de 2019, perdieron estrepitosamente en las elecciones de octubre de 2020? En primer lugar, la oposición al MAS no son los partidos, ni es la derecha, ni el imperialismo, ni los vendepatrias, ni los “pititas”, etc., como tanto les gusta etiquetar de manera maniquea, a los voceros de esta agrupación política. La oposición se reveló a través de miles o cientos de miles de personas comunes, menos organizadas corporativamente que los seguidores del MAS, aspecto que es, al mismo tiempo, su fortaleza y su debilidad. Los políticos que trataron de asumir la representación de este enorme contingente humano cansado de los abusos del MAS, no supo, o no pudo (hay que recordar que la aparición de la pandemia de SARS-CoV-2 jugó a favor de los ya fanatizados seguidores del MAS), garantizar un cambio permanente del caudal de poder hacia otros sectores sociales no protegidos por el MAS. Así que la oposición no es real, porque no se asentó más que en el hastío y el hartazgo de muchas personas contra el MAS. Sin embargo, esas personas siguen ahí, y si bien resignadas por el momento a su suerte, siguen ahí, y la indignación puede volver a crecer en cualquier momento, más allá de los partidos o líderes que encaucen dicha exasperación.
  7. 2021: el MAS perderá terreno, porque ya no garantiza equilibrios de poder entre facciones de sus seguidores. Pero al mismo tiempo de perder terreno, y ante los miedos y odios desenfrenados de los seguidores del MAS contra todo aquél al que ellos deciden calificar como “pitita”, o “derecha”, puede también crecer el carácter intimidador, violento y autoritario de los seguidores del MAS, y esto puede verse reflejado, como es típico de las políticas populistas, en un ordenamiento jurídico que lo que termina haciendo es legitimar idiosincrasias, permitir impunidades, aumentar privilegios y ventajas comparativas en favor de unos y en contra de otros. Pero todo esto significará una aún mayor erosión de su otrora “unidad orgánica”, o lo que es lo mismo, de su sistema estable de equilibrios de poder, de repartición de beneficios, prebendas y privilegios. Aquí no está en juego, en absoluto, la capacidad de las personas, los méritos, ni siquiera las necesidades básicas, los derechos humanos, el respeto a la naturaleza, en fin: no está en juego nada de eso que llamamos “democracia” y que constituye los valores modernos, pero más que nada, humanistas, de las sociedades contemporáneas. Parece que una vez más, y de manera aún más patente, volvemos al siglo XVII, y a la tan denostada, paradójicamente por el MAS que es quien la impulsa, sociedad colonial.

2021, lo que se viene

Noticia Anterior

10 consejos para el 2021

Siguiente Noticia

Comentarios

Deja un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *