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Gisela Alcócer de Oktar, Estambul (Turquía)

Una dulce canción entonada desde uno de los cuatro minaretes que protegen las mezquitas inunda los barrios de Estambul. Son las cinco de la mañana y la ciudad despierta de su adormecimiento nocturno escuchando al İman recordarles que Alah es Grande. Un par de horas más tarde se oyen algunas campanadas que llaman a los cristianos a visitar la iglesia, porque es domingo y hay misa.

Desde Bolivia, Guardiana me ha pedido mis impresiones sobre Estambul, hasta donde llegué con mi esposo y mis dos hijas. Mientras siento el olor a pan horneado, reviso lo que dice la información reciente: Estambul es una ciudad transcontinental, ubicada en el estrecho del Bósforo que separa Europa y Asia, entre el Mar de Mármara y el Mar Negro. Es la más poblada de Turquía y el centro histórico, cultural y económico del país.

Conocida históricamente como Bizancio y luego Constantinopla, Estambul fue sucesivamente capital del Imperio Romano e Imperio Bizantino (330-1204 y 1261-1453), el Imperio Latino (1204-1261) y del Imperio Otomano (1453-1922). Dos tercios de la población viven en la parte europea de la ciudad. La mayor parte de la gente es de religión musulmana; aunque existen minorías de cristianos y judíos.

Mientras leo dichos datos, afuera ya aletea el sol en el verano. El calor poco a poco va ganando su espacio dentro de las casas y los departamentos de esta enorme ciudad, en la que conviven más de 15 millones de personas, de acuerdo a la información que a finales del 2018 proporcionó el Instituto de Estadística del país. Con un clima como este en junio de 2016 alzamos vuelo desde Cochabamba (Bolivia) para llegar hasta Estambul. Ya mi hija mayor se nos había adelantado en un año para estudiar Lengua y Literatura Española. Y estos son días especiales por donde se mire porque recién ahora puedo tramitar mi nacionalidad turca debido a que para hacerlo tienen que transcurrir tres años de matrimonio con un ciudadano turco.

Hasta el olfato de cristianos, ortodoxos, musulmanes, judíos, ateos y personas de otras confesiones puede llegar todas las mañanas el delicioso aroma a pan y sésamo que ingresa por las ventanas, invadiendo por completo las viviendas. Ese pan es especial. Se llama simit y tiene la forma de un cero. Es crujiente por fuera y suave por dentro, está cubierto de sésamo y no puede faltar en las mesas de Turquía durante las primeras horas de la mañana. Por una lira con cincuenta centavos (25 centavos de dólar), se puede saborear este pan junto a decenas de otros productos que configuran uno de los desayunos más completos que haya conocido.

Desayuno en Estambul. A la derecha se puede ver el pan simit con la forma de un cero. Es crujiente por fuera y suave por dentro, está cubierto de sésamo y no puede faltar en las mesas de Turquía durante las primeras horas de la mañana.

Y después del desayuno, todos tienen que cumplir su jornada, porque Estambul es como una gran máquina, en la que cada persona encuentra un lugar y una función a realizar para poder engranar. Nunca deja de funcionar, nunca para y al ser un país laico, no tiene días especiales que se puedan dedicar a rendir un culto específico.

Es muy común ver a la gente ir a trabajar, estudiar o dar un examen en domingo o en viernes, día en el que en otras ciudades del planeta los musulmanes (que son la mayoría de la población turca) toman un descanso para dedicárselo a Dios.

La vida de todos los que están aquí normalmente se desarrolla entre dos continentes. Estambul es la más conocida de las seis ciudades del mundo que tienen esta condición, ya que su superficie de 5.461 kilómetros cuadrados es bicontinental. El Estrecho del Bósforo es la frontera natural entre la Estambul europea, con un 65 por ciento de la población, y la Estambul asiática, con el 35 por ciento restante.

Por eso los viajes en barco son tan comunes como los que se hacen en autobus o en metro. Y cuestan igual, dos liras con cincuenta kuruş (60 centavos de dólar) para cualquier adulto; una lira con cuarenta kuruş (20 centavos de dólar) para los estudiantes y gratuitos para los jubilados.

Prácticamente no existen servicios de transporte privado que puedan competir en calidad y precio, pues los barcos, el sistema de metro y todos los autobuses (simples o dobles de largo y de alto), además de los trenes y los tranvías, le pertenecen y son administrados por el Estado.

Tener un auto es una mala idea porque el tráfico aquí es el segundo peor de Europa, solo el de Moscú es más complicado según el ranking 2019 realizado por INRIX Global Traffic Scorecard (una compañía privada con sede en Kirkland, Washington, que proporciona datos y análisis basados ​​en la ubicación, como el tráfico y el estacionamiento).

Y el precio de la gasolina en Turquía es uno de los más caros de la región, pues no se mantiene estable y siempre tiende al alza. Según la Global Petrol Prices, entre febrero y mayo de 2019, cada litro osciló entre 6,12 y 7,12 liras turcas (más de un dólar por litro).

Tal vez ese sea el motivo por el que los sistemas de trasporte masivo son modernos, eficientes y baratos. Entre ellos hay uno que es muy especial porque es el único metro que conecta a Europa con Asia por debajo del mar. Se llama Marmaray y es una obra de ingeniería que empezó a operar en 2014 y que tras cuatro años de funcionamiento ya tiene una red de miles de kilómetros que conecta los dos puntos más lejanos de esta ciudad en los dos continentes.

Lo sorprendete de este sistema no solo está relacionado con su infraestructura y su modernidad. Dentro de cada uno de sus vagones, en menos de 10 metros cuadrados, los otros pasajeros también pueden llegar a maravillarte. En ese espacio tan pequeño en el que todos viajan nariz contra nariz se puede escuchar a los otros viajeros hablando en diferentes idiomas, debido a que en Turquía más del seis por ciento de la población es migrante.

Este tren conecta a Europa con Asia por debajo del mar. Se llama Marmaray y es una obra de ingeniería que empezó a operar en 2014.

La vez en la que más idiomas pude escuchar cerca mío fue hace seis meses cuando volvía a mi casa (en el lado asiático) en el Marmaray, después de participar en un seminario sobre la enseñanza del español como lengua extranjera en la Universidad del Bósforo, en el lado europeo. Iba de pie con mi hija mayor porque el vagón estaba completamente lleno. Las dos reíamos porque a nuestra izquierda, un grupo de latinoamericanos, a grito pelado, planeaba sus paseos por la ciudad con un típico acento caribeño. A nuestro lado, dos jóvenes rubias hablaban en un ruso muy recatado y cerca de ellas, dos mujeres con burca se entendían en un árabe casi gutural, mientras frente a ellas, un grupo de turistas asiáticos se comunicaba en un rapidísimo japonés. Unos jubilados sentados detrás nuestro hablaban en su melodioso turco (que en cada palabra combina las vocales sin mezclar jamás las fuertes con las débiles, lo que la da a su idioma una musicalidad casi poética) y obviamente tampoco podían faltar los que se comunicaban en el más identificable de los idiomas: el inglés.

Había también una pareja que parecía estar cantando en francés. Y escuchamos otros idiomas más que yo no pude reconocer porque mi oído no está acostumbrado a escuchar los sonidos que producen los idiomas asiáticos o africanos.

En esos 10 metros cuadrados pensé, por un momento, que estaba dentro de la Torre de Babel...en la que puedes vivir estando en Estambul. Y es que toda la ciudad es así. Llena de extranjeros que hablan en diferentes idiomas inundando las calles. De hecho, cuando caminas y miras a la gente, es muy difícil darse cuenta a primera vista de dónde proviene. Tal vez su vestimenta dé algunas pistas, pero no es suficiente.

En mi caso, yo solo puedo reconocer a los hispanos cuando los veo por la calle, porque se ven más sonrientes. Tienen un ritmo especial al caminar (un tumbao, como decía Celia Cruz), por el que parecen estar bailando. Se ríen casi siempre y son escandalosos. Y cuando hablan… oír el español en otras voces… se ha vuelto un premio para mí.

Cuando alguien habla en español, la mayoría de los turcos se queda escuchando con atención y pregunta: "Yabancı mısın? (¿extranjero?)  İspanyolca mı konuşuyorsun? (¿hablas en español?)". Al parecer, la musicalidad de nuestra lengua ha enamorado a millones de personas en esta tierra, que están muy entusiasmadas con la idea de poder llegar un día a hablar como nosotros, cantar como nosotros y también bailar como nosotros.

Por eso y probablemente por todas las oportunidades de negocio que les da entender un idioma que es la lengua materna de casi 500 millones de personas en 21 países diferentes, es que todas las universidades y todas las academias de idiomas de este país tienen entre las lenguas más cotizadas, al inglés, el español y el alemán. Y los colegios privados tienen en su malla curricular la oferta de la enseñanza del español.

Aquí la educación privada se desarrolla en turco y en inglés. Cada clase tiene dos maestras, una que enseña en su lengua materna y otra que lo hace en el idioma más usado en el mundo.

Sin embargo, además de aprender inglés desde los primeros niveles, los niños turcos también tienen la posibilidad de elegir un segundo idioma extranjero, entre los que están el español, el alemán y el francés.

La mayoría elije nuestra lengua, razón por la cual se puede escuchar en los pasillos de estas escuelas a voces infantiles tarareando "Para Bailar La Bamba…" o "Soy un hombre muy honrado/ que le gusta lo mejor"… o "Pasito a pasito / suave suavecito…", que son las más populares.

En estos establecimientos educativos, que suelen ser realmente costosos ya que la pensión anual supera las 65 mil liras turcas (un poco más de 10 mil dólares anuales), los niños cursan 80 minutos semanales de español, lo que les permite al cabo de unos años, poder rendir el examen DELE (Diploma de Español como Lengua Extranjera), que viene a ser el equivalente en nuestro idioma de las pruebas TOEFL para medir el nivel de conocimiento del inglés, y obtener los niveles A1 o A2 (que son los iniciales).

Por eso es que hay muchísimo trabajo para los hispanohablantes en Estambul, porque los padres turcos quieren que sus niños aprendan nuestra lengua directamente de un profesor nativo para tener una pronunciación casi perfecta.

Lograr esto no es fácil porque una de las principales reglas es que en las aulas los profesores nativos no deben comunicarse con sus estudiantes en ningún otro idioma que no sea el español, lo cual complica el control de clase y el manejo de la disciplina.

Sin embargo, vale la pena asumir el reto porque todo lo que está relacionado con los extranjeros está regulado por el Gobierno turco, que es muy claro, razón por la cual no hay la necesidad de vivir o trabajar de forma ilegal. El Gobierno establece los requisitos que deben cumplir los extranjeros para poder trabajar aquí y a cambio le entrega toda la seguridad que un trabajador busca.

Para ser profesor de español por ejemplo, te exigen que tengas alguna carrera a nivel licenciatura y algún estudio sobre la enseñanza de español, que puedes cursarlo aquí en el İnstituto Cervantes, que es una academia dependiente del Gobierno Español que prepara a los hispanos para asumir este reto.

10 de mayo, Día del Español.

Solo si te interesa trabajar en una universidad, necesitarás haber estudiado una carrera relacionada con letras y, además, tener un posgrado que cuanto más alto, mejor.

El Estado define un salario mínimo para los extranjeros, que se incrementa cada año en enero. En 2019 este salario ronda las 5.700 liras turcas  (casi 1.000 dólares al mes). Este sueldo es más del doble del sueldo básico que perciben los turcos, que ronda las 2.000 liras turcas (menos de 500 dólares).

Los sueldos aquí pueden incrementarse por el hecho de ser mujer y haber traído contigo a tus hijos, pues el salario se incrementa en aproximadamente 200 liras por cada hijo. Existe la tendencia en el Estado turco a reconocer económicamente el trabajo doméstico para dinamizar su economía. Las amas de casa perciben una jubilación del Estado al cumplir los 60 años y las abuelas reciben dinero por cuidar a sus nietos.  

En las escuelas, además del salario mínimo para los extranjeros, los profesores nativos reciben el permiso de trabajo, que es una especie de carnet azul que te permite vivir y desarrollar todas tus actividades normalmente. Y los colegios te dan un seguro de salud para ti y para toda tu familia, además de becas que pueden alcanzar el 100 por ciento, para que tus hijos puedan estudiar en el mismo establecimiento en el que tú trabajas.

También te brindan servicio de transporte, pues te recogen y te devuelven a tu casa cada día y te proporcionan las tres comidas diarias, para ti y los hijos que estudien en el colegio en el que trabajas, lo que obviamente reduce considerablemente tus gastos. A eso hay que sumarle un poco más de dos meses de vacaciones pagadas, pues las escuelas solamente funcionan  desde septiembre hasta la primera quincena de junio.

Antes los colegios también les brindaban vivienda a sus maestros extranjeros y boletos de avión para pasar las vacaciones en sus países de origen. Sin embargo, la crisis económica provocada por la subida del dólar tras las últimas declaraciones del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, afectó a la economía turca, lo que dio lugar a que restrinjan estos dos últimos beneficios.

En las universidades, el salario puede fácilmente llegar a ser el doble, al margen de que también se recibe los beneficios explicados para el caso de las escuelas, con lo que la calidad de vida en esta ciudad puede ser realmente muy buena si logras insertarte en una Casa de Estudios Superiores.

Si bien es cierto que es una ciudad muy cara, en la que un kilo de carne cuesta más de 80 liras turcas (alrededor de 15 dólares) y el consumo de gas natural en invierno se dispara a más de 300 liras (como 50 dólares mensuales), los turcos tienen una serie de prestaciones que les brinda su gobierno, que hacen que la vida sea más llevadera. Por ejemplo, tienen un sistema de salud gratuito, eficiente, descentralizado y con una infraestructura hospitalaria enorme, moderna y bien equipada.

Las escuelas públicas brindan una educación de calidad. Son iguales y en algunos casos mejores que las privadas y lo único que por ahora las diferencia son algunas materias (como natación, violín o robótica) y la enseñanza de los idiomas, que es una situación que pronto va a cambiar pues en los últimos años empezaron a funcionar escuelas piloto del Gobierno, en las que la segunda lengua extranjera es el español.

Con estos cambios en la educación estatal, todo lleva a pensar que la oferta de trabajo para profesores hispanos seguirá creciendo en la tierra de los sultanes.

Ser mujer en Estambul

Dicen que los turcos buscan casarse con extranjeras porque les tienen miedo a las turcas… y debe ser verdad porque las mujeres turcas se caracterizan por tener un carácter muy fuerte.

La mayoría de las extranjeras que conozco en Estambul se casó o se enamoró de un turco. Esta situación se vive en esta ciudad desde la época en la que el İmperio Otomano era conducido por los sultanes, quienes tenían entre sus posesiones un harem lleno de mujeres de otras nacionalidades.

Gisela Alcócer con su esposo Bugay Oktar.

Tal vez las tasas de natalidad puedan explicar más objetivamente este fenómeno y es que la población masculina es mayor a la femenina en este país y según datos del İnstituto de Estadísticas turco, es un hecho que cada año nacen más varones que mujeres.

Las parejas, por lo general, tienen un solo hijo y la noticia de que viene una niña es considerada una bendición, debido a que para los padres, tener un hijo hombre es más sacrificado porque es una sociedad muy exigente con quienes nacen varones. Algunos ejemplos de esta afirmación son la circuncisión con una ceremonia que puede llegar a ser muy costosa y debe realizarse antes de que el niño cumpla los cuatro años y también el servicio militar obligatorio de 18 meses en el que pueden perder la vida debido a las incursiones militares de su Gobierno.

La familia Oktar.

Al ser el aborto completamente legal, las familias aquí pueden regular con mayor facilidad la cantidad de descendientes que quieren tener, por eso, hace algunos meses las noticias que llegaban desde la Argentina sobre las mujeres que exigían la posibilidad de legalizar el aborto en ese país, fue algo incomprensible para la mayoría de los turcos, quienes consideran que el tema de la reproducción es un aspecto en el que el gobierno no tiene por qué opinar.

Un efecto colateral del aborto legal en Estambul es que es casi imposible encontrar madres solteras luchando ellas solas por sacar adelante a sus hijos. Sin embargo, sí existen muchas mujeres divorciadas. De hecho, los trámites en materia familiar son muy sencillos.

Y las familias conformadas entre turcos y latinoamericanas por lo general funcionan bien, por las similitudes culturales, pues existen más cosas en común de las que nos podemos imaginar antes de visitar su país.

Las comidas en familia y la presencia de los abuelos en la vida de los nietos son realmente muy parecidas entre ambas sociedades; aunque probablemente el respeto y la consideración con las personas mayores aquí sea mucho más notoria que en el América Latina.

La vestimenta también es muy similar, pues la mayoría de las mujeres jóvenes lleva ropa más descubierta en verano. De hecho, les gustan las minifaldas y los pantalones cortos para poder sobrellevar temperaturas que pueden acercarse a los 40 grados.

La diferencia es que aquí también hay muchas mujeres que se cubren el pelo, pero normalmente si son turcas lo hacen con pañuelos de colores o floreados. También pueden verse en las calles a mujeres completamente tapadas con burcas o hıjabs negros, que en la mayoría de los casos son extranjeras de origen árabe.

Desde los primeros años de la República de Turquía, formada después de la primera Guerra Mundial por su principal lider, Mustafa Kemal Atatürk, estaba prohibido que las mujeres que ocupaban una función pública se cubriesen el pelo, pero esa restricción fue suspendida por el actual presidente, Recep Tayyip Erdoğan, quien ve en esta medida un atentado a la libertad de culto.

Después de ese conflicto bélico, Atatürk no solo estableció que Turquía fuera una república democrática y laica, también llevó adelante una reforma linguística en la que cambió el alfabeto de su idioma, para usar los caracteres del alfabeto latino en sustitución de los del árabe, facilitando su aprendizaje.

Y fue asumida una serie de medidas a favor de las mujeres, logrando entre otras cosas que la primera mujer piloto de guerra del mundo sea una turca, Sabiha Gökçen, quien además de ser su hija, le heredó su nombre a uno de los tres aeropuertos que tiene Estambul.

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2 Comentarios

  1. Buen artículo. Gracias Guisela. Gran periodista.

  2. Me quedé impresionado por el artículo, incluso me anima a viajar a ese país. Compartí con algunos amigos y tienen la misma impresión.
    Quisiera contactar con Guisela para saber algo más al respecto.
    Gracias

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