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Por Darynka Sánchez para Guardiana (Bolivia)

Martes 9 de marzo de 2021.- Mónica Olmos Herrada tenía 25 años y un sinfín de proyectos por cumplir cuando conoció a dos hombres que se obsesionaron con ella y escogieron la violencia para castigarla por su rechazo. Las tres mujeres de su entorno familiar lloran por su ausencia, a menos de tres meses de su trágico final.

Su madre, Magda, su hermana Lidia (nombre cambiado) y otro pariente narraron su historia. Viven en una modesta casa, en la zona de 40 Arroyos, Villa Tunari, a unos ocho minutos de viaje de la zona turística de Tres Arroyos, donde fueron descubiertos los cadáveres de Mónica y otras tres mujeres asesinadas. El esposo de Magda y padre de sus hijas falleció cuando ellas aún eran unas niñas. El dinero no alcanzaba y la madre tuvo que irse a España a trabajar, dejando a sus hijas con su abuelita. Tras seis años de sacrificio, Magda retornó al Trópico y pudo comprar la casita de 40 Arroyos. Mónica tenía 12 años entonces y le ayudaba a su madre en los quehaceres, al mismo tiempo que estudiaba.

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Al salir bachiller, la joven Mónica logró ingresar a la carrera de Ingeniería Industrial en la Universidad Mayor de San Simón, pero la abandonó después de un año y medio de estudios, tras darse cuenta de que no era lo que deseaba hacer por el resto de su vida. Ella anhelaba abrir un salón de estilismo, maquillaje y peluquería en Villa Tunari, pero no tenía capital.

En la universidad conoció a Jordi, su primer amor y juntos se fueron a trabajar en un supermercado de Chile por casi dos años, para ahorrar. Volvieron a Cochabamba y vivieron juntos dos años más, pero él retomó sus estudios en la universidad y allí conoció a otra mujer. La pareja se separó y Mónica quedó devastada. Volvió a la casa de su madre y trabajó junto a Lidia en una estación de servicio de combustible en Villa Tunari.

“Esa época fue terrible. Mi hermana sufrió mucho por esa relación rota. No comía, enflaqueció mucho, se desvanecía y se enfermó. Salía de vez en cuando con unas amigas y así conoció a Juan Denny G.M., el hombre que después contrató a Omar para que la matara”.

La relación de Mónica y Juan duró unos seis meses. Al principio, él era muy galante y detallista. La joven quería olvidarse de Jordi y aceptó darse una oportunidad con él. “Mi hermana estaba sorprendida porque Juan, para conquistarla, le mandaba de todo a la casa y a la estación de servicio. Desde chocolates en forma de corazón, ramos de flores y un montón de cosas que hacía traer de Cochabamba, hasta almuerzos y cenas espléndidas”.

En Villa Tunari, todos saben que Juan G.M, de 35 años, es un hombre que tiene dinero. Posee una casa muy cómoda en la zona de Padre Sama, cercana al sector de Tres Arroyos y a la carretera. “No sabemos en qué trabaja. Visitaba a Mónica en al menos tres o cuatro vehículos diferentes, tenía unos Caldinas modernos, una vagoneta Noah y una vagoneta Toyota RAV 4. La gente dice que Juan estaba metido en cosas ilícitas, pero no nos consta”, contó un pariente de la víctima que pidió la reserva de su identidad.

Mónica quería tener una relación seria con Juan, pero él mismo la ahuyentó con sus celos y su excesivo control. Comenzó a revisarle el celular, le prohibía “todo”, le preguntaba detalles de lo que hacía mientras no se veían y los contrastaba con otras personas, para verificar si ella mentía. Llegó al punto de enviar a un empleado para vigilarla.

“Mi hermana se decepcionó de él. Me dijo que Juan enviaba a Claudio Loza a perseguirla. En una ocasión, cuando Juan, Mónica, mi esposo y yo salimos juntos a una discoteca, él bebió. Al salir, revisó el celular de mi hermana y se molestó hasta de los amigos que le hablaban. Le amenazó: 'No me haces caso, si no vas a ser para mí, no serás para nadie'. Intentó chocar la vagoneta RAV 4, en la que íbamos, metiéndose delante de un Nissan. Fue horrible. Paramos y Mónica le dijo que si él quería morir, que muriera solo, pero que no nos ponga en riesgo porque nosotros tenemos hijos”.

Lo ocurrido le impactó tanto a Mónica que solo quería romper su relación con Juan. Él le reclamó que siempre la había tratado como a una reina, pero ella le respondió que no le importaba su dinero. Le dio una oportunidad más, pero, unos días después, Juan llegó a la casa de Mónica y encontró allí a un amigo de ella, a Elvis. Aunque Lidia también estaba con ellos, el hombre estalló. La acusó de engañarlo. Le dijo: “Tú nunca me vas a valorar, pero me vas a conocer, de mí nadie se hace la burla”.

Mónica decidió separarse definitivamente de Juan y tuvo que cambiar hasta de número de celular para evitar su obsesiva persecución. Después de un tiempo, Mónica conoció a un militar de la Novena División y se enamoró de él. “Tenían una relación seria, él le pidió permiso a mi mamá para convivir con Mónica, pero mi mamá les dijo que se conozcan mejor. Ellos se llevaban muy bien y se veían cuando él salía de la Novena”.

Justo en ese periodo, Omar Johnny Fernández Herrada, de 27 años, apareció en la vida de Mónica presentándose como su primo materno. Magda le confirmó a su hija que sí era hijo de una prima hermana con la que no habían tenido contacto hace años. Omar comenzó a conversar con Mónica, a mandarle regalos, a invitarla a comer.

“Me hizo recuerdo a Juan y yo le pregunté a mi hermana qué pasaba con él, pero ella me respondía que nada, que era nuestro primo y así le respondía en los chats cuando él le hacía comentarios de conquistador. Este Omar venía a la casa a las 20:30 y esperaba a mi hermana afuera. Pero era extraño porque siempre estaba con gorra y, cuando nos cruzábamos al salir, él bajaba la cabeza, miraba su celular, ni siquiera nos hablaba a nosotras”, cuenta Lidia.

El sábado 19 de diciembre de 2020, Lidia le propuso a Mónica viajar juntas el martes 22 a Cochabamba, para comprar los regalos de Navidad para la familia, como hacían cada año. “Ella me dijo que sí al principio, pero el mismo sábado me avisó que había decidido adelantarse y viajar el lunes 21, aprovechando que el primo Omar se ofreció a llevarla. Yo no podía viajar antes, por mi hija, y me molesté por su decisión, pero ni modo. Ese fue el último día que vi a mi hermana, porque el domingo yo me quedé en mi casa con mi familia y Mónica desapareció de casa de mi mamá”.

La madre de Mónica no olvida ese domingo 20 de diciembre. “Compartimos juntas, comimos y a eso de las 3 o 4 de la tarde vino el novio militar de Mónica a verla. Luego él se fue en su auto a lavar su ropa a la Novena División y quedaron en llamarse más tarde. A las 8 de la noche me avisaron que un tío me estaba mandando a llamar para explicarme algo de un terreno y fui con mi hija menor. Mónica se quedó en la casa. Estaba en pijama, con un short, una polera y chinelas. No pensaba salir. Le dije que volvería en unos 20 minutos. Su cuarto, al fondo, estaba con luz, pero no entré pensando que estaba descansando”.

Cuando el militar tocó a la puerta a las 21:30 del mismo domingo y le dijo que Mónica no le contestaba desde las 20:30, Magda fue a buscarla y se dio cuenta de que su hija no estaba. Entonces, la pesadilla comenzó. 

“Pido justicia para mi hija. Este hombre, Juan, ha contratado a su propio familiar para que me la mate. Ahora dicen que le dio un dinero a mi hija para hacer negocio y eso es mentira. Me duele mucho que la calumnien. Yo vivía con ella y no tenía dinero. Por eso estaba pensando volver a Chile para trabajar, ahorrar y poner su peluquería. No entiendo por qué los hombres no pueden aceptar cuando las mujeres les dicen que no. ¿Por qué no hacemos nada y permitimos que estos psicópatas hagan tanto daño y nos quiten a nuestras hijas, a nuestras hermanas?".

Magda clamó a las autoridades que este caso sea esclarecido en su totalidad, porque ella cree que hay más personas implicadas. ”Yo estoy muy dolida, pero también molesta porque quieren distorsionar lo que pasó con mi hija. Están diciendo que pudo ser un ajuste de cuentas por deudas o por narcotráfico y eso es falso. Mi familia no está metida en eso. Me da rabia, cuando a una mujer le matan, quieren denigrarla como sea”, protestó.

“Mi hija era hermosa, alegre, una joven con muchas ganas de vivir, de salir adelante. Estos hombres se han obsesionado con ella. Ni con 100 años de cárcel me van a devolver a mi Mónica”.

Magda, madre de Mónica Olmos
  • Mónica Olmos Herrada: Tenía 25 años cuando desapareció el 20 de diciembre de 2020. El 10 de febrero de 2021 fue encontrado su cuerpo. En el panel de fotos es la primera de la izquierda.
  • Margarita Maldonado Rodríguez: Tenía 25 años cuando la mataron. Estaba desaparecida desde el 27 de septiembre de 2019. El mismo día que encontraron el cuerpo de Beatriz, el primero de marzo de este año, hallaron sus restos. En las fotos, la segunda de la izquierda.
  • Nayeli Lisarazu Acuña: Tenía 19 años cuando desapareció el 15 de febrero de 2020. Encontraron sus restos el 24 de febrero de 2021. En las tomas, la tercera de la izquierda.
  • Beatriz García Ustariz: Tenía 29 años cuando perdió la vida. Estaba desaparecida desde el 15 de agosto de 2017. Hallaron su cuerpo el primero de marzo de 2021. En las fotografías, la primera de la derecha.

Mamá de Nayeli: “Mi corazón se rompió en mil pedazos y solo pude gritar y gritar”

Isabel Acuña llevaba 374 días con el alma pendiendo de un delgado hilo de esperanza. Todos los días imaginaba que entraba una llamada a su celular y que escucharía la optimista voz de su hija Nayeli anunciándole su regreso. Sin embargo, la llamada no llegaba y el miércoles 24 de febrero, estaba allí en la zona de Tres Arroyos junto a su esposo, viendo cómo desenterraban una fosa de la que sacaron una bolsa de yute celeste.

Parecía imposible que una persona pudiera caber dentro de ese bulto. Pero cuando la abrieron, comenzaron a sacar los huesos rotos de un cráneo, los brazos, el tórax y otros más. “Yo me decía, no es mi hija. Sabía que había otras mujeres desaparecidas y pensé que era cualquiera de ellas, pero, cuando vi la punta de sus tenis de color fucsia, los que yo le compré, mi corazón se rompió en mil pedazos y solo pude gritar y gritar. Mi esposo también lloraba y gritaba. Era mi Nayeli”, contó Isabel con la voz apagada por las lágrimas.

El hilo de su esperanza se rompió y ahora lidia con la depresión, el dolor y un enorme vacío en su alma. Nayeli Lizarazu Acuña era la mayor de sus cuatro hijos y todos la amaban por quién era: una jovencita de 19 años llena de sueños, de alegría y optimismo. Siempre sonreía, aunque tuviese mil razones para estar triste.

“Ella decía que la vida era hermosa, que había que disfrutarla y sonreír a pesar de cualquier problema. Aunque su papá y yo la reñíamos, por algún motivo, nunca se enojaba. Siempre estaba alegre, jugaba con sus hermanos de 16, 10 y 8 años. Ellos están muy tristes, igual que su papá y yo, no entendemos tanta maldad con mi hija que era tan dócil, tan buena y tenía tantos sueños”, dice Isabel.

Nayeli estudió en el colegio Paracti “A”, del centro poblado Paractito, en Villa Tunari. La familia Lizarazu Acuña vive en el Sindicato San Rafael, a cuatro kilómetros de la unidad educativa a la que sus hijos asisten regularmente. “Tenemos una casa humilde y un chaco en el que cultivamos un cato de coca, papaya y plátano. El chaco está más adentro y mi esposo trabaja ahí. Yo ayudo en la cosecha y me gano también unos pesos en otras cosechas. De esa manera mantenemos a nuestros hijos, sin lujos, pero con lo necesario”, describe Acuña.

Nayeli salió bachiller el año 2019 y anhelaba convertirse en parvularia o maestra de grado inicial, pues le encantaban los niños. Su madre la acompañó a la Normal de Quillacollo para dar un examen de ingreso, pero no aprobó.

“Eso no la desanimó. Dijo que iba a prepararse y estudiar más para presentarse a un nuevo examen y nos volvimos al Trópico, a la casa. Ella tenía un novio llamado Ángel del que estaba muy enamorada y que trabaja como disc jockey en discotecas y fiestas. En febrero de 2020, Nayeli me dijo que la habían invitado a un cumpleaños en la casa de su novio, en Cochabamba, y que ya tenía el pasaje pagado, pero no me dijo exactamente cuándo iba a viajar”, rememora la madre.

La madrugada del 15 de febrero, Nayeli desapareció de su casa con su mochila fucsia en la que siempre tenía una colcha, algunos cosméticos de Yanbal y algo de ropa. “Ella simplemente salió. No sé si vinieron a recogerle o se la llevaron, pero desapareció de mi casa y sin decirme nada. Nunca había hecho eso”.

Isabel pensó que Nayeli estaba en esta ciudad, con Ángel, y lo llamó para reclamarle por qué se había llevado a su hija de esa manera. El joven se sorprendió y le dijo que Nayeli no había llegado. “Llamé a mi cuñada Ximena, llamamos al celular de mi hija y estaba apagado. Sus amigas no sabían nada. Teníamos un mal presentimiento. Mi Nayeli nunca se desaparecía así”.

Al día siguiente, del celular de Nayeli le enviaron un mensaje a su papá, haciéndole creer que era ella la que escribía. Decía: “Papi, discúlpame por haber salido así, pero encontré trabajo y estoy en casa de mi enamorado”.  Su prima, que era muy unida a ella, leyó el mensaje y les dijo que esa no era la forma de escribir de Nayeli, que ella no había mandado ese texto.   

Las primeras sospechas recayeron sobre Ángel, el enamorado de la joven. Desesperada, Isabel lo fue a buscar y, bajo amenazas, le exigió que le devolviera a su hija. Lo llevó a la Policía, pero el disc jockey estaba tan preocupado como los familiares de Nayeli. Esa fue la primera vez que el nombre de Omar salió a la luz.  “El novio de mi hija nos contó que un Omar le enviaba mensajes a Nayeli y era muy insistente, que quizás él sabía algo, pero yo nunca la oí a mi hija hablar de Omar, así que ahí quedó y solamente formalizamos la denuncia”.

Recién el 20 de febrero, cinco días después de que la muchacha desapareció, la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen de Villa Tunari le entregó a su familia un afiche impreso de Persona Desaparecida. Con él, Isabel Acuña recorrió varios medios de comunicación en el Chapare y en Cochabamba para pedir cualquier dato que la ayude a encontrar a su primogénita. Alguien la llamó para decirle que habían visto a su hija con otras jóvenes a bordo de un taxi, camino a Quillacollo, pero no le dieron más información. Otras personas del Trópico le decían que creyeron verla embarazada y con un hombre mayor.

El investigador asignado al caso fue el suboficial Eleuterio Quispe, quien les aseguró que pediría extractos telefónicos del teléfono móvil de Nayeli y la triangulación para saber dónde estaba, pero los resultados nunca llegaban.

“En marzo de 2020 comenzó la cuarentena por la pandemia y la investigación se paró. Todo el resto del año he estado mal, pensando cómo estaría mi hija. Siempre pensé que estaba viva, tenía tantas ganas de verla, mi hijo de 16 años publicaba todos los días en sus redes sociales, le escribía a su hermana: 'Volvé Nayeli, te extrañamos'”.

Isabel Acuña, madre de Nayeli

La investigación de la FELCC de Villa Tunari no avanzaba. La Fiscalía no aprobaba los requerimientos. “Me decían: 'Está mal hecho tu pedido, tienen que volver a hacer'. Yo no sé de esas cosas, todo era así, pero yo no veía que hicieran algo, no había ningún avance”. Por ello, la familia decidió recorrer pueblo tras pueblo en busca de la joven, pero no hubo rastros de ella.

Sucedió hasta el 10 de febrero de 2021, cuando la familia de Mónica Olmos, otra joven desaparecida en el Trópico, aprehendió con ayuda de unos policías a Omar Johnny Fernández Herrada, de 27 años.  “Me llamaron por teléfono y me dijeron que él podía saber algo de mi hija porque ya había confesado que mató a Mónica y la enterró en Tres Arroyos. Fui hasta el lugar donde lo tenían. He implorado, he rogado, le he pedido que me diga dónde está mi hija. Llorando le dije, por favor, aunque le hayas matado, aunque la hayas vendido a lo de las prostitutas, pero dime dónde está, necesito verla”.

Omar la miró y le dijo: “Tu hija era una niña, no sé nada”. Delante de los comunarios, el detenido admitió que mató a Mónica, pero juró que no sabía nada de las demás mujeres desaparecidas. Pasaron unos días y “la mamá de la Olmos nos dijo que su hija no era la única asesinada y enterrada en Tres Arroyos, pues Omar había dicho que había una mujer más, en la misma zona”.

Por eso, Isabel Acuña y su esposo fueron hasta esa zona para participar de la búsqueda. Las dos primeras veces, cavaron mucho y no hallaron nada. La tercera vez, había llovido y la tierra se había convertido en un barrial. Luego de muchos palazos aparecieron las puntas de la bolsa de yute. “A pesar del barro, reconocí sus tenis y su pantalón celeste, yo se los compré. La habían metido como una pelota, bien doblada, dentro de esa bolsa. Luego le pusieron cal o yeso. Los huesos de su cara y de su cabeza estaban rotos. Le faltaba una mano. La habían amarrado con lianas…. Gritábamos, llorábamos y no sabíamos qué hacer al verla”.

Isabel se dio cuenta de que conocía a Omar, el mismo día que lo vio aprehendido. “Su tía es mi amiga, pero yo nunca pensé que él fuese así, un psicópata, un hombre cruel que no tuvo piedad de una joven que apenas estaba empezando a vivir”.  

Él ya está sentenciado y no saldrá de la cárcel por los próximos 30 años, pero a Isabel le preocupan los otros dos cómplices. A ellos les fijaron una detención preventiva de seis meses. “Si salen libres, ya estamos fichados. El colegio de mis hijos es lejos. Encima están diciendo tantas mentiras. Mi hija era una chica de casa, no era novia de ese Omar. Y nunca nos hemos involucrado con el narcotráfico. Mantenemos a nuestros hijos con humildad, pero no les falta lo necesario”, aclaró. Una de las hipótesis es que quizás Nayeli le comentó a Omar que iba a viajar a Cochabamba a un cumpleaños en la casa de su novio y él se ofreció a llevarla.

Han pasado 13 meses desde el último día que su familia vio a Nayeli con vida. El llanto de Isabel no ha cesado. Le ha dado mil vueltas pensando en el porqué de tanto dolor.

“Hasta ahora no puedo entender por qué le han hecho eso. Si la violaron, era que me la dejen viva. Como sea yo la hubiese sanado, con psicólogos. Pero, ¿muerta? ¿Cómo hago yo para entender y superar? No puedo”.

Isabel Acuña, madre de Nayeli

Beatriz desapareció cuando fue a comprar coca a la casa de Omar

Beatriz García Ustariz, de 30 años, y Margarita Maldonado Rodríguez, de 25, llevaban más tiempo desaparecidas, pero fueron las últimas dos víctimas de feminicidio desenterradas en la zona de Tres Arroyos, el 1 de marzo. Guardiana contactó a sus familiares, para conocer la historia de ambas, pero sus hermanas prefirieron no hacer declaraciones.

Lo único que se sabe es que, Beatriz García Ustariz era una mujer casada y tenía un hijo que aún es pequeño. Era oriunda de Santa Cruz y tenía dos cuentas de Facebook.  En una de ellas figura que trabajaba en el colegio Paracti “A”, el mismo en el que estudió Nayeli Lizarazu, otra de las víctimas de feminicidio.

De acuerdo a los antecedentes, un viernes 11 de agosto de 2017 salió de su casa, a las 15:30 horas, y se dirigió a la zona de Tres Arroyos, a comprar coca de la tienda que está en la casa de Omar Fernández Herrada. Desde entonces, nunca más se supo de ella. Su madre, Peregrina Ustariz, sentó la denuncia en la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen de Villa Tunari y el sargento Wilson Callizaya se hizo cargo de la investigación.

Sin embargo, la pesquisa no avanzó en más de tres años, hasta este 2021, cuando un equipo conformado por peritos del Instituto de Investigaciones Forenses (IDIF), un fiscal, policías y un can detector de restos humanos efectuó un rastrillaje en Tres Arroyos y encontró sus restos dentro de una bolsa de yute celeste que había sido enterrada en una zona boscosa y a 30 metros de donde se halló el cadáver de Nayeli. La necropsia confirmó que Beatriz fue asesinada con un golpe contundente que le destrozó la cabeza.

De Margarita Maldonado Rodríguez tampoco se sabe mucho.  Tenía 25 años cuando desapareció el 27 de septiembre de 2019. Su última publicación en su cuenta de Facebook data del 16 de septiembre, 11 días antes de su muerte. Por las imágenes publicadas, ella vivía en la zona de Paracti, Villa Tunari.

A principios del año 2019 viajó a Chile, donde se tomó unas fotos junto al mar. En este caso se desconoce cuál era el nexo que tenía con Omar; pero los investigadores señalaron que todas las víctimas lo conocieron de alguna forma.

Su cadáver fue encontrado en otra bolsa de yute a 500 metros de la fosa donde fue hallada Beatriz, pero también en el sector de Tres Arroyos. La necropsia confirmó que Margarita fue estrangulada con un lazo, igual que Mónica Olmos.

Sospechan que Omar las violaba en su casa y después las mataba en el monte

Omar Jhonny Fernández Herrada tiene una casa de dos habitaciones en la zona de Tres Arroyos. Los investigadores no descartan que hubiera llevado a sus víctimas a esta propiedad para violarlas. Luego, las obligaba a caminar por una senda de un kilómetro, monte adentro, para atarlas de pies y manos, y luego matarlas destrozándoles las cabezas o estrangulándolas con lazos. Después, metía los cadáveres en bolsas de yute celeste y las enterraba.

En el caso de Mónica Olmos lo hizo, aparentemente, en complicidad con Juan Denny G.M. y Víctor Z.R. En la vivienda del condenado hallaron prendas íntimas que podrían de sus víctimas, además de adornos, peluches, chocolates que les regalaba en el proceso de acercamiento.

La fiscal departamental de Cochabamba, Nuria Gonzales, informó que las cuatro mujeres conocían a Omar y nunca desconfiaron de él porque primero las abordó como amigo y se ganó su confianza ayudándolas en todo lo que podía.

Sus vecinos lo describen como una persona introvertida y silenciosa que contestaba con amabilidad cuando le preguntaban algo, pero que, en general, proyectaba cierta fragilidad. Aseguran que nunca se imaginaron que esa apariencia de humildad podía albergar a un hombre tan violento y capaz de asesinar a mujeres indefensas.

Los pobladores de Tres Arroyos recordaron que veían a Omar, Juan y Víctor en las reuniones sindicales de la comunidad y que, cuando hablaban de las mujeres desaparecidas, ellos se ofrecían a cooperar en la búsqueda.

Omar Fernández de 27 años saldrá de la cárcel de San Antonio al cumplir los 57, luego de purgar su pena por haber asesinado a su prima Mónica Olmos Herrada. Todavía no ha sido condenado por los feminicidios de Nayeli Lizarazu, Beatriz García y Margarita Maldonado, pero en Bolivia las penas no son acumulativas.

El feminicida buscaba mujeres con el mismo tipo físico

La experta en Psicología Clínica, Legal y Forense, Lorena Cox, explicó que las cuatro víctimas de feminicidio en Tres Arroyos eran muy parecidas entre sí: en los rasgos de sus rostros, en la estatura, en el peso y otras medidas antropométricas similares.

“Hay una fisionomía parecida y eso nos llevaría a preguntarnos: ¿Cuál fue la víctima original o si la víctima original aún está con vida? Es necesario hacer una investigación, en ese sentido. Me llama la atención el hecho de que la última víctima haya sido la primera en ser descubierta y no sería raro que ella sea la víctima original. Es decir, que sea la primera persona hacia la que el feminicida serial desarrolló sentimientos de frustración. Es posible que Omar haya fantaseado con su prima, años antes de presentarse ante ella. Pero, al enfrentar el rechazo, buscó mujeres con características físicas similares a las de su prima, para cumplir sus deseos internos y perfeccionar un modus operandi hasta lograr captar a la víctima original”.

El hecho de que Mónica Olmos Herrada haya sido prima de Omar Fernández Herrada devela la existencia de pensamientos sexuales incestuosos que pueden ser una de varias características de personalidades antisociales, psicopáticas y perversas, tendientes a las parafilias o desviaciones sexuales.

En Criminología se aconseja: “Si quieres conocer al autor de una obra, tienes que observar la obra”. Y lo sucedido muestras tres escenarios: el primero, donde se ha captado a la víctima, el segundo donde se ha concretado el ataque sexual y el tercero donde ella ha sido enterrada, con la finalidad de confundir la identidad del autor.

El hallazgo del cuerpo de Mónica Olmos ha permitido establecer el modus operandi del feminicida o los feminicidas, pues esta manera de operar, para consolidar un ataque sexual, no se hubiera podido advertir en los otros cadáveres por el tiempo transcurrido que, en el ámbito forense, dificulta los exámenes químicos y biológicos para probar los vejámenes.

Estamos hablando de un agresor sexual que ha ido mejorando su técnica, su metodología y su firma es la manera en la que las mata. Dos han sido estranguladas con un lazo y las otras dos con un golpe contundente en la cabeza. Lo que es indudable, aunque en los otros cuerpos de data más antigua no se pueda establecer, es que las cuatro sufrieron agresiones sexuales. El móvil esencial o el objetivo principal de la captación, coacción, de la planificación previa y, finalmente, de estos feminicidios, es el ataque sexual.

Si bien es necesario efectuar una perfilación criminal (técnica de investigación criminológica derivada del análisis que se realiza a los diferentes patrones conductuales en los agresores conocidos) de las tres personas aprehendidas, para establecer los diferentes grados de participación que tuvieron, por toda la información difundida hasta el momento, el autor de los cuatro feminicidios es Omar Fernández.

“Si fuese Omar el que cometió los delitos, estamos hablando de un feminicida serial. El móvil esencial que lo llevó a matar es el concretar el ataque sexual y, con seguridad, ninguna de las víctimas imaginaba siquiera que él podía ser capaz de dañarlas y cometer semejantes crímenes porque él se presentaba ante ellas como un hombre tranquilo, introvertido, aislado, inseguro, amable”.

Lorena Cox, experta en Psicología Clínica, Legal y Forense

Lo más probable es que ninguna de las víctimas haya tenido una relación sentimental con él, pero en su mente ese vínculo existe. “Fantasea con escenas sexuales y emocionales con la víctima, y la muerte de ella se produce en rechazo al ataque sexual inicial y para evitar que lo denuncie”.

Lorena Cox opinó que Omar tuvo que desarrollar una sujeción mecánica con sus víctimas. Es probable que el ex novio de Mónica Olmos haya contratado los servicios de Omar porque ya conocía sus tendencias o sus actividades. También es factible que el celoso ex enamorado (Juan Denny G.M.) haya participado del crimen, con la intención de vengarse de ella por haberlo dejado e iniciado otra relación amorosa. Sin embargo, el hombre que mató a las cuatro víctimas no muestra en sus crímenes que haya sentido celos de pareja por ellas.

Por los detalles que ya se conocen, Omar planificó previamente estos hechos y, cuando lo entrevisten los peritos, “seguramente mostrará un aplanamiento afectivo y narrará los hechos sin ninguna afectación o dará cuenta de detalles muy llamativos, tristes o alegres, con el mismo tono emocional, pues no siente culpa ni remordimiento”.

Cox cree que, durante una entrevista con Omar, también se detectará algún problema familiar, especialmente con la madre o con alguna figura que la haya reemplazado. Este tipo de personalidad suele desarrollar una insuficiencia sexual que solo puede ser desembocada cuando ejerce violencia extrema. Cuando somete a su víctima siente que tiene un poder que generalmente no demuestra o que no lo caracteriza. De esta manera, logra reafirmar su masculinidad y tener un alto grado de satisfacción sexual.

“Este tipo de feminicidas seriales alegan algún tipo de invalidez o de insuficiencia al abordar a sus víctimas para que ellas lo vean como un ser inofensivo y de confianza. Por ello aceptaban sus ofrecimientos de llevarlas del trópico hasta Cochabamba en dos de los casos”.

Lorena Cox, experta en Psicología Clínica, Legal y Forense

Este tipo de personalidad se torna peligrosa, especialmente para mujeres de similares características fisiológicas. “Independientemente de si tienen enamorado, marido, si son buenas, malas, o como sean, lo que determina que estos agresores las escojan es su condición fisionómica. Así sucedió en los cuatro casos de Tres Arroyos, aunque en el caso de Mónica Olmos se hayan sumados otros intereses económicos, como el pago por el crimen.  

“Para ellos, no hay nada más morboso que la muerte y la sexualidad unidas”.  La forma en la que metía a las víctimas en las bolsas de yute, atadas de pies y manos y con los cuerpos doblados, es también una muestra del sometimiento o el poder que tiene sobre sus cuerpos, aún después de muertas.      

Omar, un riesgo para la sociedad   

Desde la perspectiva de la psicóloga Lorena Cox, Omar Fernández constituye un riesgo para la sociedad y especialmente para las mujeres de características físicas similares a las de sus cuatro víctimas. Y si bien ya ha sido sentenciado a 30 años de cárcel que debe cumplir en el penal de San Antonio en Cochabamba, sostuvo que es necesario garantizar que no salga en libertad aprovechando los beneficios que las actuales leyes otorgan a los detenidos preventivos e incluso a los condenados en primera instancia.

“Si las personas con este tipo de perfil acceden a la libertad, con seguridad van a reincidir en los mismos delitos, pero planificando y mejorando sus técnicas para evitar el ser descubierto otra vez y habrá nuevas víctimas”, advirtió Cox.

La familia de Mónica tuvo un papel clave en el caso de los feminicidios en Tres Arroyos

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