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La educación que reciben hoy las niñas, niños, adolescentes y jóvenes en Bolivia enfrenta todo tipo de problemas y deficiencias, pero no nos sentamos a debatir sobre los mismos a partir de una posición honesta. Lo único que hemos aprendido muy bien en el país es a buscar y encontrar, en todo, culpables; pero no a asumir una posición autocrítica, porque nadie quiere asumir el papel del malo de la película.

Existen demasiados intereses en juego de los diferentes actores y una falta total de autocrítica para abordar una problemática que amerita serios estudios y soluciones transversales en y desde todos los frentes: Gobierno, autoridades de colegios, universidades, padres de familia y sociedad en general.

Al Gobierno no le interesan las observaciones ni las críticas porque quiere dar la impresión de que la educación en Bolivia marcha bien y es una taza de leche y, por ello, nadie critica. Esa forma autoritaria de mirar y manejar los problemas que se presentan no está haciendo otra cosa que profundizarlos y hacer que estos naden por ríos subterráneos que igual terminan saliendo a la superficie mediante el nivel de profesionales con los que las universidades aportan al país.

Guardiana investigó sobre las áreas del conocimiento vinculadas a las matemáticas y al manejo del lenguaje en los colegios, sobre todo en el nivel del bachillerato que representa el eslabón de conexión entre estos establecimientos educativos y las casas de estudios superiores tanto en la lectura como en la escritura y lo que encontró es un nivel bajísimo de los bachilleres, con el que no saben qué hacer en las universidades y las soluciones tampoco han dado resultado.

Veamos un poco a uno de los actores: las y los profesores de colegio tienen varios problemas que enfrentar en el aula. Por un lado está la cantidad de estudiantes que deben administrar. Se sabe que ya debería ser menor por disposiciones del Gobierno, pero el número sigue siendo alto. Y como quienes enseñan se siguen sintiendo mal pagados, cansados y poco incentivados por estudiantes que ni los escuchan, muchos optan por el camino fácil en los exámenes: pruebas de elección múltiple que de poco o nada sirven para enseñar a leer y escribir bien. A ello habrá que añadir que ellas y ellos mismos, con contadas excepciones, no leen ni redactan bien. Basta ver sus informes o power point para darse cuenta de ello.

Pero las y los profesores tampoco quieren hacerse de más problemas, porque el sistema educativo actual ha sido diseñado para que nadie se aplace y eso lo saben muy bien los papás y mamás que se encargan de recordárselo al maestro de mala forma, incluyendo amenazas de por medio. ¿Qué hacer? Mejor aprobar a quien no debiera aprobar y así los "retoños" avanzan dentro de una burbuja familiar hasta llegar a las universidades. Claro, hay nuevamente excepciones, pero a costa de sumar uno tras otro problemas con los padres de familia y, por ende, con el colegio.

Una vez en las universidades, esta historia no mejora. En las públicas el problema del alto número de estudiantes por aula empeora. Pueden estar en lista, como si nada, 80 y más estudiantes para aprender o nivelarse, por ejemplo, en lenguaje. Acto seguido vuelven las pruebas de elección múltiple, tan naturalizadas que nadie objeta nada, ni el docente que sabe que no es la forma correcta de enseñar a leer y escribir. Pero mejor callarse si se quiere dar clases y tener un pan para llevarse a la boca.

Y cuando la niña, niño, adolescente o joven llega a su hogar, si bien ahí no existen los exámenes de elección múltiple, tampoco hay la contraparte esperada en personas que dedican poco tiempo a sus hijas e hijos y también presentan problemas similares (de lectura y escritura), reflejados en sus trabajos y si es que, además, viven en Bolivia, porque uno de los fenómenos poco estudiados es el de las secuelas que ha dejado la migración en hijos que siguen estudiando en Bolivia, pero sin sus padres.

¿Qué hacer frente a tal descalabro? Pareciera que no queda otra que todos los protagonistas de esta historia se sienten para poner las cartas sobre la mesa, a partir de un principio de honestidad y desarme intelectual. ¿Es esto posible en una Bolivia dividida hoy entre los buenos y los malos?

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