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Javier Menchaca, “Mencho”, ilustrador gráfico del diario Opinión, dibujó a nuestro escudo patrio con un gran lazo negro en la parte superior, donde estaba antes el cóndor. Hacia abajo, en la caricatura, el cóndor está desplomado, muerto, con un hilo de sangre saliéndole del pico. Por su parte, la alpaca se muestra horrorizada y gira la cabeza mirando hacia el despojo de nuestro animal totémico.

La viñeta de “Mencho” hace referencia a lo sucedido hace días. Las fotografías en las redes y prensa mostraron los cadáveres de varios ejemplares de cóndores diseminados en una zona rocosa de Tarija, en la comunidad de Laredas Norte. Dolió ver los cuerpos de las aves que, incluso de muertas, exhibían el bello plumaje y algunas el collar blanco que caracteriza a los machos, todas desparramadas en medio de una zona rocosa.

Los comunarios fueron los primeros en denunciar el biocidio a la Alcaldía de Tarija. Correspondía hacerlo, puesto que los campesinos transfirieron 56 hectáreas a ese gobierno municipal para manejo de fauna y flora de la región.  La Alcaldía de Tarija no solo no estaba en conocimiento de la masacre de los cóndores dos semanas antes del 10 de febrero, sino que no hizo nada en primera instancia, probablemente por falta de personal, recursos para movilización o simplemente desidia. Fueron las redes las que alertaron del biocidio. Posteriormente, una comisión multidisciplinaria de autoridades del Ministerio de Medio Ambiente y Agua, Gobernación y Alcaldía, junto a otras instituciones como la Fundación Naturaleza, Tierra y Vida (Nativa), se presentó en el lugar y constató la magnitud de la masacre. Primero se habló de 30 cóndores. Luego, se supo que en realidad eran 35 aves (o 34, según otros datos).

Parece haber sucedido que un puma merodeada por la región y habría ocasionado pérdidas en el ganado ovino de los comunarios. A alguien (o a varios) se le ocurrió colocar veneno en un chivo muerto para matar al puma, pero lo que logró fue asesinar a 17 parejas de cóndores, hembras y machos más un cóndor anciano, además de otros animales (suchas, perros, etc.), que fueron hallados muertos en unos 50 metros a la redonda. La gravedad del biocidio la expresó el biólogo Juan de Dios Garay, de la Fundación Nativa, quien alertó de que “puede haber muchos pollitos y huevos sin eclosionar dejándolos abandonados”. Esto significa que las 17 parejas de cóndores pudieran haber tenido en sus recónditos nidos a otros tantos polluellos esperando por sus padres, lo que ahondaría la magnitud de la masacre.

Otro biólogo, Diego Méndez, calculó que estas muertes representan el cinco por ciento de la población mundial de cóndores, es decir, es una hecatombe, como si todo un pueblo hubiera desaparecido. Es todo un pueblo entero de cóndores el que ha perecido, con la desgracia agravada de polluellos que también morirán.  Esto cobra mayor gravedad ante el hecho de que el cóndor está en una situación vulnerable.

No solo Bolivia exhibe el cóndor como emblema en el escudo, sino también Ecuador, Chile y Colombia. En su caso, Chile muestra al cóndor como un soberano, con una corona de rey sobre su cabeza y muy erguido, un tanto humanizado. Ecuador, por su parte, tiene al cóndor tal como Bolivia, en la parte superior, la cabeza de perfil y con alas desplegadas. Colombia luce al cóndor de frente, con alas desplegadas, naturalmente.

Ante la evidencia de la desaparición del cóndor, Chile y Ecuador han desplegado grandes esfuerzos para la conservación del cóndor. Ecuador, por ejemplo, ha dictado penas de cárcel a los biocidas de cóndores casi equivalente a un asesinato de humano. En los últimos tiempos, desde el Ministerio del Ambiente, han liberado más de cien cóndores rescatados de muerte segura (baleados, casi envenenados, alas quebradas) y los han soltado en su hábitat natural luego de rehabilitarlos, en medio de emotivos rituales, con filmaciones que registran el despliegue del vuelo del ave hacia su libertad. Pero, no solo eso, sino que les han colocado bandas alares para monitorearlos por medio de equipos de GPS y radios de comunicación. Vamos, que es una logística y personal altamente calificado.

Chile, por su lado, tiene instalaciones que funcionan con programas pagados por organismos internacionales, para liberar con éxito condorcitos nacidos en cautiverio. Ante la evidencia de la dramática disminución de estas aves, los especialistas chilenos monitorean la puesta de huevos y la eclosión de pichones. Cuidan mucho de no interactuar con los pequeños cóndores para no habituarlos a la presencia humana y así luego soltarlos a la vida silvestre.

Por otra parte, sin tenerlo en su escudo, Perú y Argentina desarrollan acciones muy poderosas para la conservación del cóndor. En forma similar a lo de Bolivia, los campesinos peruanos también persiguen al cóndor; lo acusan de robarse terneros y hasta a pastoras, muchachas a quienes supuestamente se las llevarían en sus garras. Sin embargo, en los últimos tiempos, han conseguido sensibilizar y educar a los comunarios. Nada sería posible sin la participación de la comunidad y ahí son agentes muy importantes los niños, desde la escuela. Las redes muestran casos muy exitosos de liberación de cóndores rescatados con perdigones en las alas, moribundos por envenenamiento. Los amautas realizan sahumerios, la población toca quenas, invocando una  feliz aventura en libertad del cóndor, al cual suelen poner nombre (Sayali, Luracatao, etc.)

Argentina no se queda atrás. En Salta, tienen un programa muy exitoso de una clínica de cóndores. Cuentan con un centro de rehabilitación, donde reciben a cóndores apaleados, envenenados, baleados, etc., toda la sarta de maldades que pueden hacerles los humanos. Tanto prestigio tiene este centro, que recibe cóndores del exterior. Por ejemplo, el cóndor peruano Sayali estuvo hospitalizado en Salta. En total, ya son como 200 cóndores reintroducidos en la naturaleza. Claro está que el centro cuenta con un equipo de veterinarios, cuidadores y educadores, lo que significa fondos asignados por el Ministerio de Ambiente.

Así, en otros países donde habita el cóndor, se han implementado acciones vigorosas para la conservación del cóndor, ave magnífica, grandiosa, como ninguna otra. En cambio, en nuestro país, se camina en reversa, en procura de exterminarlos, sea intencionalmente o por accidente. De momento, ahora, podría haber sido útil un despliegue de los expertos en búsqueda de las madrigueras de los cóndores muertos. Los expertos deben conocer más o menos el área donde anidan. Ahí debe haber helicópteros o escaladores para dar con los polluellos y ver si se los podría enviar a Argentina o a Chile. Utópica idea, imposible de materializarse. En las dos semanas transcurridas, los pichones ya deben estar muertos. Supuesto que estuvieran aún vivos, sería tarea titánica dar con ellos. Adiós, polluellos, nunca sabrán por qué sus padres no retornaron.

Finalmente, tenemos dos opciones: o educarnos en el respeto hacia el cóndor y su conservación, o resignarnos a retirarlo del escudo nacional. Tal como somos de biocidas, la opción parece estar sellada.

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