Haití, diciembre de 2024
El hombre sobre el tejado y el ferrocarril subterráneo (Parte I)
En el vídeo un policía persigue a dos hombres negros que huyen sobre un tejado rojo. Quiere acorralarlos, pero uno de ellos lo sobrepasa con una finta y corre. El otro, una figura delgada que viste un chaleco reflectante como los que usan los trabajadores de la construcción, queda atrapado. El agente lo captura y lo agarra de la ropa. El hombre intenta liberarse, pero el policía lo lleva hasta el borde del tejado. Y lo lanza. “¡Baba, Baba (Dios mío, Dios mío), lo mataron!”, exclama en creole, el idioma haitiano, la mujer que graba el vídeo desde un celular. El hombre del chaleco reflectante desaparece del plano. La mujer queda sollozando.
El vídeo lo recibo el 4 de octubre por la tarde, dos días antes de aterrizar en Santo Domingo, la capital de República Dominicana. La fuente que me lo manda no sabe nada de sus tres protagonistas, ni de la mujer que se lamenta. Tampoco sabe en qué lugar se grabó. Las casas bajas de techo de lámina se parecen a las de cualquiera de los barrios donde, según han documentado ongs de derechos humanos, las autoridades dominicanas detienen a cientos de jóvenes, niños y mujeres con y sin sus bebés para encerrarlos en jaulas rodantes antes de ser deportados a Haití.
De lo que está convencido mi contacto es que la escena ocurrió entre los últimos días de septiembre y los primeros de octubre de 2024. El gobierno de Luis Abinader ha prometido sacar del país a 10.000 haitianos por semana y la Policía de Migración, la Policía Nacional, las Fuerzas Armadas, y parte de la población dominicana, incluso armándose, trabajan en conjunto para cumplir esa promesa y “defenderse” de lo que la narrativa oficial ha llamado una “invasión”. Durante el mes que estaré reporteando, el gobierno deportará a casi 28,000 haitianos. Mi contacto también cree que el hombre del chaleco ha muerto. Sería lo normal luego de una caída de ese tipo.
Para mí este vídeo representa el espíritu de esta lógica violenta que parece haber poseído a la República Dominicana contra sus vecinos: dos hombres negros huyendo sobre un tejado, un uniformado persiguiéndolos, un hombre lanzado como una bolsa se desechos, una mujer que llora.
Vídeos similares donde policías ejercen la brutalidad contra personas negras despertaron la indignación y movilización colectiva en países como Estados Unidos. El movimiento Black Lives Matter, que derivó en las mayores protestas cívicas en Estados Unidos desde hacía sesenta años, nació después de que en mayo de 2020 un vídeo mostrara cómo la policía asesinaba a George Floyd mientras exclamaba “I can´t breathe (no puedo respirar)”. La mayor revuelta cívica de California en siglo XX estalló luego de que un jurado compuesto en su mayoría por blancos absolviera a policías blancos por la golpiza colectiva del afroamericano Rodney King en Los Ángeles, aunque quedaron inmortalizados en un vídeo que una vecina grabó mientras exclamaba cosas parecidas a las que escucho en el vídeo que ahora tengo en mi poder.
Es por eso que al llegar a Santo Domingo me acompaña lo que se irá volviendo una obsesión: encontrar al hombre del vídeo, o su tumba, o a alguien que lo extrañe; poder, además, responder qué fuerzas operan para que no haya juicios, ni investigaciones, ni protestas, ni fuego.
Un policía arroja a un hombre de un tejado en algún lugar de República Dominicana en medio de la política de deportaciones masivas de haitianos del gobierno de ese país.
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Tengo una cita en MOSCTHA, una ONG de apoyo a la población haitiana, pero al llegar a las instalaciones un grupo de ultranacionalistas de ropas oscuras que se hacen llamar Código Patria ha bloqueado la entrada. No permite a nadie entrar o salir. Son unas 50 personas con banderas de República Dominicana y retratos de Juan Pablo Duarte, el prócer que lideró la guerra de independencia con respecto a Haití en 1844. Han puesto un parlante frente a la entrada de la institución y gritan consignas anti haitianas. “¡No queremos haitianos aquí, que se vayan para Haití!”.
La institución funciona como clínica para los migrantes haitianos con papeles y sin ellos, tiene una cabina de radio donde transmite en creole para informar a la comunidad haitiana en el país y un programa especial para atender a gente con VIH. “¡Si no se van los sacamos, República Dominicana para los dominicanos!”, chilla Wendy Santiago, la líder fundadora de Código Patria. Pasadas unas dos horas paran las consignas y los insultos, guardan sus parlantes y sus banderas y se van. La clínica vuelve a abrir y los pacientes aparecen de nuevo, como si esta mañana del 7 de octubre de 2024 hubiesen estado escondidos en las cercanías.
En la parte alta de la clínica me recibe Joseph Cherubin, el director de la institución. Estoy acá porque va a darme acceso a una red de líderes haitianos en República Dominicana. Se trata de líderes locales, representantes sindicales, pastores evangélicos y ungans, mambos y bokos, como se les conoce a los sacerdotes y sacerdotisas de la religión vudú, que han establecido un sistema, muy rudimentario y cuasi clandestino, de apoyo a la comunidad migrante. Es esta red la que organiza colectas para sufragar los gastos médicos de los haitianos enfermos o heridos, la que brinda cobijo y protección cuando las redadas migratorias arrecian, y la que documenta las constantes vejaciones de las autoridades y grupos ultranacionalistas. Es esta red de pocos recursos y escasas conexiones internacionales la barrera que separa a muchos migrantes haitianos de la muerte y otros horrores.
Redes de este tipo han acompañado a la comunidad afroamericana casi desde la época de los grandes raptos de personas en África y los años de las colonias y el esclavismo. En el siglo XIX Harriet Tubman, una mujer negra esclavizada en el sur de los Estados Unidos conocida como “Moisés”, lideró una red clandestina que luchaba por la abolición de la esclavitud y apoyaba la huida de esclavos desde el Sur hacía los estados abolicionistas del Norte. A esta red clandestina se le conoció como “El ferrocarril subterráneo” y se calcula que al menos 100.000 esclavos la utilizaron para liberarse. En 2017 el escritor Colson Whitehead ganó el Pulitzer con su novela El ferrocarril subterráneo, basada en ese episodio histórico, y en 2023 el director Barry Jenkings la adaptó en una serie para HBO. En República Dominicana, un ferrocarril parecido, creado por hombres y mujeres negros, opera hoy. Éste, como aquél, debe hacerlo en las sombras si quiere sobrevivir. Éste, a diferencia de aquél, no camina para que las personas dejen de ser propiedad y logren su libertad, más bien intenta que las personas sean tratadas como personas y se queden donde están.
El director Cherubin me lleva a su oficina y me explica que hay redadas para cazar haitianos por las mañanas y por las tardes. Me dice que los policías parecen tener cuotas de capturas diarias y que si no las cumplen entran por las noches a los barrios a raptar. Para mostrármelo saca su teléfono y abre sus carpetas con la recopilación de vídeos y fotografías que líderes haitianos en todo el país le han enviado en el último mes. El archivo parece interminable. Es como un gran menú de los horrores.
Una madre agarra a su hijo por fuera de las rejas de una de las jaulas rodantes donde los haitianos son trasladados en República Dominicana antes de ser deportados.
Me muestra decenas de vídeos donde personas negras corren de sus perseguidores uniformados, muchas veces también negros, como el de una mujer que grita que su bebé recién nacido morirá de hambre si ella no vuelve mientras la insultan y la arrastran hacia uno de los camiones jaula que el gobierno ha destinado para la deportación. O la mujer que aprieta al bebé contra la reja de uno de sus camiones para que no caiga a la calle mientras el camión está en movimiento. O el de tres hombres uniformados que le dan a un hombre negro un garrotazo en la cabeza. “¡Parate, coño, haitiano del diablo!”, le dicen mientras el hombre convulsiona en el suelo, desangrándose.
Me muestra vídeos que han sido grabados por personas detenidas y bajo custodia del gobierno dominicano: haitianos desmayados, hacinados como ganado en grandes naves sin ventilación; gente que grita en creole que llevan ocho días sin poder hablar con su familia ni tener derecho a abogados; personas defecando en una bolsa dentro de las jaulas rodantes luego de 12 horas de encierro bajo el sol.
Muchos de esos haitianos están en un enorme centro de detención ubicado en la localidad de Haina, en el mismo lugar que durante décadas sirvió como destino para los veraneantes dominicanos, y que, aunque suena como una mala broma, conserva su antiguo nombre: Centro Vacacional de Haina.
Entre estos vídeos no está el del hombre que el policía tiró de un tejado. Le pregunto a Cherubin por él y le digo que quiero encontrarlo. Me dice que la red se pondrá en marcha y que lo encontrará para mí. A él o a su tumba.
El “ferrocarril subterráneo” de los haitianos asigna a Moisés, un hombre de unos 40 años, como mi guía. Es calvo, de cuerpo macizo y sonrisa perfecta. Es un zorro viejo del Caribe que sabe cómo moverse en los barrios de haitianos en medio de la cacería de la policía.
Dos días después de mi visita a la ONG, Moisés me llama por teléfono: “Está vivo”.
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La encargada de la puerta del hospital de traumatología de Santo Domingo solo me deja entrar a mí, a Moisés lo espanta, como a un niño, o más bien como a una mosca. En el tercer piso, en la habitación 204, sobre una camilla, vendado de medio cuerpo y pálido, de un pálido grisáceo, está Keken, un haitiano de 22 años. Su hermano lo acompaña, pero ninguno habla español. Deben recurrir al ferrocarril para contarme su historia. Llaman a uno de los líderes, un pastor evangélico, y él traduce desde el teléfono para mí.

En la mañana del 1 de octubre de 2024 Keken se dirigía a su trabajo, en una fábrica de bloques de cemento, cuando la policía lo persiguió en una de las nuevas redadas migratorias. Él subió a un tercer piso, pero la policía corrió tras él, acorralándolo. Keken cayó hasta el suelo y ahí quedó inconsciente, con la cadera y varias costillas rotas más un rosario de quebraduras y magullones. Los policías lo vieron inconsciente y se fueron mientras él sangraba en el polvo de la calle.
El ferrocarril subterráneo de los haitianos lo ha cuidado desde entonces y ha conseguido un cupo en el hospital. Pero para poder operarlo les piden varias bolsas de sangre y unos medicamentos con un valor de unos 300 dólares que la red aún no ha podido conseguir.
Un grupo de médicos entra a la sala donde están también otros hombres muy lastimados. El doctor encargado va acompañado de un grupo de médicos y doctoras jóvenes. Le preguntan cosas a Keken, pero este solo levanta los ojos hacia su hermano que a su vez me lanza una mirada a mí.
Le digo al doctor que soy periodista, que estoy escribiendo algo sobre este caso y otros. “Acá atendemos a todo tipo de personas, no importa si son haitianos. Tenemos que atenderlos igual”, me dice en automático. Le explico que no hablan español pero que pueden utilizar al mismo pastor como intérprete, pero no quiere. Le pregunto cómo se comunican con los haitianos que no hablan nada de español. “Tenemos un colega que habla creole, pero acá intérprete no hay, a veces algo entienden o hay alguien acá que pueda traducir”, me dice. En el caso de que no haya nadie, como el de Keken, pues nada, se dan la vuelta y se van sin informarle al paciente sobre su condición. Le pregunto si hay muchos extranjeros en condiciones similares. “Sí, hay varios chinos, pero ellos son más responsables que los haitianos”, me dice y sigue su camino.
Keken llegó hasta República Dominicana hace apenas un año, nació cerca de Cabo Haitiano y vino a buscar trabajo y huyendo del caos violento de las bandas y la hambruna. No es seguro que vuelva a caminar. En caso que lo logre, es seguro que no lo hará como antes.
Keken no es el hombre sobre el tejado que busco, es otro hombre sobre otro tejado.
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“Seguiremos buscando”, me prometió Moisés el día que visitamos a Keken en el hospital. Llevo una semana en Santo Domingo cuando me llama de nuevo. “Una líder lo ha encontrado en Villa Mella”, me dice haciendo referencia a un barrio con gran concentración de haitianos. Me cuenta que la red ha hecho correr la información de que hay un periodista escribiendo sobre casos de abusos contra los haitianos y decenas de líderes, pastores, bokos, y activistas de todo el país están escribiendo, enviando vídeos, fotos y declaraciones. Un pastor evangélico haitiano ha escrito al ferrocarril subterráneo y dice saber dónde encontrar al hombre del tejado. Dice que una líder llamada Vania parece tener el caso en su territorio.
Viajamos juntos con este pastor de quien lo más prudente será no decir su nombre ni dar mayores señas, hasta un barrio populoso a una hora de Santo Domingo.
Vania me recibe en su oficina. Es una mujer rolliza y cabello hasta la barbilla. Tiene una cara amable y una sonrisa que contagia. Como Cherubin, dirige una ONG de apoyo a la comunidad haitiana migrante. La suya se llama Movimiento Socio Cultural para el Desarrollo de las Comunidades. Ella me habla de la crisis en su sector, de miles de haitianos desplazados, de niños que se quedan solos cuando se llevan a sus madres. Como Cherubín tiene su propio archivo de vídeos aterradores.
Las pocas ONG en defensa de los haitianos en Dominicana reciben decenas de vídeos de todo el país que muestran violaciones a los derechos humanos que sufre esta comunidad.
Vania dice que la ofensiva contra la comunidad haitiana se hace más grave con el tiempo, dice que parece ser cíclico. La historia parece darle la razón.
En los años treinta, el dictador Leónidas Trujillo prohibió muchas expresiones haitianas en este país y organizó uno de los genocidios más brutales de América Latina en 1937 con el asesinato de entre 5 y 15 mil haitianos en la franja fronteriza de Dajabón. El tirano fue asesinado en 1961, pero dejó sembrada la semilla del etnocidio que ahora vuelve a florecer.
En 2013 una reforma constitucional estipula que todos los hijos y descendientes de haitianos “ilegales”, a pesar de haber nacido en República Dominicana y de tener acta de nacimiento y cédula, dejan automáticamente de ser dominicanos, con la pérdida de derechos que eso incluye. Según las organizaciones haitianas —la falta de estadísticas oficiales no permiten una cifra más precisa— en un país de poco más de 11 millones de habitantes ahora mismo viven entre 500,000 y más de un millón de haitianos. Más de 200,000 personas están condenadas a ser apátridas, no son dominicanas pero tampoco son haitianas puesto que no nacieron ahí. Están condenadas a flotar en la incertidumbre de estar ilegales allá donde estén.
La Comunidad de Haitianos Organizados, un conjunto de instituciones pro migrantes, ha documentado en 2024 cientos de casos de niños deportados, de mujeres embarazadas y en periodo de lactancia enjauladas en condiciones lamentables y deportadas con y sin sus bebés, personas encarceladas en jaulas rodantes, sin las condiciones mínimas que apuntan los tratados internacionales. En los últimos cinco años este conjunto de ONG ha envíado un informe anual donde se consignan estas vejaciones a la Procuraduría General de la República sin que haya derivado en ningún tipo de investigación.
El discurso de odio, además, ha calado en la sociedad. Decenas de grupos antihaitianos amenazan, raptan y agreden a líderes y organizaciones haitianas con total impunidad.
No son casos aislados. No son policías descarriados. No son grupos de lunáticos que odian a sus vecinos. Desde 2021, cuando el éxodo haitiano comenzó a aumentar mientras su país colapsaba, República Dominicana ha deportado a 400.000 haitianos, según la Organización Internacional para las Migraciones. Lo que ocurre en esta isla del Caribe es un sistema de segregación racial. Es un apartheid.
Si se cumpliera la promesa de Abinader, en un año serían deportados tantos haitianos como habitantes tiene Asunción, la capital de Paraguay, o más de ocho veces los de Springfield, Ohio, donde según el bulo lanzado por el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, los haitianos comen mascotas.
Vania me muestra una de las acciones más eficientes para la protección de los migrantes. Es un vídeo que el tramo de la red a la que ella pertenece han elaborado para la comunidad haitiana. En él una mujer joven explica qué deben hacer cuando los persiga la policía, les dice que estén calmados, que traten de no caminar solos, les enseña algunas palabras en español y recalca que no deben pelear ni correr.
Cuando le pregunto por el muchacho del tejado, Vania dice que está vivo apenas y que agoniza en uno de los barrios de Villa Mella.
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La tarde siguiente Moisés me guía hasta Villa Mella. Los obreros haitianos van saliendo de las construcciones y llenan en masa los barrios marginales. Una patrulla de la policía nos sigue los pasos desde que llegamos a la zona. “Tú calmado, no van a hacer nada a periodista. Nos quieren quitar los cuartos (dinero), pero no van a hacer nada”, me dice Moisés en un español maluco y con una calma inquietante. Antes de que subamos la cuesta de entrada al barrio, la patrulla se nos atraviesa por delante. Dos hombres uniformados rodean el carro con actitud de vaqueros, con las manos en las armas.
Un agente de la policía nacional que se identifica como Oficial Reyes toma mis papeles y anota mis datos en una libreta. Ni siquiera pide los documentos del vehículo. “Haitiano, ¿tienes tus papeles, estás en regla?”, le espeta el policía a Moisés, que se los entrega en silencio, sin quitarle una mirada desafiante de los ojos.
Revuelven mis cosas y destrozan una caja de barras de granola que, en un intento por ser más saludable, guardaba en el asiento de atrás de mi camioneta. Nos preguntan a dónde vamos. No respondo. Se van, pero nos siguen por varias cuadras hasta que hacemos algunos regates y nos internamos en el cerro. Subimos hacia el barrio por calles de barro, sorteando los enormes charcos que la lluvia de anoche dejó a su paso. La mayoría son casas pequeñas de techos de lata y pequeños cubos de madera parecidos a barracones.
Luego de un buen tramo llegamos a una casa pequeña. Adentro, boca abajo en un pequeño catre de madera, está Daniel gimiendo de dolor. Su sonido es un pugido suave y largo como el de alguien que se ha golpeado el estómago. Hablar le duele, parece que gemir también. En la espalda tiene unos seis orificios de bala en la parte izquierda de la espalda baja.
A Daniel un policía le disparó por la espalda durante un operativo de deportación.
Hace unos días, dos policías le quisieron detener mientras iba a su trabajo en una construcción. Daniel no se detuvo y trató de escapar. Entonces uno de los uniformados le disparó por la espalda. El tiro fue a corta distancia, los plomos de la escopeta aún no se habían expandido mucho, apenas pocos centímetros. Los tiros no atravesaron a Daniel. Lo tumbaron. Según me cuenta su familia, los policías lo obligaron a caminar de rodillas un tramo y quisieron llevárselo. Pero cuando vieron que sangraba mucho y que el barrio comenzaba a ponerse bravo y grupos de hombres jóvenes se juntaban por las esquinas indignados, lo dejaron sobre el polvo.
Antes de irme, Moisés me dice que él se llevará mi carro, insiste en que los policías que nos detuvieron son los mismos que dispararon a Daniel y cree que podrían detenernos o jodernos de alguna forma. La gran red del ferrocarril haitiano necesita sacar estas historias del barrio y no se arriesgan a que mis fotos, grabaciones y vídeos terminen en manos de la policía. Me montan en una moto y me sacan por otros callejones.
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Después de mis fracasos, creo que no encontraré a ese hombre del tejado o sus restos, que ese caso quedará en el olvido, que su vida, o su muerte, solo pasará a la posteridad como un vídeo anónimo donde un policía anónimo lanza al vacío a un hombre sin nombre que había venido desde un país moribundo a trabajar y que ese día vestía un chaleco amarillo reflectante y un pantalón azul. Pero el ferrocarril subterráneo se manifiesta de nuevo.
Rony, uno de los líderes más activos de toda la red y cuyo nombre por supuesto no es Rony, me dice que los líderes le han enviado el mismo vídeo que tengo yo. Me dice que el muchacho está vivo y que está bajo la protección de Pastor Wilson, a quien nombra como si yo debiera saber quién es ese hombre.
Luego de un silencio dramático me cuenta que es un dirigente haitiano que opera en el otro extremo del país, en la joya turística de República Dominicana, Punta Cana. Ese pastor está siendo perseguido por las autoridades dominicanas por sus constantes denuncias y por llevar un registro en extremo detallado de los abusos, asesinatos y maltratos por parte de autoridades a la población haitiana. Ha sido amenazado varias veces y esto le vuelve arisco. Es muy difícil hablar con él por teléfono. Otros líderes haitianos que me cuentan sobre él lo describen como un hombre rudo, que además de ser líder comunitario y pastor es detective privado. Dicen que se guarda muy bien las espaldas.
Si quiero encontrar al hombre del tejado, asegura Rony, deberé ir hasta Punta Cana, a 200 kilómetros de Santo Domingo, y hablar con el pastor Wilson en persona.
Luego de caminar a ciegas buscando a un fantasma, la información que llega por el ferrocarril subterráneo rompe con el anonimato del hombre del tejado: Mikelson, el hombre del tejado se llama Mikelson.
La policía mata en Punta Cana (Parte II)
“¡La policía ha matado haitiano! ¡Corre!”
Dice el pastor Wilson por teléfono.
20 minutos después hago mi mejor esfuerzo para seguirle por las carreteras oscuras del Punta Cana profundo. El pastor maneja un pick up Nissan Frontier del 2005, o lo que queda de él. Parece que el carro renquea porque le han acomodado llantas más grandes de un lado, pero de todos modos lo pone a 120 kilómetros por hora. Son casi las 12 de la noche de un jueves y la ciudad está poseída por la fiesta como casi todas las noches. Cerca de los paraísos de playa festejan los turistas europeos, estadounidenses y algún que otro latinoamericano de dinero. En los colmados (tiendas) de los barrios festejan los dominicanos tomando cerveza fría y escuchando música a altísimos decibeles. Pero en el barrio de Matamosquitos, del sector de Fiusa, los haitianos se han convertido en una masa inconforme, colérica, porque la policía subió al cerro y mató.
Nos recibe una turba de hombres jóvenes que forman casi una pared humana topando uno de los callejones de Matamosquitos, la parte más austral y pobre del barrio. El pastor Wilson ha hecho para él y sus colaboradores gorras con un bordado dorado que dice “Derechos Humanos”. Lo que me habían contado de él en Santo Domingo se parece bastante a la realidad. Wilson es un hombre robusto, de hablar fuerte y de tono grave. Tiene 46 años. Nació en República Dominicana de padres haitianos que vinieron en los años 50 a trabajar la caña de azúcar. Es dueño de un pequeño negocio de pollo frito, y se dedica además a hacer investigaciones particulares como investigador privado y machaca con denuncias a fiscalía, policía y migración. Aunque no tiene ningún cargo oficial, los haitianos le reconocen como un líder.
Soy el único acá que no soy negro, y los haitianos se ponen agresivos al verme bajar del carro. Creen que soy dominicano. Pero el pastor les habla fuerte, en una mezcla de creole y español. “Journalista internacional, es el journalist internacional calme, calme”, les dice casi a modo de regaño. Me pego a él, lo más cerca que puedo, y avanzamos.
El cadáver de Gens Joacin rodeado de una multitud enfurecida porque el joven fue asesinado por la policía.
Un túnel humano se abre hasta dejarnos frente a Gems Joacin. No lleva ni dos horas de haber sido asesinado por agentes de la policía dominicana. Tiene al menos tres tiros en el pecho, posiblemente uno en el cuello y aún tiene los ojos abiertos. “Mire, acá están los hoyos de los tiros, si es que se los pegaron desde cerca”, dice Fifa, una líder comunitaria haitiana, quien con su vozarrón logra poner cierta calma sobre un mar agitado de hombres jóvenes. Fifa hace a un lado la sábana blanca que le ha puesto a Gems para salvaguardar la intimidad de su muerte, y casi mete el dedo por los agujeros para mostrarme que efectivamente por ahí pasó una bala.
Ella cuenta, y su relato es corroborado por al menos 150 personas que afirman con la cabeza y muestran vídeos, que la policía subió a capturar haitianos para deportarlos, que lo han hecho varias veces esta semana, y que eso generó una especie de pequeña revuelta en la cual Gems Joacin se llevó la peor parte. Me explican que hace pocos días han pagado en la mayoría de obras de construcción de Punta Cana, donde trabajan la mayoría de migrantes haitianos. Dicen que en estos días las indeseables visitas policiales son más frecuentes y más voraces. Aseguran que les piden dinero a cambio de no ser llevados y entregados a migración.
Esta noche, alrededor de las 23:00, al ver la patrulla policial, la gran mayoría corrió, otros se encerraron en sus chabolas de lata a esperar que la oscuridad y el silencio los escondiera, otros cogieron esas armas que usan los pobres cuando se encabronan: piedras. Gems Joacin no hizo ninguna de estas. Cuando la policía lo mató tenía las dos manos ocupadas. Venía de comprar diez pesos de hielo, dos jugos de sabor y tres panes para cenar en el colmado de la esquina a unos 60 metros del cuarto de lata que alquilaba para vivir solo. Cuando llegamos su última compra todavía está a centímetros del charco de sangre que salió de su boca, pero los panes y los jugos pronto desaparecen. No solo la policía azota al barrio, también la pobreza, también el hambre.
Fifa y los demás aún se refieren a él por su nombre, aún es él, no eso. Fifa, el pastor Wilson, los otros cuatro líderes que le acompañan, y la masa indescifrable de gente del barrio, creen que la policía subirá a llevarse el cuerpo. Dicen que es lo común, que ha pasado otras veces. El pastor Wilson, que aceleró su carro patojo porque tenía la esperanza de encontrar vivo a Gems Joacin, ahora se concentra en salvar sus restos, y con esto, dice, su identidad. “No vamos a dejar que lo boten en una vereda, como si fuera basura”, me dice con la cólera en la cara, con el gesto del guerrero. Aquel mar de hombres jóvenes insiste en que la policía quiere el cuerpo, me dicen en el mejor español que pueden conjurar que van a subir por Gems. Todavía le llaman por su nombre. Un grupo coge piedras y palas y se prepara. Van a defender a Gems. Están decididos a que no lo vuelvan cosa.
La voz de megáfono de Fifa logra controlar esta marea de testosterona iracunda. Parece una madre regañando a su hijos. En esta zona del país, donde es la construcción lo que más ocupa a la comunidad haitiana, hay muchos más hombres que mujeres; en su mayoría jóvenes. Obedecen a esa madre postiza pero esa sangre es sangre joven, y eso mezclado con la muerte y la indignación son tormentas que no amainan fácil. Un grupo comienza a soltar patadas a una puerta de lata y hay un conato de violencia caótica. No saben a quién pegar, así que se pegan entre ellos. Pero Fifa y su voz profunda de fierros viejos, nuevamente logra que el mar amaine. Entre ella y el pastor Wilson hacen un ejercicio de escuela primaria. “Si viene la policía, la medicina legal, vamos a estar tranquilos ¿verdad?”, y la multitud responde un “seee” que transmite más violencia que paz.
Un pick up pequeño y viejo se asoma por los callejones. Lo manejan dos haitianos jóvenes y musculosos. “Venimos a traer un cuerpo, nos manda la policía”, dicen. Aquello suena como dos groserías, dos malas palabras en el barrio Matamosquitos. Entonces empieza, es un sonido extraño, como el que hace un león justo antes de rugir. Sale del pecho, justo arriba del estómago de aquella gran criatura que forman los haitianos. Los dos hombres se congelan. Fifa y Pastor Wilson les dicen que se vayan, que se vayan rápido. Antes que el sonido se convierta en otra cosa y en el barrio haya dos cuerpos más. Los dos muchachos se van con su pick up, pero el barrio entero ahora confirma su temor: la policía quiere el cuerpo.
El pastor hace llamadas sin parar y en menos de una hora está acá una pequeña minivan con el logo de una funeraria. Dos hombres montan bruscamente a Gems, que ya se va poniendo rígido.
El pick up patojo del pastor y mi carro rentado escoltan el cuerpo de Gems a toda velocidad por calles de tierra y charcos con una premura que nada tienen que ver con la solemnidad de la muerte.
Al salir del barrio nos detiene un retén policial. Son dos patrullas con al menos siete agentes. El líder comunitario que viaja conmigo como copiloto se lleva las manos a la cabeza. “Es una emboscada, quieren el cuerpo”, dice. Nos piden bajar a todos de los vehículos. Sacan a Pastor Wilson de su carro cojo y me piden de malas formas a mi bajar también.
Fifa, una de las líderes haitianas en Punta Cana, explica cómo la policía mató a Gems Joacin. Un retén policial detiene el carro fúnebre en el que trasladan su cadáver.
Me ven con temor, no se esperaban foráneos por acá. Hago un ejercicio de blof que bien puede salir mal. Digo lo más alto que puedo: “Buenas noches, prensa internacional. ¿Quién está a cargo de este operativo? Lo necesito acá ahora mismo”. El policía joven frente a mí balbucea, me dice que él no es el jefe, que el jefe no está ahí, que vaya al cuartel. Les dice algo a los demás y se suben a la patrulla. Ven el cuerpo, le toman fotos, pero no se animan a llevárselo frente a mi cámara, que ya he encendido. Así que le ordenan al conductor de la minivan seguirlos hasta el cuartel.
El pastor ganó, todo lo que pueden ganar los que siempre pierden. Será más difícil que boten ahora el cuerpo. Ya está grabado y ya ustedes saben su nombre. Todo indica que gracias a la labor de los líderes haitianos, Gems Joacin, el obrero de la construcción que salió de algún lugar del Artibonit, en Haití, alrededor del año 2004, siendo muy joven, buscando una vida mejor, seguirá siendo él y no eso.
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Solo en los últimos tres años Punta Cana, el territorio donde Pastor Wilson resiste a las autoridades, ha recibido a un aproximado de nueve millones de turistas. Este lugar ha materializado el concepto de “paraíso tropical” y es por mucho el lugar más lujoso de las Grandes Antillas. Originalmente conocida como playa de los borrachos o playa de los pescadores, fue fundada a finales de los años 60 por un grupo de empresarios estadounidenses que vieron el potencial abrumador de ese pedazo de edén. Desde entonces se han construido más de 70 mega resort de lujo, con campos de golf y playas privadas, y cientos de hoteles de menor envergadura. En total hay disponibles 44.000 habitaciones para acoger veraneantes.

El magnate dominicano Óscar de La Renta quedó embrujado por las aguas cristalinas y decidió construir acá una mansión privada y un hotel, el Tortuga Bay, que es considerado como el lugar más lujoso de toda la isla de La Española. Lo mismo hizo el romántico cantante español Julio Iglesias, quien también construyó una mansión frente a una de las calas de arena blanca y agua turquesa. Punta Cana atrae a las celebridades como la miel a las hormigas. Por acá han pasado Shakira, Marc Anthony, Rihanna, Jenifer López, Justin Bieber y un rosario de grandes empresarios de todo el mundo. Pero este paraíso no solo es para famosos y millonarios. Miles de norteamericanos y europeos llegan en los cruceros todos los días y las discotecas y bares hacen que cada día y cada momento parezca sábado por la noche.
Todo este crecimiento acelerado, todas esas construcciones, necesitan materializarse en columnas, techos y vigas, y esas cosas no se arman solas, el dinero aún no tiene ese poder sobre los elementos. Más de 111,000 haitianos han llegado o han sido llevados por las grandes constructoras para volver esas ideas de grandeza algo tangible, según cálculos de investigadores locales. Los turistas también necesitan personas que reciben a los bañistas y les ofrecen una toalla limpia al salir del mar o la piscina, alguien que arregle sus cuartos y sirva sus langostas.
La gran industria del turismo ocupa al menos a 54.000 haitianos, según un estudio del Instituto de Migración de República Dominicana.
Las mismas personas que son perseguidas por las políticas de Abinader son esenciales para varios sectores económicos del país. Por eso los comerciantes de varios mercados se han manifestado en contra de las grandes deportaciones, dicen estar vendiendo menos de la mitad de sus productos por la ausencia de compradores haitianos. Se quejan también en el sector agropecuario, sobre todo los bananeros y cañeros. Incluso el ministro de Vivienda, Carlos Bonilla, ha aceptado que las deportaciones afectan gravemente el sector de la construcción. Todos hacen girar sus quejas en lo mismo: las deportaciones hacen que los trabajadores escaseen y esto deprime los procesos productivos y de consumo interno. El tema de derechos humanos no pasa a un segundo plano, ni a un tercero ni a un cuarto. No está sobre la mesa.
Un día de octubre, al final de la tarde, cuando el sol parece sonrojarse sobre un mar azuloso, una pareja de norteamericanos se casa sobre la playa. La gente de su hotel se ha encargado de acomodar altar y mesas para unas fotos perfectas. El hombre, un afroamericano de casi dos metros, le pone el anillo a su esposa justo cuando la tarde pinta su última escena. Más adelante un grupo de modelos son fotografiadas mientras posan orgullosas, imposibles, con el gesto de las divas en el rostro. Es hora agradable y un grupo de familias francesas flotan en las aguas mansitas del Caribe. Atrás, en la arena, cuidando las cosas de los bañistas, acomodando las tumbonas, entregando toallas y sirviendo el champagne de la boda están los haitianos, siempre haitianos, siempre atrás, siempre viviendo en los cerros, como Matamosquito, en donde ellos pueden hacer sus chabolas en pisos de tierra y techos de lata. Unas horas después de esta boda, la policía matará a Gems Joacin.

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Mi primer encuentro con Pastor Wilson se produjo tres días antes del asesinato, cuando estaba a 40 minutos de Punta Cana. El día anterior me había confirmado escuetamente por teléfono lo que Rony me había dicho: Mikelson estaba vivo, bajo su resguardo, y me guiaría hacia él. Pero el teléfono volvió a sonar por otro motivo. “Tienes que venir, acá tengo un caso terrible. Estoy en el hospital con un muchacho que… mejor ven, acá te muestro”
En el Hospital general Nuestra Señora de la Altagracia, al fondo de un pasillo, separado del resto de enfermos, se lamentaba Wikey, el hombre desollado.

En el área donde estaba Wikey no se permiten visitas, pero Pastor Wilson me coló como a una mercancía de contrabando con la complicidad de un seguridad haitano, que le guiñó un ojo al verlo acompañado de un hombre blanco. Wikey es un joven delgado con unas dreadlocks cortas. Tenía la mirada perdida y respondió a mi saludo muy despacio, muy suave, como si nos encontráramos en un sueño.
La vida parecía haberse ido ya de su cuerpo. Hablaba y miraba como desde el fondo de un pozo. Tenía casi la mitad del cuerpo desollado, sin la piel y la carne que suele rodear los huesos. De la rodilla derecha hacia abajo tenía ya un color negruzco, como chamuscado. “A él una jepeta (camioneta) lo arrolló, parece que adrede, en la madrugada, y lo arrastró por la calle un kilómetro completo. Se soltó en una curva porque ese hombre jamás paró”, me explicó en secreto Pastor Wilson. Me dijo que las vecinas de ese muchacho lo habían llevado al hospital municipal de Verón, Punta Cana, entre el 1 y el 3 de octubre, pero ahí lo mandaron para su casa.
En su casa de piso de barro y todo lo demás de lata, plásticos y madera había languidecido Wikey durante 17 días. Fueron justo los días donde los operativos policiales de migración estaban en su auge y sus vecinas huyeron del caserío. Se quedó solo con un poco de arroz y agua, tratando de no hacer ruido y con la puerta trancada, esperando no ser descubierto por migración, la policía o el ejército. Así había pasado poco más de dos semanas, con el cuerpo infectado, hambriento y moribundo hasta que lo encontró Pastor Wilson, lo movió en su pick up patojo y movió sus contactos para que lo recibieran en este otro hospital.
En el hospital Pastor Wilson se encargaba de decir a cualquier persona con la que se topaba que le acompañaba “un hombre de la prensa internacional”. Un enfermero llegó con una camilla y se llevaron a Wikey a hacerle rayos X. Luego lo pasaron a una sala más grande donde al parecer, por fin, lo atendería una médico.
Tres mujeres jóvenes conversaban relajadamente en esa sala sobre la medida de un mueble que una de ellas instalaría en su casa. Las mujeres no ocultaron su horror al ver al hombre desollado. La doctora se acercó a revisarlo y a hacerle preguntas que Pastor Wilson traducía con premura. Cuando le explicaron que tenía 17 días infectándose reaccionó muy molesta: “¿17 días que tú estás así? Muchacho pero viendo como tú estás y hasta ahora vienes al hospital. Dios mio…”.
Pastor Wilson le explicó que no había podido salir por temor a ser capturado por migración. La doctora ignoró esto último, le dio un par de regaños más y se fue. Entonces vino una enfermera y le lanzó un paquete al pastor Wilson. “Tú eres el responsable de él, desnúdalo y ponle este gorro y esta bata que ahora va para curación”, le dijo.
El pastor Wilson cambia a Wikey en un hospital, un joven haitiano desollado.
Pastor Wilson comenzó a quitarle poco a poco la ropa, que a estas alturas ya se fundía con la piel, Wikey apretaba los dientes, abría los ojos y manoteaba en una lucha agónica, como si, poseído por el dolor, desconociera por momentos a su benefactor. Pero entonces el pastor le susurró al oído, le habló de un futuro distinto, le dijo cosas buenas en creole. Parecía tararear bajito una canción para él. Logró calmarlo y la ropa iba cediendo, se iba desprendiendo muy lento, el pastor iba centímetro a centímetro y aunque lo hacía con cuidado arrancar tela era quitar también parte de Wikey. Logró quitar una parte, tela y piel se habían aliado en una sola cosa y el pastor parecía estarlo descascarando, pero Wikey lo miraba tranquilo, lo escuchaba y parecía seguir el hilo de esa historia bonita que el pastor le cantaba. Parecía creerle. Supongo que es así cómo luce la bondad: en medio del horror, una persona cantando bajito y prometiendo cosas buenas, mientras cambia la ropa de un hombre desollado.
***
Después de la noche en que la policía mató a Gems Joacin, el pastor me lleva cerca del Barrio Fuisa. Le he dicho que me gustaría conocer a Mikelson, el pastor Wilson me dice que me llevará con él.
Llegamos a un cerro donde esta semana los haitianos, hartos de las vejaciones de los uniformados, lanzaron una tormenta de piedras sobre las patrullas. Tuvo que llegar el Ejército a sacar a esos policías de ahí. En las cuarterías, lugares donde los haitianos alquilan pequeños cuartos temporales para vivir, se respira un aire de alerta. La cacería de las autoridades ha sido tan abrumadora que los haitianos dejan sus ventanas abiertas para escapar por los tejados en caso de redada.
Damos varias vueltas por el barrio, Pastor Wilson va saludando a todo el mundo. Nos detenemos en una cuartería de dos pisos y toca una puerta de lata. Un hombre joven sale a medio vestir de ese pequeño horno. Lleva la cara llena de residuos de pintura. El pastor le pregunta por algo, el hombre señala otra chabola de lata, el pastor lo regaña. El hombre va con prisa, abre una puerta con un candado y sale con una bebé en brazos. No soy bueno con la edad de los niños y las niñas pero esta no llega al año. Su madre fue raptada la segunda semana de octubre en las calles de Verón, Punta Cana. Fue metida en una de esas cosas infernales con ruedas y rejas donde apiñan a los haitianos, y llevada a una de las cárceles que funcionan como paso previo a la deportación. Dejó a la bebé en su chabola, suplicó a los agentes que las deportaran juntas, pero no logró nada. Pastor Wilson se enteró y fue a por la niña, que tuvo en su casa, donde vive con su mujer y sus hijos, por varias noches, luego la entregó a los vecinos de la mujer.
—¿Cuántos bebés ha tenido que recoger en casa en lo que va del año? — le pregunto al pastor.
—Mmm varios, Juan, varios — me responde con una sonrisa tristona.
—¿Serán unos cuatro? —le pregunto después de hacer un cálculo para mí ya horroroso. Pero el pastor salta como un resorte.
—¿Como cuatro, tú estás loco?—.
Pastor Wilson dice haber tenido que resguardar al menos unos 25 niños menores de 10 años en los diez meses que van de año.

El muchacho de la cara manchada de pintura no sabe cómo se llama la bebé ni cuántos meses tiene, no sabe cómo se llama la madre ni si regresará. El pastor lo tranquiliza, le dice que ha conseguido que liberen a la madre y espera que en la tarde estén juntas de nuevo. Mientras, el ferrocarril subterráneo, esa red semi clandestina de líderes y organizaciones haitianas que resiste al apartheid, cuidará de ella.
Vamos luego a otro barrio y luego a otro en busca de Mikelson. Los casos parecen infinitos y los líderes no quieren perder la oportunidad de que un “journalist” documente las tragedias en sus lugares. El de la mujer que fue sacada del hospital el mismo día que le hicieron una cesárea y tuvo que esconderse de la migración en su chabola junto a su bebé por una semana con talco para pies como única medicina. El del hombre que se tuvo que esconder en un hueco lleno de botellas de vidrio y su cuerpo quedó como mordido por mil pirañas.
Llegamos al fin a un edificio que funciona como cuartería y ahí sale un hombre con ambas piernas enyesadas. Fue el resultado de ser lanzado desde muy alto por un policía de migración.
—Bonjour, Mikelson, je vous cherchais. C’est un plaisir —le digo mi frase ensayada con la peor pronunciación con la que se ha hablado alguna vez el francés desde que se inventó.
Me saluda muy amable, pero su nombre no es Mikelson, mi hombre del tejado. Su tragedia, que le tendrá sin trabajar al menos seis meses, no fue grabada por nadie.
En este momento llego a creer que ese ferrocarril subterráneo, esa gran red de líderes haitianos quizá sí sabe quién es y dónde está Mikelson, pero para ella lo importante es mostrarme el horror del apartheid. O quizá no, quizá es solo que hay demasiados Mikelson en República Dominicana.
***
Gems Joacin descansa donde deben descansar los que mueren. Está metido en una caja muy sencilla de madera y sin vitral que el pastor consiguió comprar con ayudas de sus feligreses y con dinero de su propia bolsa. La policía tuvo que devolver el cuerpo y habrá una investigación sobre el caso. La gran mayoría de estas pesquisas no llegan a nada, pero al menos habrá registro y sobre todo no fue botado en una zanja en medio de basura de caña.
La última semana de octubre el pastor Wilson, su equipo de líderes y algunas personas del barrio se despiden de Gems Joacin cantando. Es una canción triste, como lejana. La cantan lento, alargando las vocales y con un ritmo que recuerda a los cantos rituales de algunas sociedades africanas.
“Ven a él, ven a él. Veeeeen a éeeeel. Que te espera tu graaaan salvador, ven a él…”.
Entierro de Gems Joacin, que murió asesinado por la policía.
La melodía me recuerda a otra canción, la que canta el viento sobre los campos infinitos de caña verde. Evoca a otro tiempo, me recuerda las cosas buenas que aún se albergan en el alma humana.
El pastor me dice que me prepare, que mañana sí va a llevarme a ver a Mikelson. Ya no se si ese hombre solo quedará registrado en la posteridad como la persona que un cronista no encontró. Sin quererlo ya me mostró mucho. Ya a estas alturas soy como una veleta. Estos hombres y mujeres me llevan por este paraíso caribeño que para ellos es un infierno diario. Yo solo me dejo llevar.
La ventana abierta de Mikelson (parte III)
Atravesamos una pequeña calle de tierra amarilla y de pronto desaparece lo distinto. Un paredón verde de unos dos metros de alto, muy tupido, crea una especie de túnel a los dos lados. Todo lo que nos rodea es caña de azúcar. Durante el entierro de Gems Joacin la melodía del viento en los cañaverales me parecía bondadosa, ahora siento que es una música más melancólica, como de otro tiempo. Pastor Wilson me dice que si se “navegara” por esta especie de mar verde sería posible cruzar los cerca de 200 kilómetros que separan Punta Cana de Santo Domingo. Es nuestro penúltimo encuentro y salimos por la mañana con la promesa de encontrar a Mikelson. Me sorprende que lo busquemos aquí porque una de las pocas cosas claras del vídeo borroso que me obsesiona hace casi un mes es que el policía lanza a Mikelson desde un tejado de un barrio urbano. Pero no le digo nada al pastor. Creo que mi guía me quiere mostrar algo más, el origen de todos los males de la comunidad haitiana, que tiene que ver con endulzar el mundo para los otros.

En 2024 el corte de la caña y su procesamiento se hace todavía a machete y fuerza de brazos, como en la colonia, cuando franceses y españoles eran los amos de la isla. La caña aún representa una de las actividades económicas que más requiere de haitianos en República Dominicana y una de sus principales actividades agrícolas.
En la época de la colonia los esclavos vivían en bateyes, guetos de barracones donde no se juntaban nunca con los dominicanos (batey es una palabra del idioma taíno, que hacía alusión al juego de pelota, pero cuando los europeos exterminaron a estos indígenas pasó a denominar este hogar de trabajadores agrícolas). Las plantaciones pasaron de manos de los colonos, al Estado Dominicano y después llegaron las grandes transnacionales, como Central la Romana, la mayor de todas, propiedad de los hermanos Fanjul, una familia de origen cubano que ha creado un imperio del azúcar desde Florida. Las condiciones para los haitianos, sin embargo, han cambiado poco.
El Gobierno de Estados Unidos a través de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP por sus siglas en inglés) emitió en septiembre de 2022 una orden de retención de liberación para impedir la llegada a ese país a todos los barcos con azúcar o sus derivados provenientes de Central la Romana. Investigaciones de diversas entidades internacionales encontraron 5 de los 11 indicadores que establece la Organización Internacional del Trabajo para establecer que en un lugar hay condiciones inaceptables y abusivas para los trabajadores. Central la Romana negó las acusaciones de los investigadores norteamericanos, que detectaron en su exploración desde trabajo infantil hasta trabajo forzado, palabras modernas para nombrar algo muy parecido a esa gran maldición del pueblo haitiano: la esclavitud.
Llegamos al Batey la Romanita, una especie de isla de árboles que rompe la monotonía del mar verde. Un grupo de niños juega fútbol en un pedazo de tierra. “Mira, Juan, ahí está el Real Madrid”, me dice Pastor Wilson, y suelta una gran carcajada.
El batey está bajo un letargo. Varios hombres en cuclillas nos miran fijamente y algunas mujeres salen de los 14 barracones despintados. Un anciano nos llama con la mano, habla suave y en una mezcla de español y francés. Nos cuenta, mientras mueve la boca en un masticar fantasma, que luego de 53 años de trabajar en el batey no le han pagado su pensión. Oficialmente los trabajadores de la caña ganan 15 mil pesos al mes, equivalente a 283 dólares americanos. Sin embargo, no hay trabajo todo el año y en muchas ocasiones se les paga según el peso de la caña cortada. Con esta paga es muy difícil ahorrar para la vejez, sin pensión estas personas quedan a expensas de la bondad del batey y sus bateyanos, y a merced de la empresa y el apartheid.


Un grupo de ancianos que vegetan a la sombra de un antiguo barracón me cuentan que luego de perder la fuerza para blandir el machete en la zafra (temporada de corte) por décadas, Central La Romana los despidió y se niega a pagar indemnizaciones. Una mujer muy mayor me pide que le dé algo de dinero para comida y me muestra con una sonrisa lastimera que ya hace ratos perdió su dentadura. Otra mujer suplica al Pastor Wilson por ayuda. Le dice que su marido murió luego de trabajar más de 40 años en los cañaverales. Dice que delegados de la empresa le han visitado y le han dicho que posiblemente tenga que irse, ya que la casa que ha habitado toda su vida podrían necesitarla para nuevos trabajadores.
La escena tiene un aire espectral, pero todo indica que aquí tampoco encontraré a Mikelson, el fantasma que llevo buscando un mes. De pronto veo una especie de aparición.
Un autobús nuevísimo pasa muy rápido por la calle frente al batey dejando una estela de polvo amarillento tras de sí. Cuando pregunto a quienes lleva ese bus, y a dónde van o de dónde vienen, a los haitianos parece habérseles olvidado el español. En creole le dicen al pastor Wilson que son los norteamericanos. Le pido que insista y solo logra sacarles dos palabras: “Norteamericanos” y “vudú”.
***

Una noche de agosto de 1791, mientras tronaba en el cielo una tormenta eléctrica, una mambo o sacerdotisa vudú de nombre Fatiman lanzó un llamado hacia el cielo, a los loas africanos, y hacia abajo, a los guede, los muertos ancestrales. Las manos de hombres y mujeres negros hacían sonar los tambores como truenos en un lugar cerca de Cabo Francés, ahora Cabo Haitiano, en la parte francesa de la Hispaniola. Fue en esa noche que el sistema esclavista empezó a agonizar.
Cientos de esclavos negros huyeron de las plantaciones y se juntaron en un lugar perdido entre los montes, un lugar donde los extintos taínos, asesinados por los españoles y por las plagas que ellos traían consigo, veneraban a esos dioses que murieron con ellos. El lugar se llamaba Bwa Kayiman, o Bois Caimán, cuya posible traducción sería “bosque de los caimanes”.
La ceremonia la dirigía, además de la mambo Fatiman, Dutty Bokman, uno de los próceres de la independencia haitiana, un esclavo liberto que había llegado desde Jamaica y que, empapado de esas ideas francesas de libertad y igualdad entre las personas, pronto lideró a esa gran masa encolerizada de africanos raptados y sus descendientes.
Esa noche la mambo Fatiman sacrificó a un cerdo negro y los presentes bebieron su sangre y juraron acabar con los amos blancos. La tradición histórica dice que los loas bajaron por un gran árbol. Papa Legba, con todo y sus perros, abrió el panteón y luego bajaron Shangó, Debehlla, Achun; también el señor de la guerra y de los fierros Ogun, y el señor de los bosques y de los árboles Loko. Los loas venían acompañados de un ejército de guedes, los muertos ancestros. Aquella multitud, sintiendo la fuerza de esos dioses ofendidos que viajaron con ellos desde África, en los barcos europeos, se lanzaron machetes y punzones en mano sobre las plantaciones de caña.
No todos los esclavos venían de los mismos lugares, ni hablaban las mismas lenguas, pero sus prácticas rituales eran similares y sus dioses referenciaban a un mismo universo religioso. Así se entendieron. A golpe de tambor. Esa noche de agosto de 1791, en una de las grandes Antillas del Caribe, miles de esclavos pasaron por fierro a aquellos que les robaron la libertad, a los que trataron de convertirlos en animales.
***

Regreso a las plantaciones de caña para desentrañar el misterio del autobús blanco. Esta vez viajo solo. El interminable mar verde y los cascarones de viejos camiones juegan con la mente y me parece que he viajado al pasado, a un pasado etéreo, como desolado.
Pregunto por los norteamericanos y por el vudú, las dos palabras que le dijeron a Pastor Wilson el otro día. Pregunto con seguridad, como si supiera de lo que hablo, aunque en realidad no tengo idea.
Las respuestas de los extrañados haitianos me llevan hasta la parte trasera de un nuevo batey. Camino un poco y me encuentro con una vieja duela para peleas de gallos que parece abandonada y donde ahora juegan a las luchas cuatro niños casi esqueléticos. Hay algunas casas de madera con tejados macilentos de lata. Varios hombres jóvenes se me acercan, les digo las mismas dos palabras y uno mira un reloj en su muñeca. “Ya casi, a las 3 vienen”, me dice uno de ellos, y me señala una de las chabolas de madera con pinturas rojas y negras. Toco esa puerta y aparece un hombre viejo. Adentro hay tambores rituales, candelas, botes de talco para bebés, machetes y botellas de licor. Es un altar vudú, o parece serlo.
El anciano me dice que debo esperar a la dueña, que no pude dejarme pasar. Mientras esperamos se reúne un pequeño grupo de curiosos a ver de cerca al extraño que ha llegado haciendo preguntas. Me dicen que salir del batey es muy peligroso ahora que han arreciado las deportaciones. Varias personas han salido a comprar comida y no han vuelto jamás. Les pregunto por su comida diaria, me dicen que la dieta en el batey se reduce a yuca, arroz y plátano. Nunca juntos los tres. Le pregunto a una mujer mayor si comen de esa forma monótona los tres tiempos y me mira desde la frontera de la indignación y el enojo: “¿Tres tiempos? ¡Comemos una vez al día!”.
En ese momento aparece una camioneta. Desentona como desentonaría un refrigerador en un desierto. De ella se baja la bruja Margarita, así se presenta. Es una mujer dominicana, pequeña, de unos 50 años. Al principio me increpa, pero se calma cuando le digo que soy un periodista interesado en el vudú. Luego de charla y algunas preguntas suspicaces me invita a pasar al cuarto rojinegro.
La bruja Margarita me cuenta que esta casa es de ella y que organiza todos los días un show de vudú para turistas extranjeros. Me dice que cobra 150 dólares al día por organizar aquello y que ella le da algunos pesos a un grupo de bateyanos para que toquen tambores y monten el show. Me dice que el verdadero negocio no es de ella, a ella la subcontrata un alemán de nombre Norbert. Él organiza tours para europeos y norteamericanos. Les lleva a playas, a restaurantes y a un río. A las tres de la tarde los trae acá con la promesa que les mostrará algo único, muy pocas veces visto por blancos: un ritual vudú auténtico que justo se está llevando a cabo ese día.
Poco antes de esa ahora aparece un jeep. Es la hija de la bruja Margarita, una morena hermosa de labios carnosos que viste con jeans y una blusa ombliguera. En las caderas y el cuello luce tatuajes muy vistosos. Conversamos sobre cómo elige ella las indumentarias que va a usar en el show, me dice que las escoge ella misma según su criterio. Su madre la regaña y le dice que debe cambiarse rápido porque los turistas están por llegar. Regresa disfrazada, parece una miscelánea de símbolos con un puñado de collares, pulseras y pañuelos. Su madre enciende candelas y pone sillas. Tres ancianos bateyanos se ubican en sus posiciones, frente a grandes tambores, y uno de ellos se disfraza de bokó con la misma tónica que la muchacha. “Vamos a decir que eres mi sobrino porque Norbert me va a preguntar. Acuérdate que este es su negocio”, me dice la bruja Margarita, y me ubica a su lado, atrás de los hombres y los tambores.
En la casa de la “bruja Margarita” se hacen los preparativos para la ceremonía de vudú que se celebrará para turistas.
El autobús blanco llega puntual. Son unos 50 turistas. Son todos blancos y visten de playa. Norbert es un hombre de unos 70 años. Es calvo y va vestido de camisa roja, shorts marrones y sandalias playeras.
Los cinco hombres comienzan a tocar los tambores para poner ambiente y los turistas se van sentando en las bancas mientras toman fotos y vídeos de aquel montaje. Los oficiantes son cinco bateyanos. Tres son ancianos que la empresa cañera desechó sin indemnización y los otros son hombres jóvenes y corpulentos que tocan un ritmo monótono en el tambor. Norbert comienza a explicar en alemán y francés y los turistas asienten y abren la boca, sorprendidos. Dirige el evento como si él mismo fuera un bokó y arrebata de las manos de un anciano unas maracas y las toca para su clientes. En medio arde un fuego y la hija de la bruja Margarita se mueve en una danza caótica, como si estuviera en trance, simulando ser montada por algún loa. Norbert invita a los turistas a tocar ellos mismos los tambores y las maracas. Entonces aquella gente blanca, aun con arena de playa en la sandalias, bailan, sin ningún atisbo de ritmo, bailan y tocan los tambores.
Al observar la escena recuerdo al bokó Winston Pierre, el sacerdote vudú que me dio casi una cátedra de historia haitiana y quien me explicara con gran paciencia la “biografía” de más de diez loas africanos. Ni siquiera me dejó tomarles fotos a sus fetiches por miedo a ofender a esos loas. Recuerdo también los más de diez bokós y ungans que Moisés, mi primer guía del ferrocarril subterráneo haitiano, me llevó a visitar, que traen sus fetiches desde Haití metidos en ataúdes, escondidos de la policía dominicana entre mercadería y a los cuales no dejan acercarse ni a sus propios familiares.
En ese momento, a inicios de esta investigación, tenía la esperanza de que esta parte del ferrocarril, quizás la más oculta de todas, me llevara hasta Mikelson. El vudú, al igual que gran parte de las religiones de origen africano, han sido prácticas de resistencia, una forma de llevar su hogar allá donde llegaron, y una forma de ser fuertes en algo que las cadenas no pueden atrapar, y sigue siéndolo en este nuevo apartheid. Según la Constitución de República Dominicana, existe libertad de culto, pero en la práctica el Estado persigue al vudú como parte de la persecución de todo lo haitiano.
“Policía desmantela choza utilizada por nacionales haitianos para hacer trabajos de hechicería y brujería en Cabarete, Puerto Plata”, publicó la página oficial de la policía nacional el 12 de septiembre del 2023. Según esa misma publicación, “el brujo” Papallo mantenía en constante zozobra a los habitantes del barrio con sus ritos. En marzo de este año la policía subió un vídeo a Instagram y X donde desmantelan un altar. Quien graba el vídeo se escandaliza al sacar dos ataúdes usados con fines rituales. “Esto parece un cementerio”, dice. Luego de destrozar la choza y sacar todo a la calle, los agentes le prenden fuego. “A la casa no le prendemos fuego porque ahí dentro están los hijos del brujo”, dice uno de los policías mientras al fondo una piña de niños negros observan, temerosos, la hoguera con el ajuar sagrado de su padre.
Según me comentó en una entrevista el periodista venezolano radicado en República Dominicana, Simón Rodríguez , perseguir el vudú haitiano es uno de los pilares de la identidad dominicana y una forma más de generar una distancia entre “nosotros y los otros”. En la dictadura de Leónidas Trujillo se dictó una ley que prohibía expresamente la práctica del vudú en territorio dominicano. Esta ley —a pesar de ser una gran contradicción ya que en la constitución está consignada la libertad de culto— sigue en vigencia y los intentos por derogarla han sufrido ataques tanto desde la comunidad evangélica como desde varias trincheras políticas.
Luego de una hora de un calor asfixiante, los exhaustos ancianos del batey paran de tocar los tambores y los alegres veraneantes europeos paran, por fin, esos movimientos frenéticos y sin ritmo que llaman bailar.
Turistas bailan en medio de una ceremonia vudú que un empresario alemán ha montado para ellos.
Por un momento me dan deseos de tomar la palabra y decirles que tienen mucha suerte de que esta gente necesite tanto esos centavos, decirles que hace 233 años, en esta misma isla, miles de personas parecidas a estos ancianos, despedazaron a machete y palos a gente muy parecida a ellos. Quisiera decirles que las razones son similares: quisieron matarles su cultura y su libertad. Aquellos con látigo y cadenas; estos a fuerza de billetes.
Pero no lo hago, mejor salgo a toda prisa en mi camioneta. El misterio del autobús blanco está resuelto: todo parece indicar que el problema no es el vudú si no quién lo practica, quién lo baila.
Yo estoy aquí buscando otra cosa.
***

Pastor Wilson conduce su camioneta chueca la mañana del 26 de octubre de 2024. Parece alegre, aunque este hombre debe lidiar todos los días con las denuncias y los llamados de auxilio de la población haitiana en esta punta bonita de la isla. Yo apenas he estado poco más de un mes en esta investigación y ya se siente el peso abrumador de las decenas de mensajes y llamadas de personas desesperadas. Llaman contando siempre algún horror, pidiendo una ayuda que muchas veces es imposible darles. Mandan vídeos terribles en donde hombres y mujeres negros están en el suelo, siendo vapuleados, enjaulados o gritando enardecidos en el escalofriante Centro Vacacional de Haina. Siempre sufriendo, siempre perdiendo. Estos vídeos y estas quejas seguirán llegando a mi teléfono aún después que me vaya de esta isla, cada vez más crudos.
El propio Pastor Wilson será arrestado por la policía dentro de dos días. Un grupo de uniformados llegará a su casa a las 11 de la noche del 28 de octubre y lo sacarán esposado, a empujones, frente a sus hijos. Pasará la noche en la incertidumbre de la celda y saldrá libre por la mañana pues, según contará luego, lo acusaron de estafa pero sin especificar a quién ni bajo qué mecanismo. Ese día de su liberación recibirá amenazas de muerte, y pensará en huir de Punta Cana. No lo hará, el ferrocarril subterráneo que protege hasta donde puede a los haitianos debe seguir operando, siempre en las sombras, siempre perdiendo todo, siempre ganando poquito.
Este es mi último día de reporteo en República Dominicana, y ya he dejado de insistir al pastor que me lleve donde Mikelson, ese hombre lanzado desde un tejado por un policía. Su tragedia llegó a mí en forma de vídeo unos días antes de venir a este país. En ese momento se volvió una obsesión, pensé que sería tan escandaloso como aquel donde se ve cómo casi matan a Rodney King, o aquel otro donde un policía asfixia a George Floyd. “I can’t breathe» (“No puedo respirar”), decía. Ardió Los Ángeles por Rodney King en 1992 y tembló Estados Unidos por Floyd en 2020. Por Mikelson no, por Mikelson no habrá calles tomadas, ni carros incendiados, ni titulares. Quizá, ante los ojos del mundo, no todas las personas valen lo mismo. Quizá mi obsesión por hallar a este hombre resultará fútil en un país donde cientos de miles son Mikelson. Busqué una gota, luego me di cuenta que la buscaba en el mar.
Hoy, de nuevo, me dejo llevar. Hoy Pastor Wilson sonríe y su sonrisa es contagiosa. Está contento porque consiguió que un hospital le diera una faja ortopédica para un hombre con las costillas rotas. Entre tanta tragedia, este hombre rudísimo ha aprendido a alegrarse con las pequeñas victorias de esos que siempre pierden: salvar a una niña de la muerte luego que su madre fuera deportada, conseguir medicina para curar una cesárea infectada, lograr cupo en el hospital para un hombre desollado, lograr sepultar en un cementerio a un hombre asesinado por la policía.
En el camino, me dice que no entiende por qué su gente es tan odiada en este país, siendo ellos quienes históricamente les han producido la riqueza, ya sea en los cañales, los cafetales, los campos de tabaco, las fábricas textiles o construyendo hoteles en Punta Cana. Hace varios días, mientras buscábamos el cadáver de Gems Joacin en el barrio Matamosquito, un colaborador suyo me dijo: “Es como que hubiésemos criado un cachorro de león, dándole la mejor leche, y ahora viene sobre nosotros, a comernos”.
Entramos por los callejones de tierra de un barrio cercano a Matamosquitos. En una de las casas de madera y lámina a los costados nos espera el hombre al que Pastor Wilson va a entregar la faja ortopédica para sus costillas rotas.
—¡Juan, te presento a Mikelson! —me dice entusiasmado mientras pone su mano gruesa sobre el hombro del muchacho.

Mikelson, el haitiano de 19 años al que un policía tiró de un tejado. En el vídeo explica lo que sucedió aquella mañana.
Mikelson tiene en la cara una expresión asustadiza y aún no se desprende de ese brillo en los ojos que tienen los niños. Apenas tiene 19 años. En una mano, carga el mismo chaleco que tenía cuando los primeros días de octubre del 2024 unos policías dominicanos lo lanzaron desde un tejado. No habla español y el pastor Wilson debe traducir.
Ese día Mikelson se preparaba para ir a la construcción de un hotel en la zona turística de Punta Cana y se había puesto ya su chaleco reflectante cuando escuchó gritos. Varias camionetas estaban cazando haitianos en el barrio. Escuchó cómo le daban patadas a la puerta de su cuarto de lata. La puerta todavía está destrozada. El cuarto entero se estremecía y abrió una ventana de madera contigua a su cama para escapar. Salió por ella, como otros haitianos de la cuartería salieron también por sus ventanas, y comenzaron a trepar. Lograron subir al techo, pero detrás de ellos un policía subió también. “¡Cógelo, cógelo!”, recuerda Mikelson que gritaban los agentes de abajo.
El policía cogió a su vecino, pero éste se le escapó de entre las manos y corrió buscando saltar a otro techo. Mikelson no pudo, quedó atrapado entre el borde del tejado y el policía. “¡Tiralo, tira acá al haitiano!”, gritaron los policías de abajo, así que el uniformado lo tomó del cuello y del cinturón y lo lanzó. Mientras esto pasaba una mujer lo grababa todo y lloraba y exclamaba: “¡Baba, Baba, lo mataron!”.
Lo que no grabó es que entre el techo y el suelo había una maraña de cables eléctricos medio sueltos. Mikelson cayó sobre ella y ralentizó la caída. Luego el golpe contra el suelo. Quedó inconsciente. Los policías lo dejaron ahí y se fueron.
Sus vecinos lo recogieron, le lavaron el rostro y le inmovilizaron la espalda. Se comunicaron con un pastor de nombre Wilson que es parte de una gran red de haitianos en este país y él logró llevarlo a un hospital y salvarle la vida. La mujer del vídeo se lo pasó a un conocido, que se lo pasó a otro y este a otro hasta llegar ante los ojos de quien esto escribe.
Mikelson nació en un pueblo cerca del río Artibonito, en el sur de Haití. Se vino solo, sin su familia y sin conocer a nadie, a trabajar a este país hace un año. Otros compatriotas suyos le dijeron que en la zona de Punta Cana los dominicanos contratan haitianos sin importar el estatus migratorio. Mikelson se vino, pues, igual que otros miles de mikelsons, a trabajar en Dominicana mientras la policía los caza.
Mikelson camina doblado, tiene varias costillas rotas y un montón de lesiones menos graves pero igual de dolorosas. De aquí en adelante será todavía más difícil para él construir hoteles en esta parte sureña de la isla la Española, donde el último sistema de segregación racial de las antillas aprieta sus tuercas sobre una población pobre y desesperada. El policía que lo lanzó de un tejado le jodió la única herramienta con la que cuenta en su vida: su cuerpo. Las tuercas se siguen apretando. El ferrocarril sigue caminando. Haití continúa agonizando. Mikelson duerme cada noche con la ventana abierta.

* Esta investigación fue realizada gracias al apoyo del Consorcio para Apoyar el Periodismo Regional en América Latina (CAPIR) liderado por el Institute for War and Peace Reporting (IWPR).
Autor

- Juan Martínez d’AubuissonAntropólogo sociocultural y cronista. Se ha enfocado desde 2008 en estudiar a las pandillas centroamericanas y la violencia social. Autor de los libros Ver, oir y callar y El Niño de Hollywood. Premio Ortega y Gasset 2024.

* Esta investigación fue realizada gracias al apoyo del Consorcio para Apoyar el Periodismo Regional en América Latina (CAPIR) liderado por el Institute for War and Peace Reporting (IWPR).




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