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Por Gerardo Honty* de América Latina en Movimiento y DW de Alemania, foto de sostenibilidad.semana.com

Martes 1 de octubre de 2019.- La Deforestación y la Agropecuaria han sido históricamente los mayores responsables de la contribución de Sudamérica al cambio climático. A diferencia de lo que ocurre en el resto del mundo, donde más del 70% de las emisiones provienen de la Energía, en Sudamérica esta proporción es mucho menor (42%) y la agropecuaria junto al cambio en el uso de la tierra ocupan una proporción mayor que las demás regiones (23% y 19% respectivamente).

En el caso de Brasil específicamente, la situación es bastante más extrema: el 47% del total de las emisiones proviene de la Deforestación, el 24% de la Agricultura y apenas el 21% del sector Energía. Como puede apreciarse, cualquier intento de reducir emisiones de manera significativa en Brasil debe considerar prioritarias las políticas para detener la deforestación y disminuir las emisiones de la agropecuaria.

La llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil trajo consigo un cambio radical en las políticas anteriores sobre cambio climático.

Llegados al momento de la firma del Acuerdo de París, Brasil presentó un compromiso de reducción de emisiones que tuvo algunas particularidades muy significativas. En primer lugar, presentó un límite de reducción absoluto, es decir, a diferencia de la mayoría de los países que presentaron indicadores relativos con respecto al crecimiento del PIB o a un escenario tendencial proyectado de emisiones futuras, Brasil se comprometió a reducir sus emisiones totales de gases de efecto invernadero en 37% para 2025 y 43% para 2030, ambos porcentajes respecto a sus emisiones de 2005. Esto le da un valor concreto al total de emisiones que el país deberá tener en los años meta fijados que puede medirse en toneladas de carbono emitidas.

Otros países, en cambio, tomaron otros caminos. Algunos fijaron sus reducciones en porcentajes con respecto a un escenario imaginario, en los que se proyecta un crecimiento de emisiones a futuro si no se tomara ningún tipo de medidas.

Otros establecieron porcentajes de reducción con relación a otros indicadores como el crecimiento del PIB o la cantidad de generación de electricidad. A diferencia de lo que ocurre con la Contribución brasileña, este tipo de compromisos son menos fiables en cuanto a las toneladas de carbono reducidas, pues dependen de la evolución de otras variables de la economía.

En segundo lugar, Brasil anunció que sus compromisos iban a ser asumidos utilizando sus propios recursos y sin recurrir a fondos de cooperación internacional. Una vez más, esto se diferenció de la mayoría de los restantes países que expresaron parte de sus contribuciones de manera incondicional y otra parte condicionada a recibir fondos del exterior. De manera que la promesa brasileña resultaba más fiable que otras en la medida que no dependía más que de sí misma para ser llevada a cabo.

Al momento de la firma del Acuerdo de París en 2015, Brasil ya contaba con algunos datos de la evolución de sus emisiones desde 2005, año que eligió como base para calcular sus futuras reducciones. Buena parte del logro de las metas de reducción de emisiones del Brasil estaría centrada en una reducción de los índices de deforestación.

La tasa de deforestación de la Amazonia había disminuido en un 82% entre 2004 y 2014, por lo que fijarse una reducción de emisiones con base en el año 2005 le aseguraba a Brasil que una buena parte del logro ya había sido obtenido.

Para la presentación de las Contribuciones Nacionales, los países tuvieron la posibilidad de elegir el año base que tomarían como referencia y contra el cual verificarían el cumplimiento de sus compromisos. Brasil eligió el 2005 sabiendo que sus emisiones derivadas de la deforestación ya habían sido reducidas casi en un 58%, pasando de 2.049 MtCO2 en 2005 a 886 MtCO2 en 2015.

En términos totales, es decir sumando el aporte de todos los sectores, las emisiones brasileñas habían sido de 2.968 MtCO2e en 2005 y habían caído a 2.024 MtCO2e para 2015; es decir una reducción del 32%, porcentaje que lo dejaba ya bastante cerca del 37% prometido para 2025. La Contribución brasileña era importante y ambiciosa en el concierto internacional, pero ya tenía un camino avanzado que le permitía asumir ese nivel de compromiso.

Sin embargo, lo que no estaba previsto era la posibilidad de un giro de 180 grados en las políticas ambientales que podría derivarse de un cambio de gobierno. La llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia del país trajo consigo un cambio radical en las políticas anteriores sobre cambio climático. Los cambios en las trayectorias descendentes de la deforestación y de sus emisiones respectivas habían sufrido un cambio ya antes de las últimas elecciones presidenciales. En 2016 y 2017 las emisiones de la deforestación habían aumentado a 1.010 y 955 MtCO2 respectivamente. Las emisiones de la Amazonia disminuyeron un poco en este período pero se compensaron con un aumento de las emisiones del Cerrado, el segundo principal bioma del Brasil.

No obstante, este año esta tendencia se ha agudizado si se miran los números de las “quemas” que tanto han conmovido a la opinión pública mundial por estos días. La cantidad de incendios que habían sido menos de 90 mil en 2018 habían alcanzado ya un registro de 139 mil entre enero y setiembre de 2019 lo que hace suponer que las emisiones de la deforestación darán un salto importante este año. Considerando además que estas quemas tienen como objetivo implantar nuevas actividades agropecuarias en la zona es de esperar que también conlleven un aumento futuro de las emisiones derivadas de esta producción.

Es sabido que a la nueva administración brasileña poco le importan los compromisos asumidos previamente ante la Convención de Cambio Climático de Naciones Unidas. El Presidente lo ha expresado claramente incluso desde antes de ser electo. Pero lo cierto es que no hay manera que Brasil pueda lograr sus compromisos de reducción expresados en su Contribución Nacional con estas políticas sobre bosques y agropecuaria. Sin dudas no solo habrá mayores emisiones por la deforestación, sino que los antiguos bosques ahora inexistentes dejarán de absorber carbono como lo hacían cuando estaban en pleno vigor. A esto deberán sumarse las emisiones de metano y óxido nitroso que estarán agregando la producción ganadera y la nueva agricultura instalada sobre la selva quemada.

Para la próxima evaluación que realice la Convención de Cambio Climático sobre el alcance de las promesas internacionales para el logro de la estabilización de la temperatura por debajo de los 2 grados centígrados, deberá descontar la promesa brasileña. Ya no contaremos con la reducción de aproximadamente 800 MtCO2 que Brasil prometió para 2025, o al menos no con buena parte de ella.

Esta realidad muestra los límites del sistema de Naciones Unidas como medio de alcanzar metas comunes y las debilidades para hacer cumplir un compromiso ya de por sí bastante débil como el Acuerdo de París.

Las tensiones entre los derechos que confiere la soberanía nacional a los gobiernos y las obligaciones que puede imponer la jurisprudencia internacional, sumado a la ausencia de penalizaciones por incumplimientos en el marco del Acuerdo de París, hacen que las expectativas sobre el alcance de sus resultados sean cada vez menores.

La deforestación en Brasil

La DW de Alemania publicó el 9 de septiembre de 2019 que la Amazonía brasileña perdió en agosto pasado 1.698 kilómetros cuadrados de su cobertura vegetal, un área superior en un 222 % a la desforestada en el mismo mes de 2018 (526 kilómetros cuadrados), según datos divulgados este domingo (08.09.2019) por el estatal Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE).

Ese medio también indicó que el fuerte salto de la deforestación en julio y agosto de este año hizo que el área de la Amazonía destruida en los ocho primeros meses de este año saltara hasta un total 6.404,8 kilómetros cuadrados, una superficie en un 92 % superior a la derribada entre enero y agosto del año pasado (3.336,7 kilómetros cuadrados).

Así, la deforestación en Brasil, que se mantenía en los niveles de los últimos años, se disparó en los últimos cuatro meses: 738,2 kilómetros cuadrados en mayo (+ 34,1 %), 936,3 kilómetros cuadrados en junio (+ 91,7 %) y 2.255,4 kilómetros cuadrados en julio (+ 278 %) y ahora 1.700,8 kilómetros cuadrados en agosto (+ 91,90 %). Los expertos evalúan que la cifra podría llegar este año, y por primera vez desde 2008, a los 10.000 kilómetros cuadrados de área deforestada.

*Gerardo Honty es analista de CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social).

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