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Por María Elva Echenique* (Desde Estados Unidos)

Hablar de la marginalidad de la mujer en relación a la institución literaria boliviana implica referirse a la historia de sistemático confinamiento de la obra creativa escrita por mujeres al “olvidadero”, por una crítica eminentemente masculina que “apenas soporta el peso de las letras femeninas si no están inscritas en lo que se espera de ellas, que casi siempre reside en que se queden en el lugar otorgado por ellos. ¿Quiénes?, ellos” (Wiethuchter 2003: 129). Me parece pertinente abrir esta discusión sobre la contribución de Adela Zamudio a la crítica literaria de Bolivia con el comentario de una de las pocas intelectuales bolivianas que ha logrado abrirse paso en el terreno de la crítica literaria, con un trabajo magistral –tanto por su envergadura como por la originalidad de su perspectiva– sobre la historia de la literatura en el país. El reconocimiento de Wiethuchter  del arbitrario predominio masculino en el campo de la crítica literaria, expresado un siglo después de la época en que escribía Zamudio, no hace sino reforzar el fuerte sentido de alienación frente al espacio literario que se manifiesta en la obra de las escritoras bolivianas y, en el caso que nos ocupa, en el trabajo de Adela Zamudio (1854-1928), quien, como prominente intelectual de su época, participó activamente en los debates literarios que preocupaban a sus contemporáneos masculinos, utilizando subterfugios que le permitieran expresar sus opiniones por cauces aceptables desde su condición de mujer.

Consciente de las limitaciones que su género le imponía y, por tanto, de su posición de “sombra” o “personaje no oficialmente invitado a participar en el oficio de las letras”, en palabras de Lucía Guerra-Cunningham, Zamudio, al igual que muchas de sus contemporáneas, se vio obligada a recurrir a una serie de artificios que le permitieran expresar sus opiniones.No es sorprendente que a pesar de su abundancia, la obra periodística de la autora eluda el tema de la crítica literaria. Aislada del espacio literario y privada, por lo tanto, de la oportunidad de expresar sus opiniones de una manera directa, Zamudio volcó sus reflexiones sobre la literatura de su tiempo en su ficción y en su correspondencia privada. En la narrativa de Zamudio son varias las instancias en que, amparada detrás de la máscara de un personaje ficticio, la autora ensaya sus opiniones sobre la producción literaria de su época. En sus cartas personales se encuentran también certeros juicios sobre la misma, esbozados en el estilo respetuoso y humilde, debido a sus eminentes interlocutores masculinos.

Este ensayo se propone explicar el aporte crítico de Zamudio dentro del contexto de su marginalidad con respecto a la institución de la crítica literaria boliviana. Lo iniciamos con un análisis de la posición de Zamudio frente al Modernismo, formulada en su novela corta El capricho del canónigo, en la cual Zamudio elabora una aguda crítica de la estética modernista, expresando su abierto rechazo de la misma. Esta opinión contrasta con la apreciación que hacen de su obra poética los constructores del canon literario boliviano, empeñados en la correspondencia que mantuvo Zamudio con importantes críticos literarios de su tiempo con motivo de la publicación de su única novela, Íntimas (1913), correspondencia a través de la cual la autora se ve obligada a justificar la originalidad de su trabajo ante la dureza de los comentarios críticos de los primeros lectores de su novela. En esas misivas privadas, Zamudio expresa también sugerentes juicios sobre el género novelístico y la producción de sus colegas masculinos.

Adela Zamudio y la crítica del modernismo

Contemporánea de Rubén Darío (1867-1916) y del boliviano Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933), Adela Zamudio desarrolló su labor literaria durante el amplio periodo asociado con el Modernismo latinoamericano (1880-1920). Su trabajo, sin embargo, se destaca por su originalidad y distanciamiento de la estética modernista, que ignoró en su poesía y rechazó abiertamente en una de sus novelas cortas, El capricho del canónigo, en la que hace mofa del exceso preciosista y de los postulados misóginos de este movimiento. No obstante y a pesar de la explícita animadversión de Zamudio frente a esta corriente literaria, patente en su trabajo y anotada por críticos como Augusto Guzmán en su biografía de la autora, existen varios estudios que se empeñan en situar la obra de Adela Zamudio dentro del contexto de la estética modernista. Estos lo hacen recuperando aspectos parciales de la obra de la autora, refiriéndose a su vida en la que se destacó como mujer de ideas liberales y progresistas o, en el peor de los casos, por simple desconocimiento de la obra de Zamudio, que ha sido tradicionalmente exaltada, pero solo desde hace poco estudiada con más profundidad.

En “Poética de la Resistencia en Adela Zamudio” (2003), Tina Escaja explica la valoración errónea que se hace del trabajo de la autora boliviana como consecuencia del criterio estrecho usado por una crítica masculinista que ensalzó a las escritoras como “musas”, las elogió por sus presuntas cualidades de “virilidad y hombría” o formuló comentarios simplistas que delatan un estudio superficial de su trabajo.

Escaja anota acertadamente que este enfoque reductor fue utilizado hasta por críticos de la talla de Enrique Anderson Imbert, quien, en su Historia de la Literatura Hispanoamericana, ubica a Zamudio dentro de la primera generación modernista, sintetizando la producción de la autora en dos palabras: “rebelde y sincera”, mientras que el poeta Gregorio Reynolds “asimila a Zamudio a un modernismo que nunca ejerció” en sus versos de homenaje compuestos con motivo de la coronación de la autora. Por otra parte, Óscar Rivera-Rodas inscribe a Zamudio dentro de la generación de precursores del Modernismo, aludiendo a la temática común de los autores premodernistas, cuyas obras manifiestan “la desavenencia del ‘yo’ poético con el mundo” (característica que bien puede atribuirse también a la poesía romántica).

Contemporánea de Rubén Darío (1867-1916) y del boliviano Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933), Adela Zamudio desarrolló su labor literaria durante el amplio periodo asociado con el Modernismo latinoamericano (1880-1920). Su trabajo, sin embargo, se destaca por su originalidad y distanciamiento de la estética modernista, que ignoró en su poesía y rechazó abiertamente en una de sus novelas cortas

La forzada asimilación de Zamudio al movimiento modernista refleja la escasa y fragmentaria atención que prestó la crítica a la obra de la autora y por espacio de casi un siglo. Ensalzada por sus contemporáneos masculinos como poeta modernista, irónicamente, fue esta obligada inscripción la que le otorgó un puesto dentro del canon de la literatura boliviana. Por otra parte, la crítica negativa con la que fueron recibidas sus obras narrativas por estos mismos intelectuales fue determinante para relegar a la sombra ese aspecto de la producción de Zamudio, a la que dedicó los años de madurez de su vida.

Recientemente, el interés por la producción literaria de las mujeres latinoamericanas ha redundado en estudios serios sobre la obra de Zamudio, en particular desde una perspectiva de género, por su temática comprometida con la reivindicación de la mujer tanto en el ámbito social como artístico. El cuestionamiento de la autoridad patriarcal que Zamudio esboza en su escritura le ha merecido reconocimiento como una de las precursoras del feminismo latinoamericano. En esa línea, el estudio de Tina Escaja antes mencionado, inscribe la poesía de Zamudio dentro de la vertiente de una escritura de mujer que resiste la estética modernista, apelando a un “proyecto de autenticidad tanto personal como estético que desarticulará la visión estereotipada que de la mujer proyectaba el canon socioliterario” (234).

Este acertado juicio se ve reforzado por un minucioso análisis de la poesía de Zamudio que muestra el compromiso de la autora con la realidad de su tiempo y su vocación feminista de defensa y reivindicación del espacio de la mujer, así como su intención de crítica moral. El trabajo de Escaja destaca la necesidad de la escritora latinoamericana de fin de siglo de desvincularse de los postulados estéticos del movimiento modernista “que descalifica a la mujer como autora al tiempo que la ensalza como objeto mediador de la experiencia lírica mononopolizada por el hombre” (142).

En su novela corta El capricho del canónigo, Zamudio toma el camino del rechazo explícito del Modernismo al exponer sin ambages el carácter misógino de la escritura modernista practicada por sus contemporáneos masculinos. La obra forma parte de un volumen de relatos recopilados bajo el título de Novelas cortas (1996). Escritas durante el primer lustro del siglo XX, estas narraciones representan episodios anecdóticos de la sociedad cochabambina en un estilo sencillo que, en algunos casos, apela al humor y la ironía y, en otros, al dramatismo. Tradicionalmente menospreciados como relatos triviales de costumbres de tono moralizador, de calidad inferior a la de su poesía, estos cuentos no recibieron atención seria de la crítica hasta hace poco.

Un ejemplo es el estudio sobre Zamudio de Dora Cajías, quien afirma: “casi toda su narrativa se caracteriza por el tono moralista y aleccionador de historias con poco ingenio e incluso cursis, posiblemente reflejo de su época y medio, por un lado y producto, por el otro, de una educación y formación sin excelencia como era la que recibían las mujeres de su tiempo (1996: 38). Esta opinión contrasta con la expresada por Willy Muñoz, quien en su publicación de 2007 Cuentistas bolivianos: la otra tradición literaria, estudia la narrativa corta de Zamudio en profundidad, reivindicando el valor estético y social de la misma.

El estudio de Muñoz contribuye así a la comprensión de las preocupaciones que motivaron la escritura y el trabajo de Zamudio durante su vida: su anhelo de autenticidad y su rechazo a cualquier convención, artificiosidad o máscara; su resistencia a la irracionalidad del sistema patriarcal imperante en su tiempo; su compromiso con la realidad política y social de Bolivia.

Willy Muñoz es uno de los que ayuda a comprender la narrativa de Adela Zamudio.

El argumento de El capricho canónigo describe cómicamente los esfuerzos del canónigo Hermosa, poderoso protector de su sobrina soltera, para casarla con un hombre que complete dignamente el nombre que él mismo le ha dado al nacer: Zoila Ninfa Hermosa, escogiendo a los pretendientes con la sola consideración de la consonancia de su apellido con el nombre de la novia. De tal manera que el canónigo está dispuesto a aceptar como pretendientes al señor Valle o al señor Prado, y se encuentra dichoso cuando al final del relato, la joven sobrina le presenta al elegido de su corazón, el señor La Fuente, quien es sin duda el candidato ideal.

El estilo liviano y tema aparentemente trivial de la novela se ajustan al propósito lúdico de la autora, quien despliega su habilidad narrativa introduciendo el humor en este absurdo juego de los nombres que sirve como vehículo a su aguda crítica de la corriente modernista.

En el relato, las palabras, independizadas de su referente, se convierten en el objeto de deseo de los personajes masculinos –los poetas modernistas – que crean con ellas situaciones y mundos inexistentes, alienándose así de la realidad. Zoila, la mujer real, no existe en la mente de su caprichoso tío, para quien lo único que importa es el nombre que él ha escogido para ella y su preocupación por encontrar el apellido que complete adecuadamente ese nombre, independientemente de quién sea el que lo porte. Zoila, la mujer real, tampoco existe a los ojos de su prometido Darío Valle, poeta modernista que teniéndola como musa inspiradora, escribe una novela en la que construye una heroína irreal, personaje fantástico y hasta diabólico inspirado en la estética decandentista, que le vale el repudio de la joven, quien, indignada al verse representada como una “criatura inconsciente, fatalmente inclinada al mal y que, a pesar de todos los esfuerzos del hombre, acaba por arrojarse al fango”, rechaza las pretensiones amorosas del escritor.

Mientras los personajes masculinos del relato son descritos como seres caprichosos que viven absortos en un mundo imaginario ajeno a la realidad que los circunda y cuyo primordial anhelo es el de satisfacer su propia vanidad, los personajes femeninos de la novela: Zoila, la joven protagonista y su madre, son sujetos activos, capaces de distinguir entre la realidad y la fantasía, y de usar su inteligencia e imaginación para lograr sus propósitos.

A primera vista, Zoila aparece como una joven vulnerable y dependiente, sin armas para enfrentarse a los caprichos de su protector, quien posee todo el poder para decidir su destino. Sin embargo, muy pronto en el relato, Zoila asume un rol activo, primero como lectora y crítica de los escritos modernistas de su pretendiente –y en esa función como álter ego de la autora – y después como forjadora de su propio destino al urdir un plan para casarse con el hombre de su elección, convenciendo a este de que cambie su apellido para satisfacer el capricho de su tío.

Hábilmente construido, el relato introduce a un personaje masculino más: Rubén, un joven con aspiraciones de poeta que se esfuerza por adoptar el estilo modernista de la prosa de su amigo Darío, joven de la élite cochabambina, que acaba de llegar a la ciudad con las últimas novedades literarias del extranjero.

Los dos amigos compiten por el amor de Zoila, y la joven es la musa que inspira las composiciones de estilo modernista que ellos componen y que se intercalan en el relato. La estructura narrativa de la novela está constituida por breves anotaciones de tono confidencial que plasma Rubén en un diario íntimo y a través de las cuales se revela el argumento al lector. La obvia alusión al fundador del modernismo en la conjunción de los nombres de los amigos permite focalizar la crítica de Zamudio en la vertiente modernista inspirada por este autor. En su relación de mentor y discípulo, Darío y Rubén discuten la poética modernista y es a través de este diálogo cómo la autora ejercita una definición de esta estética y expresa su rechazo a la misma:

Poco a poco voy comprendiendo las tendencias de esta escuela llamada, entre otros fines, a desempolvar las nueve décimas partes de los vocablos castellanos, que yacen ignorados en los rincones del diccionario, a sacudirlos, volverlos del revés y lanzarlos, flamantes, a la circulación. Lo que es el procedimiento, no me parece difícil. Lo que importa es odiar el servilismo literario, romper los moldes antiguos y desbordarse en exuberante originalidad, cuidando al mismo tiempo de que todos los torsos sean escultóricos, todas las rosas pálidas, todas las blancuras impecables, todas las selvas lujuriantes. (El diablo me lleve si todos los decadentes no son tontos de capirote) (119-120).

La crítica de Zamudio se centra en el énfasis puesto por los modernistas en el trabajo sobre el lenguaje, su exceso preciosista, la forma a expensas del fondo, evaluación que acentúa el rasgo de alienación de la realidad que caracteriza a los personajes masculinos del relato. Más aún, el paréntesis al final de la cita sugiere una pausa en la que la voz burlona del narrador se dirige directamente al lector con un juicio devaluatorio que expresa su franco rechazo de esta poética. Es también a través de la interacción de los dos jóvenes cómo Zamudio expone su visión de la posición que ocupa la mujer como objeto de representación del modernismo. Al intuir que su amigo está enamorado, Darío comenta:

Tú estás enamorado, no me lo niegues. ¡Ay de ti si has caído en las redes de una mujer! ¡Ay de ti si tu frágil barquichuelo ha caído en la atracción de la vorágine! Pronto se estrellará contra la sirte encantada en que la traidora sirena entona sus lamentos de cocodrilo. La mujer es un obstáculo en el camino de la celebridad; es cobardía en la lucha, turbación en el sosiego es…(121).

Puesto en boca de Darío, este discurso revela cómicamente los rasgos de irrealidad y fantasía con los que la mujer es representada por los poetas modernistas, y resalta el hecho de que esta representación no se limita a su literatura, sino que se extiende a la percepción de la mujer real, justificando así la indignación y rechazo de Zoila.

Si el juego de nombres es el recurso principal usado por Zamudio para desarrollar su crítica del carácter misógino de la literatura modernista, es posible conjeturar sobre el carácter lúdico del título del relato: El capricho del canónigo. En el contexto de la obra de la autora en el que la crítica de la institución de la lglesia Católica es un tema recurrente, esta frase podría interpretarse como una alusión a la arbitrariedad del poder eclesiástico o del poder patriarcal en general. Sin embargo, desde una perspectiva interna del relato, parece más interesante relacionar la palabra canónigo con canon, y al canónigo con un poeta modernista cuya creación se manifiesta en el personaje femenino Zoila Ninfa Hermosa de la Fuente, nombre que refleja el lugar que ocupa la mujer como objeto de representación de la escritura modernista. El canónigo podría ser entonces el artífice de un canon literario excluyente, en el que la mujer tiene espacio solo como objeto de representación, como musa, y no como sujeto. Zoila, la protagonista del relato y álter ego de la autora, se erige como sujeto desafiando a sus “autores”, engañando al uno y rechazando al otro, destacando así su autonomía frente a esta representación.

(Aquí no termina este artículo, busque la Segunda Parte en Guardiana con el título "Zamudio y el debate cultural en torno a la novela nacional. Aquí te pasamos el link: https://guardiana.com.bo/culturas/adela-zamudio-y-el-debate-cultural-en-torno-a-la-novela-nacional/ ).

*María Elva Echenique es catedrática de Español y Estudios Latinoamericanos en la University of Portland, en Oregón (EE.UU). Su investigación se concentra en el trabajo de escritoras latinoamericanas, en particular bolivianas. Ha publicado artículos sobre la obra de Adela Zamudio, Maria Virginia Estenssoro, Yolanda Bedregal y Domitila Barrios.

*Este material ha sido copiado del libro “Retomando la palabra: Las pioneras del XIX en diálogo con la crítica contemporánea”, de Claire Emilie Martin y Nelly Goswitz. Guardiana solicitó autorización para esta publicación.

Adela Zamudio y el debate cultural en torno a la novela nacional (II Parte)

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